Cosas que uno aprende y reflexiona en el camino

(AE)En estos días, por circunstancias que no vienen al caso, he tenido la oportunidad de disfrutar de un tiempo de asueto visitando diferentes rincones para mí completamente

desconocidos de Uganda. Del lago Alberto, pasando por las inmensas laderas repletas de caña de azúcar de Masindi hasta la majestuosidad del Nilo y de algunas de sus impresionantes cascadas.

Durante este tiempo he podido reflexionar sobre diferentes puntos, algunos de los cuales quisiera compartir con ustedes:

- Siempre mejor una simple pista de tierra que un asfalto agujereado. Parece mentira, pero es así. No hay cosa peor que circular por un asfalto lleno de rodales peligrosamente vacíos en los que en cualquier momento se te puede quedar encajada una rueda o donde hay que dar un gran volantazo y cambiar de rumbo. En la vida, creo que esto tiene grandes aplicaciones: a veces el medio más sencillo y aparentemente más inadecuado puede ser más eficaz que el sofisticado.

- La línea recta no siempre es el camino más corto, sobre todo cuando se trata de presentar la menor resistencia posible a los obstáculos del camino. En muchas ocasiones, perder un poco de tiempo para dar un rodeo y evitar un sitio enfangado o lleno de arena puede ser lo ideal para poder ahorrarse uno más de un disgusto.

- Sólo el que se pierde descubre nuevos lugares. Parece una perogrullada pero es así y en más de una ocasión el azar te premia con una agradable sorpresa: un rincón encantador, una puesta de sol excepcional, un encuentro fortuito con una persona que te marca... son situaciones que no se encuentran si se sigue siempre “la ruta marcada” y los itinerarios habituales.

- La naturaleza también es dura. Este punto me lo mostró un búfalo solitario. Dicen que los búfalos que van solos son viejos ejemplares que, debido a su edad, han sido alejados de la manada por los elementos más jóvenes en plenitud de fuerzas. Y yo que creía que los asilos de ancianos eran algo propio de los humanos... pues mira que no. Y quizá porque dicen que estos viejos rumiantes no se cortan un pelo, no pierden ocasión de mostrar su cabreo con la vida, la amargura de su soledad y el triste destino que les ha tocado empitonando a cualquier desaprensivo que se les acerque demasiado. De alguna manera, lo comprendo, yo creo que también lo haría en su lugar.

- Vivimos de espalda a la realidad. Cada vez que me sumerjo en la naturaleza – y más aún en la sobrecogedora tierra africana - me doy cuenta de las pocas cosas que son esenciales para el ser humano. El resto, como diría el Qohelet de la Biblia, “todo es vanidad.” No disfrutamos de lo que tenemos simplemente porque vivimos en ciertos mundos falsos que nos creamos. El simple hecho – lo reconozco – de pasarme varias horas al ordenador trabajando o simplemente pasando el tiempo me impide tener encuentros más humanos y profundos. Vivo en el mundo virtual que yo y mi cultura hemos creado, y hay que luchar para salir de ese mundo y estar de verdad en contacto con lo que es la verdadera realidad.

- Al final, lo que queda, es el corazón. Creo que es también una de las enseñanzas que recibimos del camino: lo importante son las personas y lo que recordamos es el cariño derramado, el gesto generoso, la hospitalidad sincera, la palabra llena de sabiduría... esos son los valores que – en un mundo tan marcado por la violencia, la arrogancia y la ambición – brillan indefectiblemente y nos hacen más humanos porque tocan la fibra más sensible del alma humana.

Bueno, como pueden ver, no son pocas ni baladíes las enseñanzas de un par de días alejado del mundanal ruido. Creo que en general nos iría mejor si alimentáramos nuestra alma más frecuentemente de las fuentes de esta naturaleza profunda y callada que tenemos todavía la suerte de tener a nuestro alrededor.
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