Vida humana, sangre de mujer (religión azteca)

Los aztecas interpretaron la relación entre el Dios-Sol y su pueblo (ellos mismos), en forma de sacrificio compartido. Sabían los mexicas anteriores que Dios y Diosa se entregan (sacrifican) para que surjamos de esa forma los humanos; por eso ofrecían a al Dios/Diosa sus sacrificios. De esa forma devolvian al ser divino la vida/sangre que habían recibido.

Así expresaban en forma religiosa un tema familiar bien conocido: los padres ofrecen su vida a los hijos; los hijos agradecen (devuelven) la vida a los padres. Pues bien, los nuevos aztecas (que habían venido en el siglo XIV a la tierra de México) elaboraron de un modo radical esa visión, destacando así el valor de la sangre que el dios/diosa nos ha ha dado y que nosotros devolvemos a Dios, en especial las mujeres.

Varones y mujeres

El poder del cielo se condensa en Tonatiuh, el sol poderoso, Señor de lo Alto, asociado con Tlaltecuhtli, la Señora de la tierra. Ambos unidos forman el principio de todo lo que existe, son Nuestro Padre y nuestra Madre, como indican de forma especial los ricos rituales del nacimiento. Pero ahora se marcan con más fuerza las diferencias y se destaca el poder del dios Sol masculino.Así decía la partera al recién nacido al cortarle el cordón umbilical:

(Oración al nacer un varón) Hijo mío muy amado y muy tierno, cata aquí la doctrina que nos dejaron nuestro Señor Yoaltecutli y la Señora Yoaltícitl, tu padre y tu madre. De medio de tí corto el ombligo. Sábete y entiende que no aquí tu casa donde has nacido, porque eres soldado y criado, eres ave que llaman Quéchol (=Qetzal), eres ave que llaman Çacuan, que eres ave y soldado del que está en todas partes... Solamente es tu posada esta casa. Tu propia tierra otra es; en otra parte estás prometido, que es el campo donde se hacen las guerras, donde se traban las batallas. Para allí eres enviado. Tu oficio y facultad es la guerra; tu oficio es dar a beber al Sol con sangre de tus enemigos y dar de comer a la Tierra que se llama Tlatecutli con el cuerpo de tus enemigos.Tu propia tierra y tu heredad y tu fuerte es la casa del Sol en el cielo. Allí has de alabar y regocijar a nuestro Señor el Sol que se llama Totonámetl in Mánic (su igual, igual que la Señora de la Dualidad). Por ventura merecerás y serás digno de morir en este lugar y recibir muerte florida. Y esto que te corto de tu cuerpo y de medio de tu barriga es cosa tuya, es cosa debida a Tlaltecuhtli, que es la tierra y el sol. Y esta es la señal que eres ofrecido y prometido al Sol y a la Tierra; esta es la señal que tú haces profesión de hacer este oficio de guerra (Consagración de un niño).

(Oración al nacer una mujer). Hija mía y señora mía, ya habéis ya venido a este mundo. Os ha enviado acá nuestro Señor, el cual está en todo lugar....Notad, hija mía, que del medio de vuestro cuerpo corto y tomo tu ombligo, porque así lo mandó y ordenó tu madre y tu padre: Yoaltecutli, que es Señor de la noche, y Yoaltícitl, que es la Diosa de los baños. Habéis de estar dentro de casa como el corazón dentro del cuerpo; no habéis de andar fuera de casa; no habéis de tener costumbre de ir a ninguna parte. Habéis de ser la ceniza con la que se cubre el fuego en el hogar; habéis de ser las trébedes donde se pone la olla. En este lugar os entierra Nuestro Señor; aquí habéis de trabajar. Vuestro oficio ha de ser traer el agua y moler el maíz en el metate. Allí habéis de sudar cabe la cocina y cabe el hogar (Consagración de una niña).

Este pasaje acentúa la dualidad de principios divinos: el Señor Dios Padre Yoaltecutli, vinculado al Sol y a las batallas, y la Señora Diosa Madre Yoaltícitl, vinculada con la tierra. Cielo/Sol y Tierra/Señora constituyen los dos aspectos de la realidad total, que se expresan de un modo muy preciso por los varones y mujeres.

- Los varones aparecen dedicados al sol que es su verdadera casa y patria. Ellos viven para luchar, es decir, para dar de beber al sol con su propia sangre o con la sangre de los guerreros enemigos, manteniendo de esa forma el gran proceso de la vida universal.
- Las mujeres, en cambio, están relacionadas a la casa de la tierra. Ellas constituyen el hogar del nacimiento y cultivo de la vida. Como luego iremos viendo, ellas mantienen la vida sobre el mundo sobre todo a través de la generación (engendran y cuidan a los ojos), preparándolos para la guerra.

Varones y mujeres resultan necesarios, pero no son iguales. El varón es Cielo/sol, la mujer es Tierra... Pues bien, conforme a la nueva teogonía azteca, en el origen de la vida se halla el Sol que va quemando su energía (sacrifica su vida) a fin de que surja y se mantenga toda vida sobre el mundo. En el fondo de esta cosmovisión sagrada hallamos la certeza de que la energía se consume y puede terminarse. Por eso, para renovar la “sangre” del sol, las mujeres han de ofrecerle su sangre menstrual (y la sangre del parto) y los hombres la sangre de otros hombres, que la derraman en guerra o sacrificio religioso.

Sangre de mujer, sangre de varón

Al varón se le consagraba para la guerra (para entregar la vida al Sol, para morir o matar y así ofrecerle la sangre de los enemigos muertos, a través de los sacrificios). A la mujer se le encomendaban las tareas del hogar, reservándole el corazón de la casa. Pues bien, ahora podemos retornar a ese motivo, distinguiendo la función del varón y la mujer en la batalla de la vida interpretada como donación de sangre para alimentar el sol.
La mujer alimenta la vida del sol (la vida de la humanidad) ofreciendo su sangre menstrual y de forma aún más fuerte su sangre materna en el parto. El parto se convierte así en la verdadera batalla, en el riesgo mayor de las mujeres. Ellas luchan y se arriesgan, penetran en batalla y mueren muchas veces alir a dar a luz; esto es para ellas su sacrificio. Los varones, que no pueden dar sangre maternal y no arriesgan su vida en el nacimiento de los hijos, realizan su misión de alimentar al Sol de otra manera: al arriesgarse en la batalla, al ofrecer en sacrificio la sangre de los enemigos muertos.
En esa línea, violencia masculina, guerrera o sacrificial, (llevada al paroxismo en la cultura azteca) puede y debe interpretarse como un sustituto de la "violencia" natural de la menstruación y del parto femenino. Nacimiento y muerte se vinculan en un mismo fondo de violencia: da su sangre y muere muchas veces la mujer por alumbrar hijos al mundo; mata y muere muchas veces el varón al arriesgar la vida en la batalla y ofrecer (en ella o tras ella, por los sacrificios) la sangre de los enemigos muertos.

Morir de parto, ser “divina”.

los aztecas canonizaban por diosas a todas las mujeres que morían del primer parto. Todo alumbramiento era en el fondo una batalla creadora: como los antiguos dioses se sacrificaron por el nacimiento del sol, cada madre se sacrificaba por su hijo, entregándose en manos del fuego de la muerte:

Si la paciente moría del parto llamábanla mocioquetzqui, que quiere decir mujer valiente.... Y para llevarla enterrar, su marido la llevaba a cuestas a donde la habían de enterrar. La muerta llevaba los cabellos tendidos. Y luego se juntaban todas las parteras y viejas y acompañaban al cuerpo. Iban todos con rodelas y espadas y dando voces, como cuando vocean los soldados al tiempo de acometer a los enemigos. Y salíanlas al encuentro los mancebos...y peleaban con ellas por tomarlas el cuerpo de la mujer. Y no peleaban como de burla o como por vía de juego sino peleaban de veras.



Las mujeres que mueren de parto en verdad heroínas. Han peleado por la vida y han caído en la pelea. El mismo gesto de su muerte las convierte en diosas, seres superiores. Han luchado y muerto en la batalla; por eso las entierran en el patio de los templos; por eso, los restos de su cuerpo sirven de amuleto o de reliquia para los guerreros. Ellas participan en el sacrificio original de la divinidad que se expresa y revela en el mundo de dos modos:

- Mujeres. Aunque la muerte de estas mujeres que se llamaban mocioaquetzque daba tristeza y lloro a las parteras cuando morían, los padres y parientes de ellas alegrávanse, porque decían que no iban al infierno sino que iban a la casa del Seol, y que el Sol, por ser valiente, las había llevado para sí... Las mujeres que morían en la guerra y las que del primer parto morían (que también se cuentan con los que morían en la guerra), todas ellas van a la casa del Sol y residen en la parte occidental del cielo...Y ansí, aquella parte occidental, que es donde se pone el sol, es la habitación de las mujeres.
- Varones. Lo que decían los antiguos acerca de los que iban a la casa del Sol es que todos los valientes hombres que morían en la guerra y todos los demás soldados que en ella morían, todos iban a la casa del sol y que todos habitaban en la parte oriental del sol. Y cuando salía el Sol, luego de mañana, se aderezaban con sus armas y le iban a recibir, y haciendo estruendo y dando voces, con gran solemnidad, iban delante de él peleando con pelea de regocijo, y llevándolo así hasta el puesto del mediodía que se llaman nepantla Tonatiuh.

Se diviniza según eso a los que mueren en algún tipo de batalla al servicio de la vida, sea en forma masculina, sea en forma femenina. En cierto sentido, todos los vivientes son necesarios, pero sólo los que dan su vida participan de la plenitud del Sol, de su camino de victoria. El Sol es aquí el único Dios, es el punto de referencia fundamental de todos los vivientes.Pierde su importancia sacral la misma tierra; queda en silencio la luna.Sólo el sol es Dios verdadero. En relación con él se definen todos los difuntos divididos en tres grupos:

- Varones/guerreros muertos. Cuando el Sol sale a la mañana vanle haciendo fiesta los hombres hasta llegarlo al mediodía...Dejánbanlo entonces los hombres en la compañía de las mujeres y de allí se esparcían por todo el cielo y los jardines de él a chupar flores hasta el otro día.
- Mujeres muertas de parto. Y desde el mediodía comenzaban a guiarle (al sol) las mujeres, haciendo fiesta y regocijo, todas aparejadas de guerra...y descendiendo hasta el occidente llevábanle en unas andas hechas de quetzales o plumas ricas. Iban delante de él dando voces de alegría y peleando, haciéndole fiesta....Y tomando al sol los del infierno, las mujeres que lo habían llevado hasta allí luego se esparcían y descendían acá a la tierra, y buscaban husos para hilar y lanzaderas para tejer y todas las otras alhajas que son para tejer y labrar.
- Los del infierno. Dejábanle (las mujeres) donde se pone el Sol y allí le salían a recibir los del infierno y llevábanle al infierno. Y dijeron los antiguos que cuando acomienza la noche comenzaba a amanecer en el infierno y entonces se despertaban y se levantaban de dormir los muertos que están en el infierno.

Quedan en penumbra las virtudes y valores personales, no hay aquí lugar para la individualidad de la mujer. Ella vale como portadora de la vida, es decir, como naturaleza. Ciertamente, los aztecas han valorado el placer sexual, han destacado el sentido de las relaciones mutuas entre varones y mujeres. Pero en el fondo para ellos la mujer vale en cuanto servidora de la generación.
La mujer es ante todo la persona que puede sacrificarse y se sacrifica como el Dios antiguo arriesgando su vida por la vida de los hijos. Toda su existencia era una especie de batalla: se preparaba para sufrir y morir en el parto, si fuere necesario. Por eso, la partera, interpretada como gran sacerdotisa de la vida, adora a la mujer que muere en parto y dice:

Oración a la mujer que muere de parto. (Oh mujer, fuerte y belicosa, hija mía muy amada! Valiente mujer, hermosa y tierna palomita, Señora mía. Habéis hecho como vuestra madre, la Señora Ciocóatl o Quilaztli: habéis peleado valientemente, habéis usado de la rodela y de la espada como valiente y esforzada....Pues despertad y levantaos, hija mía, que ya es de día; ya ha amanecido; ya han salido los árboles de la mañana; ya las golondrinas andan cantando y todas las otras aves. Levantaos, hija mía, y componeos. Id a aquel buen lugar que es la casa de vuestro Padre y Madre el sol, que allí todos están regocijados y contento y gozosos. Id, hija mía, para vuestro Padre el sol, y que os llevan sus hermanas, las mujeres celestiales, las cuales siempre están contentas y regocijadas y llenas de gozos con el mismo sol a quien ellas regocijan y dan placer, el cual es Madre y Padre nuestro... Habéis ganado con vuestra muerte la vida eterna gozosa y deleitosa con las diosas celestiales. Pues idos agora, hija mía muy amada, poco a poco para ellas y sed una de ellas.

En esta perspectiva, el mismo Sol aparece como masculino/femenino, como Padre y Madre. En la primera mitad de su jornada avanza acompañado por los guerreros muertos; en la segunda mitad le guían y dirijen las guerreras/parturientas muertas.
Es evidente que hay funciones distintas: los varones permanecen el resto del día en el cielo (ya no tienen nada que hacer en la tierra); las mujeres celestes, en cambio, después de acompañar al Sol a lo largo de la tarde descienden a la tierra para acompañar a los mortales realizando sus labores. Pero en principio varones y mujeres son iguales en el riesgo de la muerte y en la gloria.
De todas formas, debemos destacar una diferencia. El riesgo de las mujeres pertenece a la naturaleza: está vinculado al proceso de la generación. Por el contrario, el riesgo de los varones pertenece a la cultura de violencia. Es como si los varones tuvieran que crear de un modo artificial un tipo de riesgo y de sangre para sentirse útiles (para superar la envidia que les producen las mujeres) y para controlar el conjunto de la vida social a través del arte y lucha de la guerra.

(Textos tomados de B. de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España (1569); buena edición manual con bibliografía por J.C. Temprano en Historia 16, Madrid 1990. He desarrollado el tema en Hombre y mujer en las religiones, Verbo Divino, Estella 1997)
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