Ésta es mi Sangre, el don de la vida (Jesús)

La tradición evangélica sabe que, sabiendo que había sido ya entregado y que estaba condenado a muerte, Jesús invitó a cenar a sus amigos, tomando con ellos el pan de la solidaridad y el vino de la alianza, es decir, de comunión, de entrega mutua de la vida (de unos a favor de los otros). Desde ese fondo se entienden las palabras que la misma tradición ha escuchado. Jesús dijo que “no bebería más hasta que llegara el Reino” (¡la próxima copa en la Jerusalén renovada!). Pero, al mismo tiempo, mientras fueran de camino, les dijo también que él había entregado y seguía entregando su vida por ellos. Se lo dijo con vino: ¡Esto es mi sangre!.


Gesto básico


Le habían acusado de comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores (Mt 10, 19 par). Evidentemente, ha sabido disfrutar del vino y lo ha bebido, en solidaridad con los marginados de su pueblo, ofreciéndoles la promesa y garantía del reino. Ahora, al final de su vida, mantiene ese gesto y continúa ofreciendo vino (reino) a sus discípulos, en favor de de todos (de la llegada del Reino). Ese vino final, unido al pan de sus comidas y multiplicaciones, ha quedado como signo y gesto distintivo de su alianza universal de reino, abierta hacia marginados y pecadores. Por eso, es normal que la iglesia de Jerusalén y Antioquía y luego todas las iglesias hayan asumido esta palabra del vino como expresión radical del evangelio, uniéndola al pan, que es señal de su presencia salvadora. Empecemos por el ritual del vino:

Tomó una copa (potêrion). Esta palabra puede traducirse, de manera quizá más sacral, como cáliz, destacando de esa forma la experiencia de dolor y entrega de la vida, como supone el relato sobre los zebedeos (¿sois capaces de beber el cáliz que voy a beber?: cf. Mc 10, 38) y la oración de Getsemaní (¡Aparta de mí... ! Mc 14, 36). Preferimos dejar copa, por ser más neutral, propia de un banquete de amistad y despedida. El gesto es natural dentro de la Cena. Es como si Jesús dijera, con Sal 1l6, 5: El Señor es mi Copa, tomadla vosotros.

– Dando gracias, se la dio
. Evidentemente, el vino es señal de bendición: mientras un grupo de amigos puedan tomarlo juntos podrán bendecir a Dios. No están abandonados, perdidos sobre un mundo adverso. El mismo vino, fruto de la tierra y del trabajo humano, producto de fermentación de la uva, es signo del cuidado de Dios, del sentido de la vida. Jesús no les ofrece una sesión de ayuno, hierbas amargas, en plano de sudores, sino el más gozoso y bello producto de la tierra mediterránea: el vino. No es comida diaria, tasada, de dura pobreza, sino fiesta que alegra el corazón, siendo recuerdo y anticipo del reino de los cielos. El agua es necesaria, el vino es siempre gracia. Puede vivirse bien a pan y agua. El vino (o sus equivalentes en otras culturas) es un derroche, en la línea del perfume de la mujer del vaso de alabastro.

Y bebieron todos de ella, de la copa, en gesto muy preciso de participación. Por un lado se dice que bebieron todos, sintiendo en sus labios el gozo y la fuerza del vino, en contra de una liturgia posterior, muy formalista que, simplificando y jerarquizando el rito, ha reservado el vino para el presidente, oscureciendo así aquello que Jesús quiso. Se añade, además, que bebieron de ella, de la misma copa: un mismo cáliz, un gran vaso, vincula a los participantes. Es vino que Jesús les da y que ellos reciben y comparten, asumiendo de algún modo su camino. No hace falta decir más: este es el vino de Jesús, la copa de su fiesta; por eso, quienes participan de ella se comprometen a buscar y recibir el reino. En el fondo de la fiesta emerge la más honda exigencia de solidaridad y justicia humana.

Jesús, todo sangre: sangre de mujer, sangre de varón

Jesús, un perseguido, mensajero del reino, amenazado de muerte, ofrece a sus amigos una copa de vino, en signo de solidaridad y esperanza. El gesto se entiende por sí mismo. Pero los relatos actuales de la Institución introducen una palabra explicativa esta es la Sangre de mi alianza (Marcos y Mateo), es la nueva Alianza en mi Sangre (Pablo y Lucas). Dejemos la alianza (recogida por las cuatro variantes del texto) y la visión de la sangre como derramada (tema de Marcos, Mateo y Lucas), para centrarnos en la sangre:

– La sangre (haima) es vida. Los israelitas pueden comer las varias partes de los animales sacrificados o no sacrificados de forma ritual, pero nunca su sangre porque ella es la vida de la carne y os la he dado para uso del altar, para expiar por vuestras vidas, porque la sangre expía por la vida (Lev 17, 10-12; cf. Gn 9, 4). Dios se ha reservado la sangre, como signo de su poder originario, de forma que comer carne no sangrada o beber sangre constituye la mayor de las impurezas (cf. Hech 15, 29). Pues bien, fiel a su más honda experiencia de trasgresión sacral y ruptura de límites, Jesús ofrece a sus discípulos su sangre, en el signo del vino. Difícilmente podemos hoy imaginar la extrañeza de este gesto, la ruptura que supone: superando el nivel israelita, volviendo a los orígenes de la historia, Jesús ofrece a los humanos su sangre todo lo que es y tiene, su cuerpo y sangre. Así rompe la distinción entre lo sagrado y lo profano; todo en su vida es sagrado, siendo todo profano; todo es amor de madre y amigo, que da su vida (sangre) por los otros, para compartirla con ellos.

– ¿Es sangre de mujer? El tema se encuentra especialmente vinculado al misterio vital de la mujer, con sus menstruaciones y partos. Esta es la sangre generadora, que se expande amenazante y fecunda, dando vida. Es lo más sagrado: sangre de mujer que concibe y alumbra. Es, al mismo tiempo, signo de impureza. La legislación israelita ha tenido un cuidado especial con las mujeres menstruantes o parturientas, al menos desde Lev 12, presentándolas como signo de ambigüedad humana. Pues bien, en esa raíz donde germina y se expande arriesgadamente la vida se ha situado Jesús, ofreciendo a los humanos su sangre, expresada en el vino. Así podemos evocar su gesto, en forma femenina, para después recuperarlo en forma personal, masculina y/o femenina: esta es la sangre de Aquel que sabe dar la propia vida, para así compartirla en gozo feliz con los otros, en forma enamorada.

– Es sangre que otros derraman con violencia (le matan), pero que él ofrece en amor para superar toda violencia, instaurando con ella (en el signo del vino) una alianza de amor definitiva. Como he mostrado en otro libro (Hombre y mujer en las grandes religiones, Editorial Verbo Divino, Estella 1997), la sangre que el varón mejor ha “valorado” no está unida a la generación (como en la mujer), sino a la violencia de la guerra: es la sangre de los enemigos matados en campo de batalla o de los amigos caídos en ella. Se ha pensado que ella “pacifica”, en cuanto crea un orden que brota y se sostiene a través de la violencia. Pues bien, Jesús ha invertido esa función y signo de la sangre, ofreciendo la suya (su vida), de manera generosa, como madre y amigo/a, para suscitar la comunión. Con dura violencia (con mala justicia) le matan. Sin ninguna violencia muere, haciendo de su sangre (entrega personal) signo de encuentro enamorado (vino, alianza) para todos los humanos.

Como una mujer que da su vida

Al decir esta es mi sangre, Jesús puede interpretarse como mujer que da la vida al engendrarla, por medio de su sangre, o como varón que entrega su vida, de un modo arriesgado, pacífico, creador, en un contexto donde dominaba la violencia. De esta forma invierte la figura del chivo expiatorio, a quien matan los triunfadores del sistema para imponer la paz sobre el conjunto de la población; Jesús no mata a nadie, nada impone, sino que ama y se deja matar por amor, ofreciendo a todos el cuerpo y sangre de su vida.
Siguen teniendo su valor los símbolos tradicionales (pascua, alianza y expiación), pero ellos reciben un sentido nuevo, desde el don de la vida de Jesús, que viene a situarnos de esa forma en el principio de la historia humana, para superar desde allí, en perspectiva de donación femenina, la violencia de los hombres. En el principio esta la sangre “femenina”: que se da para que nazca vida. En el centro, la sangre “masculina”: la violencia de aquellos disputan y matan, matando a Jesús, mientras él ha ofrecido su vida por todos. Al final, la sangre del amor enamorado (Ap 21-22), que no es masculina ni femenina, sino humana y divina: comunión de amor por siempre.

La Sangre de la Alianza (Nueva Alianza) de Jesús, no es líquido
ritual de sacrificios violentos
, pues él ha superado ese nivel al vincularse a Dios. Ciertamente, él ha asumido el simbolismo pactual, con la sangre que sirve para social altar de Dios y pueblo, vinculándolos así en un pacto de (cf. Ex 23, 8). Pero él no emplea ya la sangre de animales, sino su propia vida, entregada en favor de los excluidas de Israel y de la tierra y expresada en el signo del vino. Con los excluidos come, en favor de ellos ha muerto, no para pagar a Dios un precio o rescate, sino para regalar su vida en gratuidad, por todos.
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