Pedro Nolasco, Biblia de la libertad (2). Profetas

Así creó, con un grupo de amigos, una “empresa” de redención, invirtiendo así la dinámica normal del Capital y el Mercado, para “blanquear” el dinero, dedicándolo públicamente a la obra de la libertad de los cautivos y oprimidos (año 1218).
Creó de esa manera una Orden (una Empresa social y religiosa) para "invertir" el Capital y darle así un sentido cristiano y humano, al servicio de la vida, y en especial de la vida los más pobres, humillados, aplastados y excluidos de la sociedad. Creó un movimiento cristiano, solidario, para el Rescate Económico y Religioso de los cautivos...
--No creó la Orden para el rescate de "empresas" del capitalismo mundial, ni de estados o multinaciones, para oprimir más a los pobres a costa de los ricos..., sino para el rescato de los comprados y vendidos, de los últimos, cautivos de la injusticia y el dinero injusto.
-- Creó una Orden-Empresa para liberar gratuitamente a los cautivos, para ofrecer espacios y medios de vida a los oprimidos y excluidos, con el dinero de todos y en especial de los más pobres, sin "venderse" cal capital, sino todo lo contrario.
Hoy, 6,5, 2015, el "comercio", ochocientos años después, quiero recordar en su día a San Pedro Nolasco, con la segunda reflexión del pequeño curso que he dedicado en Villagarcía de Campos al tema de la Biblia de la Libertad, que es la Biblia de San Pedro Nolasco. Buen día y felicidades a todos los mercedarios/as, religiosos y seglares. Buen trabajo al servicio de la redención de cautivos y oprimidos.
Imágenes: (1) El dinero de Pedro Nolasco
(2) Un momento de mi ponencia en Villagarcía de C.
6. Amós, el crimen de la esclavitud: “por tres pecados...” (Amós 2, 6-9)
Profeta, y “autor” del libro de su nombre. Era pastor y agricultor Tecoa, al sur de Jerusalén (Am 1, 1; 7, 14), pero la voz de su Señor le conmovió, como fuerte rugido de león (Am 3, 8), y así vino al reino de Israel, en un tiempo de paz externa y de abundancia, hacia el 750 a.C., para criticar los pecados de los ricos, en el santuario de Betel donde se juntaban los devotos. En medio de la riqueza externa descubrió el profeta el pecado más grande, que se expresaba en un culto religioso pervertido (cf. Am 4, 4; 5, 5.21) y sobre todo en la injusticia social, anunciando el castigo de Dios que se expresaría en la invasión asiria.
Por eso elevó su palabra contra los “burgueses” satisfechos de las ciudades Israel, que se pensaban elegidos de Dios porque les van bien los asuntos económicos, mientras sufren (comprados y vendidos) los pobres de la tierra. Pero su mensaje se dirige igualmente hacia todos los pueblos de la tierra (del entorno palestino) porque el pecado contra la libertad humana es pecado universal:
Así dice Yahvé a Gaza: por tres delitos y por cuatro no les perdonaré,
porque hicieron prisioneros en masa y los vendieron a Edom...
Así dice el Señor a Tiro:
por tres delitos y por cuatro no les perdonaré,
porque vendió innumerables prisioneros a Edom (Am 1, 6.9)
Gaza y Tiro son ciudades ricas, que controlan el comercio, entre mar y tierra firme, ciudades que viven de la compra y venta de esclavos. A los ojos del profeta, su riqueza hecha de opresión contra la libertad humana es pecado. El comercio internacional de las ciudades ricas (Tiro, Gaza) se fundaba en la venta y opresión de personas. La misma riqueza que convierte al ser humano en mercancía se vuelve así pecado imperdonable. Pues bien, los israelitas cometen el mismo pecado:
Así dice el Señor a Israel: por tres delitos y por cuatro no les perdonaré, porque venden al inocente por dinero y al pobre por un pobre por un par de sandalias, aplastan contra el polvo al desvalido y no respetan el derecho del indigente (Am 1, 6‒ 7).
Este es para Amós el gran pecado: oprimir al pobre (cf. 4, 1), corromper la justicia al servicio de los poderosos (5, 12), convirtiendo la vida en campo de batalla donde no hay más paz que la impuesta por los vencedores, que justifican sus acciones apelando a su derecho, en nombre de una sacralidad (divinidad) que justifica el orden establecido de la injusticia. En contra de esa desorden y destrucción humana apela Amós y otros grandes profetas (Miqueas, Isaías, Habacuc).
Pues bien, en contra del derecho de los pobres, los ricos y señores de la tierra han confundido a Dios con su riqueza. En contra de ellos Amós: «Oprimen a los pobres, maltratan a los indigentes; disminuyen la medida, aumentan el precio, sentencian de manera injusta en los tribunales (cf. 4, 1; 8, 5; 5, 12). Éstas y otras acusaciones semejantes derivan de la misma ley de Dios que ha dado la tierra para el pueblo en su conjunto, a fin de que todas las familias de la tierra puedan compartir los frutos sagrados de los campos (Am 2, 9-10), conservando el derecho a conservar y cultivar la tierra que los padres les dejaron en herencia.
Siendo pueblo elegido de Dios, Israel debería ser una fraternidad de campesinos libres que trabajan sobre campos (heredades) suficientes para todos de manera que no hubiera diferencias económicas notables entre el pueblo. Según eso, no debía haber surgido una situación en la que toda la propiedad estuviera centrada en unas pocas manos, convirtiendo al conjunto de los habitantes de la tierra en siervos/esclavos de los ricos. Ciertamente, hoy no se compran y venden esclavos, como en aquel tiempo. Pero la forma de economía mundial y la política de interés de ciertos grupos nacionales e internacionales, están haciendo que surja un nuevo tipo de esclavitud, cuyo último eslabón es la opresión y la
cárcel. Por eso, las palabras de Amós siguen siendo fundamentales todavía.
7. ¡Buscad el derecho! La justicia de Dios (Is 1, 10-20).
Este pasaje nos sitúa en los años que preceden a la guerra siro/efraimita (entre el 739 y 734 a-C.). Los habitantes de Judá/Jerusalén se han refugiado en un tipo de culto religioso, pensando que así lograrán desviar la ira de Dios. Pero Isaías profeta combate sus falsas ilusiones proclamando estas (cf. también Is 1, 21-31).
Oíd la palabra de Yahvé, príncipes de Sodoma, escuchad la Ley de nuestro Dios, pueblo de Gomorra.¿Qué me importa el número de vuestros sacrificios? -dice Yahvé-. Estoy harto de holocaustos de carneros y grasa de cebones… No me traigáis más ofrendas vacías, más incienso execrable... Cuando extendéis vuestras manos oculto mis ojos de vosotros; aunque multipliquéis las plegarias no os escucharé, porque vuestras manos están llenas de sangre.
Lavaos, purificaos; apartad de mi vista el mal de vuestras acciones; dejad de hacer el mal; aprended a obrar bien, buscad el derecho, reprobad (=enderezad) al opresor, haced justicia al huérfano, defended a la viuda. Entonces venid y hacernos cuentas, dice Yahvé. Aunque vuestros pecados fuesen como púrpura blanquearán como nieve; aunque sean rojos como escarlata quedarán como lana (cf. Is 1, 10.20).
Isaías se dirige a los príncipes y al pueblo rico (qesine y ‘am), en frase unitaria que acentúa la responsabilidad de unos y otros, que aparecen definidos por los nombres de Sodoma y Gomorra, poblaciones legendariamente perversas de la hoya del Mar Muerto, aniquiladas por su maldad (cf. Gen 18-19). Ellas son ahora Jerusalén (cf Is 1,21). El profeta eleva en contra de ellos su palabra, como expresión de la Ley de Dios, que aparece cansado de los hombres, que así eleva su voz:
‒ Dios protesta contra los holocaustos de carneros que se van quemando completos sobre el gran altar, como ofrenda de un reconocimiento y vasallaje que es mentira, pues va unido a la injusticia. Protesta contra la heleb, que es la grasa del ganado bien cebado que arde y se eleva en humareda generosa hasta las "narices" de Dios (cf. Gen 8, 15-9). Dios no quiere un tipo de culto que proviene del pecado de los hombres, es decir, del robo y la injusticia.
‒ Contra la dam, que es la sangre de toros/carneros/chivos... Es día de gran fiesta. Los ricos y “buenos” señores de la tierra han traído su ganado a los patios del templo, para que lo ofrezcan/sacrifiquen los liturgos, derramando para Dios la pura sangre, quemando en el altar la grasa, separando para ellos la porción correspondiente y devolviendo el resto a los devotos..
Ésta es la mentira del templo: la sacralidad centrada en holocaustos, en los dones de la grasa y de la sangre de animales, conforme a una leyes sagradas del pueblo. En contra de esos signos rituales de mentira (que sólo sirven para alimentar del orgullo de los ricos propietarios), proclama Isaías el culto verdadero. A Dios no le interesa el ritual de sangre. Quiere al hombre; que los pobres vivan, que desplieguen y realicen en justicia su existencia; por eso les pide que se laven de verdad, que rechacen sus pecados, para cumplir así la verdadera ley de Dios:
‒ Reprobad al opresor… Sólo se puede hablar de justicia y derecho allí donde se rechaza al opresor. La misma sociedad, antes centrada en el ritual del templo, debe encontrar la manera de impedir que se extiendan y triunfen los malvados. Cuando el profeta dice a los judíos que se laven está indicando que ellos deben cambiar la misma estructura social/sacrificial fundada en un sistema de opresiones. En ese contesto se habla de huérfanos y viudas, es decir, de las víctimas de una sociedad opresora.
‒ Haced justicia al huérfano, conforme al sentido de saphat, liberar/ayudar. La sociedad sacrificial se apoyaba en la prepotencia de los grandes. La nueva sociedad reconciliada (querida por Dios) ha de poner en su centro a los huérfanos, es decir, a los pobres que no pueden defenderse por sí mismos.
‒ Defended a las viudas. Ellas son con los huérfanos el punto débil e indefenso de una sociedad fundada en el orgullo soberbio de la sangre (sacrificios). Defender se dice ribu en el sentido forense (judicial) de apoyar, sostener, e impedir que los opresores se aprovechen de la debilidad de los indefensos.
8. El templo, una cueva de bandidos (Jer 7, 1-15; 34, 8-18)
Tras la muerte del rey en Meguido (609 a.C.) comenzó en Judá y Jerusalén una etapa de de disturbios políticos, sociales y religiosos, vinculados con la injusticia de los poderosos del pueblo. En ese contexto (entre el 609-604 a.C.) proclamó Jeremías su mensaje que aparece reflejado en el famoso sermón sobre el templo. La nobleza de Judá y Jerusalén, amenazada por los babilonios, había prometido convertirse, liberando a los esclavos. Pero al pasar el peligro los nobles y ricos vinieron al templo a dar gracias por la liberación, imponiendo de nuevo su poder sobre los esclavos. El profeta les grita:
Enmendad vuestra conducta... No os hagáis ilusiones con razones falsas, repitiendo: ¡es el Templo de Dios, es el Templo de Dios, es el Templo de Dios! Si enmendáis vuestra conducta y vuestras acciones, si juzgáis rectamente los pleitos, si no explotáis al extranjero, al huérfano y a la viuda, si no derramáis sangre inocente en este lugar... entonces habitaré en este lugar para siempre...
Mirad: os creéis seguros con palabras engañosas, que no sirven de nada. ¿De modo que robáis, matáis, adulteráis, juráis en falso, incensáis a Baal y seguís a dioses extranjeros y desconocidos, y después entráis a presentaros ante mí en esta casa que lleva mi nombre y decís estamos salvados, para seguir cometiendo todas estas abominaciones?¿Creéis que es una cueva de bandidos esta casa que lleva mi nombre. ¡Atención que yo lo he visto, oráculo de Yahvé! (Jer 7, 1-5.11; cf. 25, 1- 14; 26, 1‒ 9).
Este sermón ha modelado la conciencia israelita, convirtiéndose en inspirador de libertad y exigencia de justicia hasta los tiempos de Jesús, que repitió las mismas palabras ante el templo, siendo por ello condenado a muerte (cf. Mc 11, 15-19 par). En este contexto se inscribe el famoso discurso sobre la liberación de los esclavos, que nos sitúa en el centro de la preocupación israelita por la justicia en favor de los marginados de la sociedad:
[Contexto] Palabra que Jeremías recibió de Yahvé, después que el rey Sedecías hizo pacto con todo el pueblo en Jerusalén para proclamar una remisión, a fin de que cada uno dejase libre a su esclavo o a su esclava hebreo, de modo que ninguno utilizase hermanos judíos como esclavos... Pero después cambiaron de parecer e hicieron volver a los esclavos y a las esclavas que habían dejado en libertad, y los sometieron como esclavos y esclavas. Entonces la palabra de Yahvé vino a Jeremías, de parte de Yahvé, diciendo:
[Pacto] – Yo pacté con vuestros padres, el día que los saqué de la tierra de Egipto, de casa de esclavitud, diciendo: Cada siete años dejaréis en libertad, cada uno a su hermano hebreo que se os haya vendido. Te servirá seis años, y lo dejarás ir libre.
[Pecado] – Pero vuestros padres no me escucharon, ni inclinaron su oído. Ahora vosotros os habíais convertido... Pero os habéis vuelto atrás profanando mi nombre, y habéis vuelto a tomar cada uno a su esclavo y cada una a su esclava que habíais dejado en libertad...
[Amenaza] – Por tanto, así dice Yahvé... He aquí yo os proclamo libertad para la espada, la peste y el hambre. Haré que seáis motivo de espanto a todos los reinos de la tierra. (Jer 34, 8‒ 18).
La fidelidad de Dios, garante de libertad, se opone a la opresión o pecado de los humanos, que vuelven a oprimir a los pobres, tan pronto pasa el riesgo social. Ante esa situación, el profeta no tiene más respuesta que la amenaza de castigo.Una situación así no puede mantenerse, una sociedad que se funda en la opresión no tiene consistencia, quedando a merced de los poderes de la destrucción que son espada, peste y hambre (guerra, enfermedad, pobreza), que la liturgia católica ha recogido en sus peticiones (a peste, fame et bello: liberanos, Domine). Nuestra sociedad no se identifica sin más con la de Jerusalén, en tiempos de Jeremías, pero las semejanzas resultan sorprendentes.
También nosotros estamos como sitiados, ante un riesgo universal de destrucción. A pesar de ello seguimos imponiendo sobre muchos un tipo de esclavos, oprimiendo y encarcelando a los más pobres, sin darnos cuenta de la destrucción que parece acecharnos a todos
9. Segundo Isaías: para que saques de la cárcel a los presos (Is 42, 6-7; 49, 5-12).
Los judíos están cautivos: prisioneros y exilados, en una tierra extraña. Pues bien, como profeta y promotor de libertad de esos cautivos, ha elevado du voz un profeta o grupo de profetas que actúan hacia el final del exilio, en Babilonia (en torno al 540 a. C.), y cuyos poemas, recogidos en Is 40‒ 55, reciben el nombre de Segundo Isaías:
[Siervo] Yo, Yahvé, te he llamado para la justicia,
te he tomado de la mano
y te he guardaré y te he constituido:
alianza del pueblo y luz para las naciones
[Liberador] Para que abras los ojos a los ciegos
y saques de la cárcel a los presos
y de la prisión a los que moran en las tinieblas (Is 42, 6‒ 7).
El exilio en Babilonia se interpreta así como una cárcel donde los israelitas se encuentran encerrados, sir poder desplegar su vida en libertad. Ellos están como en prisión: moran encerrados, bajo la tiniebla de unos muros que no les permiten ver el sol. Lógicamente, la primera tarea del Siervo, delegado de Dios en la tierra, será la de ofrecer libertad a esos cautivos y/o presos israelitas, para que puedan desplegar su vida en libertad.
[Siervo] Así dice Yahvé, el que me constituyó Siervo suyo
desde el seno materno,
para que trajese a Jacob, para que reuniese a Israel...
[Alianza] Te he guardado y te he constituido alianza del pueblo,
[Jubileo] para restaurar la tierra, para repartir heredades asoladas,
[Libertad] para decir a los presos 'Salid'
y a los que están en tinieblas 'Venid a la luz'.
[Camino] Convertiré mis montes en camino, y mis senderos se nivelarán.
Mira, éstos vendrán de lejos;
unos del Norte y Poniente, otros del Sur... (Is 49, 5, 12).
En este contexto se identifican los presos‒ cautivos con aquellos que viven en tiniebla, pues no pueden contemplar la luz de Dios, es decir, la verdadera humanidad. Como enviado mesiánico, el profeta, realiza la función de Siervo, como Ministro de la Liberación, para establecer nuevamente la alianza de los hombres y mujeres, con Dios, en libertad para repartir de nuevo las tierras, abriendo así un camino de liberación. Desde este fondo puede entenderse el gran canto del rescate, que empieza con las palabras de llamada solemne: ¡Despierta, despierta, revístete de fuerza, brazo de Yahvé! (Is 51, 9).
La revelación de Dios se expresa en forma de libertad y plenitud de vida para el pueblo. Pues bien, el profeta sabe que esa libertad es imposible sin la destrucción de los poderes opresores (cf. b), que aparecen en forma mítica y social. Eso significa que la historia es un camino conflictivo: la cárcel de un sistema opresor sólo se puede romper si se rompen y superan los poderes de destrucción que han dominado nuestra historia. La verdadera vida humana, entendida en claves mesiánicas, se define y establece, según eso, como un camino de libertad, instaurado por el Dios que viene:
Convertiré el desierto en un estanque, la tierra seca en hontanar de aguas. Pondré en el desierto cedros y acacias, mirtos y olivos, plantaré en la estepa el olmo y ciprés, con el alerce... No pasarán hambre ni sed, no les afligirá viento ni sol, pues les guía el que se ha compadecido (41, 18-19; 49, 10).
El pueblo que escucha estas palabras vive todavía en cautiverio, pero cuenta ya con la esperanza de Dios. El pueblo parecía muerto, pero la voz de profecía lo levanta, haciéndole tender hacia un futuro que desborda los límites pequeños de la tierra de Israel y su reinado político en el mundo. Han sucedido muchas cosas, se han padecido muchos sufrimientos. Pero el pueblo empieza a caminar de nuevo, como nuevo y verdadero Abrahán, no sabe dónde se dirige; pero sabe que Dios mismo le guía.
10. Tercer Isaías: para proclamar el Año de Gracia del Señor… (Is 58; 61)
Este profeta vive en los tiempos de la restauración (tras el 539 a.C.). Los nuevos israelitas que han establecido ya en Sión corren el riesgo de volver a un tipo antiguo de idolatría o de perderse en un nuevo ritualismo, centrado en ayunos exteriores. Para ellos proclama su palabra:
[Mandato] Este es el ayuno que yo quiero
[Liberación] Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos
dejar libres a los oprimidos romper todos los cepos .
[Solidaridad] Partir tu pan con el hambriento hospedar a los pobres sin techo
vestir al que ves desnudo
y no cerrarte a tu propia carne (a tu prójimo).
[Salvación] Entonces romperá tu luz como aurora, pronto te brotará
la carne sana...
[Cumplimiento] Cuando destierres de ti los cepos...
cuando partas tu pan con el hambriento,
y sacies el estómago del indigente
brillará tu luz en las tinieblas... (Is 58, 6‒ 10).
La solidaridad antigua de los clanes agrícolas de Israel se ha roto; la cultura sacral urbana de Jerusalén y de su entorno está generando formas nuevas de opresión. Pues bien, en contra de eso eleva su voz el profeta, pidiendo a los judíos que superen su tendencia a la sumisión (todo recurso a la cárcel), creando más bien una cultura de solidaridad activa, que se expresa sobre todo en la ayuda dirigida hacia los más necesitados. Sólo en este contexto de opresión interna, que no está ya causada por el cautiverio en Babilonia o por otras formas de disputa entre naciones, se entiende el pasaje que sigue. Los opresores no están fuera, no son de otros pueblos, sino dentro, en la misma sociedad israelita. Contra ellos (frente a ellos) eleva su voz el Siervo (= el profeta):
[Principio] El Espíritu del Señor Yahvé está sobre mí,
porque Yahvé me ha ungido, me ha enviado:
[Tareas] – para evangelizar a los oprimidos,
para vendar los corazones quebrantados,
– para proclamar la liberación de los cautivos
y abrir la cárcel a los prisioneros
– para proclamar el Año de Gracia de Yahvé
y un Día de Venganza para nuestro Dios
– para consolar a todos los que están de duelo... (Is 61, 1‒ 3)
Este profeta‒siervo de Dios no viene simplemente a exigir a los demás que cambien, sino que se compromete a realizar por sí mismo ese cambio, como delegado de Dios y portador de su salvación. Por eso dice que Yahvé le ha ungido con su Espíritu. Éste es un profeta que anuncia (palabra), pero que al mismo tiempo “hace”, poniendo su vida al servicio de la libertad:
‒ Este profeta asume y desarrolla la experiencia del Año Jubilar, entendido como Año de Gracia (=aceptable a Dios). Conforme a la experiencia antigua, año sabático y jubilar se repetían cada siete y/o cuarenta y nueve años. Este será el Año Definitivo de gracia. Este jubileo liberador (final) se encuentra vinculada a la misma acción del profeta‒ siervo: no es algo que se pueda imponer por ley, ni es un principio de vida general que se aplica neutralmente a todos los humanos, sino efecto de una solidaridad y entrega personal del profeta enviado “para evangelizar‒ liberar‒ consolar...”.
‒ Este año de Gracia (jubileo salvador) será al mismo tiempo día de venganza, es decir, tiempo de destrucción para los poderes opresores. Sólo así, al reverso de esa destrucción o juicio de condena que se eleva contra los perversos, podrá expresarse y triunfar el verdadero ser humano, en libertad y consuelo.
Aquí ha llegado y culminado la revelación profética de Israel, vinculando la más honda exigencia legal de liberación (que se expresa a través del jubileo) con la imaginación y tarea profética de entrega de la vida, a favor de los más pobres (los presos y oprimidos del pueblo). Aquí ha llegado y aquí nos ha dejado, en un lugar espléndido de esperanza y compromiso en favor de los necesitados. Más que esto no se puede decir, siempre que podamos traducir y concretar estas palabras en perspectiva universal, abiertas, desde los pobres de Israel y del mundo.
