La alegría de la cincuentena pascual

Cuando hoy decimos «pentecostés» nos referimos al día cincuenta, a la fiesta de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. Antiguamente no era así. Si leemos a Tertuliano, el teólogo montanista africano del siglo II, veremos que cuando habla de pentecostés, lo llama spatium pentecostés y lo califica de spatium laetisimum; según el teólogo africano, por tanto, pentecostés no es un día de fiesta único y solitario, sino un periodo de tiempo lleno de alegría. No os voy a cansar trayendo aquí testimonios antiguos, pero os puedo asegurar que es muy frecuente la referencia a la alegría de la cincuentena, no solo en occidente sino también en oriente. Sin ir más lejos, los actuales prefacios romanos del tiempo pascual han recogido esta tradición y proclaman siempre la alegría pascual (profusis pachalibus gaudiis). Esta alegría pascual se manifiesta de formas distintas: durante este tiempo se suprime en la comunidad cristiana cualquier forma de ayuno o de práctica penitencial, como orar arrodillados, raparse la cabeza o vestirse de saco. En pascua, aún ahora, muchas oraciones se hacen de pie.

Lo importante es descubrir el motivo de esta alegría. Lo comenta expresamente Tertuliano cuando exclama: ¡Cómo van a ayunar los convidados a la boda mientras está con ellos el esposo! El autor tiene en la cabeza seguramente las palabras de Jesús cuando los fariseos le recriminaban que sus discípulos comían y bebían, mientras los de Juan oraban y ayunaban «Jesús les dijo: ¿Podéis acaso hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el esposo está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el esposo; entonces ayunarán en aquellos días» (Lc 5, 33-35).

La ausencia del esposo, Cristo, había motivado el gran ayuno de toda la comunidad durante los seis últimos días que precedieron a la pascua; de ese modo expresaba la comunidad su tristeza porque el esposo había sido arrebatado por la muerte. Y prolongaron el ayuno durante una larga noche, en un clima de ansiosa espera, hasta el banquete eucarístico. Entonces rompieron el ayuno, celebraron el encuentro con el Señor, el Esposo de la Iglesia, y comenzaron la fiesta. El banquete eucarístico se convirtió en un banquete nupcial. El esposo estaba con ellos llenándolos de gozo con su presencia. La pascua se convirtió, de esta forma, en el «paso» del la tristeza al gozo, del llanto a la alegría, de las tinieblas a la luz, del ayuno a la fiesta. Había comenzado la «pentecostés», la cincuentena.

Los testimonios antiguos nos permiten definir este tiempo como un gran día de fiesta, como una gran fiesta prolongada por espacio de cincuenta días. Acabarán llamando a este periodo el «gran domingo». Todos los días son iguales, sin distinción alguna entre festivos y no festivos. De hecho es el mismo Tertuliano, una fuente inapreciable para este tema, el que nos dice que durante este periodo de tiempo la Iglesia celebra las apariciones del Señor, la ascensión a los cielos, la venida del Espíritu y la última venida gloriosa del Señor al final de los tiempos. Aparentemente como nosotros; pero no. Ellos no fragmentan estas fiestas, no las celebran por separado. La Iglesia de los primeros tiempos, en vez de seguir el montaje cronológico de Lucas, se ajusta a la tradición de Juan que coloca la vuelta al Padre y la donación del Espíritu el mismo día de la resurrección (Jn 20, 17. 22). La cincuentena pascual celebra la glorificación de Jesús, en su totalidad y plenitud, a lo largo de este tiempo, sin fraccionar los misterios. La Iglesia de los primeros tiempos no entiende la serie de hechos relatados por Lucas como si fueran acontecimientos históricos, desarrollados a lo largo de cuarenta días. Seguramente se trataría de un recurso pedagógico utilizado por Lucas. A mi juicio, éstos son los son aspectos que configuran el misterio de la glorificación de Jesús y su constitución como Señor a la derecha del Padre.
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