Aspectos de otra resurrección, la familia.
Se insiste demasiado --aquí con frecuencia-- en el aspecto racional de la vida como motor del cambio, racionalidad que engendra, por ejemplo, declaraciones universales de derechos humanos, que hace posible el auge del criterio científico en la valoración de los hechos, que impone el imperio de la ley en las relaciones entre los hombres...
Pero ¿cómo no ver en una supuesta “historia de las mentalidades” que el centro de las preocupaciones se desplaza del interés social al interés por el hombre? ¿Cómo no advertir la lenta evolución que va de la persona considerada como “miembro del grupo” a la persona “individuo”?
Un ejemplo de este desplazamiento --en una visión amplia que va de la Edad Media a nuestros días-- se da en el nuevo concepto de familia, en la forma de constituirse y nacer una nueva familia: durante siglos dependió del contrato que realizaran los padres para pasar luego a ser fruto de la libre elección de la pareja (recuérdese cómo la literatura se ha hecho eco de este cambio de mentalidad en obras como La tragicomedia de Calixto y Melibea, Los amantes de Teruel, Romedo y Julieta, etc.)
Ya en nuestros días, el paso trascendental que va de la estabilidad e indisolubilidad consagrada por un sacramento al vínculo amoroso dependiente de la atracción física y sentimental con la vista puesta en un proyecto común, sean los hijos, sea la creación de riqueza común.
Los hijos ya no son “fruto del deber” ( de especie, imperativo social, sexualidad finalista) sino “fruto del amor” (unión sentimental).
Puede parecer que la nueva familia está en crisis y posiblemente lo esté, que los divorcios crecen de forma imparable, que no hay estructura familiar, que los niños crecen en un mar de rivalidades conyugales, que se defienden relaciones familiares y adopciones por parejas del mismo sexo...: visión falsa y, desde luego interesada.
La inmensa mayoría de las familias viven del afecto mutuo y crecen por la mutua comprensión y ayuda. Viven en el proyecto común.
El amor mutuo y el proyecto compartido, al menos durante los años más importantes de la vida del niño, son el sustrato sentimental en que crece el niño, origen en él de otra forma de entender la sociedad, que valora la vida con mayor profundidad que en siglos pasados.