México: el llanto de los Vencidos, la respuesta de la Madre


1. Los mexicas y los azteca
Lógicamente, los pueblos vecinos del imperio de Tenoztitlan, especialmente tlaxcaltecas, a quienes los aztecas mantenían a su lado con independencia relativa para poderlos combatir, tomando de ellos prisioneros para ser sacrificados, se oponían a este sistema del imperio del gran Sol violento y masculino que necesitaba víctimas para mantenerse. Por eso se unieron con Hernán Cortés (tras el 1521 d. de C.), para destruir el gran imperio sacrificial de la Sangre Sagrada. En ese sentido, el triunfo español tuvo un momento de liberación: el imperio azteca cayó en manos de un puñado de españoles a los que seguían casi todos los pueblos sometidos del entorno, que elevaron su grito de triunfo cuando destruyeron la Ciudad Imperial.
Así lo sintieron también, en otra línea, muchísimos nativos de todo el altiplano mexicano cuando veneraron o, mejor, recuperaron por medio de la Virgen-Madre madre de Jesús, Señora Celeste, los rasgos femeninos más sagrados de la antigua madre diosa compasiva de la tierra, la Tonanzin,, que los aztecas habían reprimido bajo el signo del Sol duro y violento, sacrificial y destructivo. Sobre las ruinas del viejo imperio azteca se expandió y triunfó con rapidez el cristianismo de María, de la Madre. Pues bien, a pesar de ellos, los nativos descubrieron pronto que la victoria de los españoles les había dejado en manos de otros sacrificios y de otras muertas, quizá mas violentase que las muertes de los aztecas sobre los altares de los sacrificios. Así lo mostró muy pronto el lamento que elevaron los sabios mexicas, el lamento que presentaron a los misioneros que quisieron justificar desde un nuevo Dios la victoria de los españoles.
2. Lamento de los sabios por la conquisa española
Éste es uno de los textos religiosos más impresionantes que conozco. Soy cristiano y como tal me siento solidario de los misioneros franciscanos que extendieron el signo religioso de la Iglesia Cristiana en aquella tierra. De niño, he pasado cada día a la vera de la gran estatua de basalto dedicada por el pueblo mexicano al pueblo de Durango (Euskadi), patria de Fray Juan de Zumárraga, el primer gran responsable de la misión cristiana en México. Pues bien, así hablaron un grupo de sabios mexicas a los enviados de Zumárraga, protestando por la “conquista e imposición” religiosa, diciendo, en el fondo, : Dejadnos ya morir, señores nuestros
Dejadnos ya morir ¡oh señores nuestros!
Señores nuestros, muy estimados señores:
habéis padecido trabajos para llegar a esta tierra.
Aquí, ante vosotros,
os contemplamos, nosotros gente ignorante.
Y ahora, ¿qué es lo que diremos?
¿Qué es lo que debemos dirigir a vuestros oídos?
¿Somos acaso algo?
Somos tan sólo gente vulgar…
Por medio del intérprete respondemos,
devolvemos el aliento y la palabra
del Señor del cerca y del junto.
Por razón de él nos arriesgamos,
por eso nos metemos en peligro…,
Tal vez a nuestra perdición,
tal vez a nuestra destrucción,
es sólo a donde seremos llevados.
(Mas) ¿a dónde deberemos ir aún?
Somos gente vulgar,
somos perecederos, somos mortales,
déjennos pues morir,
déjennos ya perecer,
puesto que ya nuestros dioses han muerto.
(Pero) tranquilícese vuestro corazón
y vuestra carne, señores nuestros,
porque romperemos un poco,
ahora un poquito abriremos
el secreto, el arca del Señor, nuestro (dios).
Vosotros dijisteis
que nosotros no conocemos
al Señor del cerca y del junto,
a aquel de quien son los cielos y la tierra.
Dijisteis que no eran verdaderos nuestros dioses.
Nueva palabra es ésta, la que habláis,
por ella estamos perturbados,
por ella estamos molestos.
Porque nuestros progenitores
los que han sido, los que han vivido sobre la tierra,
no solían hablar así.
Ellos nos dieron sus normas de vida,
ellos tenían por verdaderos,
daban culto,
honraban a sus dioses.
Ellos nos estuvieron enseñando
todas sus formas de culto,
todos sus modos de honrar (a los dioses).
Así, ante ellos acercamos la tierra a la boca,
(por ellos) nos sangramos,
cumplimos las promesas, quemamos copal
y ofrecemos sacrificios.
Era doctrina de nuestros mayores
que son los dioses por quien se vive,
ellos nos merecieron
(con su sacrificio nos dieron vida).
¿En qué forma, cuándo, dónde?
Cuando aún era de noche.
Era su doctrina
que ellos nos dan nuestro sustento,
todo cuanto se bebe y se come,
lo que conserva la vida, el maíz, el frijol,
los bledos, la chía.
Ellos son a quienes pedimos agua, lluvia,
por las que se producen las cosas en la tierra.
Ellos mismos son ricos,
son felices, poseen cosas,
de manera que siempre y por siempre,
las cosas están germinando y verdean en su casa…
allá donde de algún modo se existe,
en el lugar de Tlalocan.
Nunca hay allí hambre,
no hay enfermedad, no hay pobreza.
Ellos dan a la gente el valor y el mando…
Y ¿en qué forma, cuándo,
dónde, fueron los dioses invocados,
fueron suplicados, fueron tenidos por tales,
fueron reverenciados?
De esto hace ya muchísimo tiempo,
fue allá en Tula,
fue allá en Huapalcalco,
fue allá en Xuchatlapan,
fue allça en Yohuallichan,
fue allá en Teotihuacan.
Ellos sobre todo el mundo habían fundado su dominio.
Ellos dieron el mando, el poder, la gloria, la fama.
Y ahora, nosotros,
¿destruiremos la antigua regla de vida?
¿La de los chichimecas, de los toltecas,
de los acolhúas, de los tecpanecas?
Nosotros sabemos a quién se debe la vida,
a quién se debe el nacer,
a quién se debe el ser engendrado,
a quién se debe el crecer,
cómo hay que invocar,
cómo hay que rogar.
Oíd, señores nuestros, no hagáis algo a vuestro pueblo
que le acarree la desgracia, que lo haga perecer.
Tranquila y amistosamente,
considerad, señores nuestros, lo que es necesario.
No podemos estar tranquilos,
y ciertamente no creemos aún,
no lo tomamos por verdad (aun cuando) os ofendamos.
Aquí están los señores, los que gobiernan,
los que llevan, tienen a su cargo el mundo entero.
Es ya bastante que hayamos perdido,
que se nos haya quitado,
que se haya impedido nuestro gobierno.
Si en el mismo lugar permanecemos,
sólo seremos prisioneros.
Haced con nosotros lo que queráis.
Eso es todo lo que respondemos,
lo que contestamos, a vuestro aliento,
a vuestra palabra, ¡oh señores nuestros?
(Texto recogido y traducido por M. León-Portilla,
El reverso de la Conquista, Mórtiz, México 1983, 24-28).
3. Condenados a la muerte: ¡No nos quiten a los dioses!

Así dijeron los sabios de la tierra a los conquistadores de la tierra y a los misioneros que querían convertirles a la nueva religión. Le dijeron en el fondo que querían morir: les habían quitado la tierra, querían quitarles los dioses, estaban condenados a la destrucción exterior e interior. La antigua religión, tal como la aplicaron los aztecas, era muy dura, pero les ofrecía un lugar en la vida, un lugar en el mundo, un sentido, al interior de esta mundo violento. Pero vinieron los españoles y, para liberarles, quisieran quitarles no sólo la libertad exterior, sino el alma, es decir, la religión.
Así hablaron estos sabios mexicas, los doce grandes sabios de la tierra. Parece que están dispuesto a morir en defensa de su cultura y tradiciones. Por eso se lamentan, por eso preferían morir ante el nuevo dominio español, a pesar de que el dominio azteca había sido muy duro.
Por otra parte, miradas las cosas desde la realidad social, daba la impresión de gran parte de los “naturales” (indígenas) morirían en unos años, de tristeza, de ruptura cultural. Y ciertamente muchísimos murieron, algunos por la guerra, otros por “cataclismo cultural” y otros muchos, quizá la mayoría, por las enfermedades infeccionas que llegaron con los españoles (enfermedades para las que ellos no estaban inmunizados)… Parecía que todo iba a acabar y, sin embargo, uno un comienzo nuevo para una parte considerable de los antiguos mexicas, dominados primero por los aztecas, luego por los españoles, deseosos de morir, porque habían muerto sus dioses.
4. Nuevo comienzo: Tonanzin, Virgen María
Hubo un nuevo comienzo y se mostró en el hecho de que, tras una dura oposición, a los pocos años, gran parte de la población del altiplano mesoamericano aceptó la religión cristiana y lo hizo de corazón. Es evidente que en ese cambio influyeron múltiples factores vinculados a la imposición política y al cambio de cultura que implica la entrada de los españoles. Pero en el fondo de esa violencia y cambio de cultura puede descubrirse una intensa continuidad. Los indígenas del altiplano descubrieron en la Virgen María de los cristianos a su antigua Madre, la Tonancin, reina de los cielos, aquella que les había querido siempre, por encima de la violencia de los aztecas y de otros conquistadores:
- En el lugar donde se hallaba el Sol-Guerrero vino a colocarse el Señor Jesús que muere en verdad por los hombres y no tiene más necesidad de sangre y sacrificios humano.
- En el hueco de la antigua Tonancin, Señora de la dualidad, Diosa del cielo, revestida con el manto de estrella de la noche, pudo situarse ya María, con el título antiguo y nuevo de Virgen de Guadalupe.
Esta querida Virgen-Madre, que vinculó en una misma fe a cristianos españoles e indígenas convertidos, ofrece sin lugar a duda muchos otrosrasgos y motivos nuevos, vinculados al anuncio del evangelio. En ese sentido se puede decir que hubo una ruptura en relación con el esquema religioso anterior de los aztecas (y de todos los mexicas). Pero al mismo tiempo es claro que los españoles fueron capaces de ofrecer a los nativos, también antes oprimidos por los aztezas del sol violento, la posibilidad de retornar a sus raíces más antiguas: el Señor Jesús, muerto por ellos, como auténtico Sol que ya no exige sacrificios humanos, sino que les permite reconciliarse con la Madre, la Tonancin, que los aztecas habían reprimido con su imperio militar violento.
En ese sentido, la evangelización cristiana ofrece un carácter de restauración auténtica. Los nuevos misioneros franciscanos no quisieran imponer una religión totalmente distinta sino que apelaron de algún modo a la más antigua y verdadera religión de los pueblos que habitaban desde antiguo en aquella tierra: identificaron en el fondo a la Tonanzin, Madre sagrada de los cielos y la vida, con la Virgen Madre de Jesús. A Zumárraga, mi paisano, le costó mucho aceptar la unión o simbiosis de la gran Diosa Mexica de los Cielos y la Madre Cristiana de Jesús. Pero la simbiosis se impuso y fue buena, ofreciendo un respira para los oprimidos de la tierra. La historia de violencia militar (del Dios Sol de Sangre) de los aztecas (y del sol militar de los hispanos) vendría a quedar superada, al menos en sentido religioso. Los españoles pudieron presentarse como verdaderos enviados de Quetzalcóatl: así hablaron de su Dios-Sol, que es Jesús (Dios que no quiere nuestra sangre, sino que da gratuitamente la suya) y sobre todo a su Madre, la Tonancin, que recibe ahora los rasgos antiguos y nuevos de Virgen de Guadalupe. Esto no resuelve todo, pero ayuda a seguir viviendo, con la esperanza de cambiar la historia, desde los más pobres, como se de que quiso Juan Diego.