Cavilaciones sobre vivencias místicas o psiquiátricas.

Santa Teresa, con sus quinientos años, hace ronda cultural en estos días tanto por los meandros turísticos como por los cultivados encuentros espirituales de aquellos que ahondan en las profundidades de la fe. La imitación no procede: son otros los tiempos y otras las inquietudes. Pero siempre estará ahí la meta suspirada: la unión con Dios, cuya expresión es la mística.
Mas… si una monja, hoy, manifestara con su conducta, sus palabras y sus escritos aquello que en los siglos místicos sus correligionarios hacían y decían, con toda seguridad sería “desviada” a la consulta psiquiátrica. La mística parece no tener cabida entre los cánones de la vivencia actual de la fe, por más consagrada y elevada que ésta sea. La mística ha desaparecido de nuestros horizontes actuales. Fenómeno temporal. Hoy los santos y santas lo son por su dedicación a los pobres (fenómeno temporal también, en rivalidad con las múltiples ONGs que tanto proliferan).
La lista de quienes han escrito sobre mística sería interminable, la mayor parte con un "san" antepuesto; otros acosados dentro del mismo clan jerárquico, que hasta la experiencia mística debía tener sus reglas. Pero, lo que decimos, la biografía de cada uno de ellos tiene un sello temporal con fecha de entrada y fecha de caducidad. Véase de la somera lista que sigue en qué siglo se encuadra cada uno.
Eckhart, Tauler, Molinos, Francisco de Osuna, Bernardo de Claraval, Buenaventura, Tomás de Aquino, Enrique Suso o Seuse, Pedro de Alcántara, Ruysbroek, Dionisio de Ryckel, Blosio, Juan Arndt, Juan de los Ángeles, Jiménez de Cisneros, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Vicente Ferrer, Luis de Granada, Francisco de Sales, Bartolomé de los Mártires, Francisco Posadas, Diego Álvarez de Paz, Juana Francisca Fremiot, Margarita María de Alacoque, Spener, Arnold, Teresita de Lisieux, Cura de Ars...
así hasta cerca de doscientos tratadistas, sin entrar demasiado en los heterodoxos e incluso protestantes como el admirable Jacob Böhme (1575-1624). Bibliotecas hay para quien quiera interesarse por alguno de ellos.
La mística, experiencia suprema de unión con Dios. Detengámonos en un aspecto que resulta ser común y recurrente en todos esos fenómenos: los que más alto han subido en la escala de tal vivencia o los tratadistas más insignes de la mística hablan de las famosas noche del espíritu, noche del sentido...
Si se nos permitiera aplicar el sentido común y hasta la razón sobre tales vivencias místicas (que lo son de personas como nosotros), no podríamos por menos de dudar de todas esas explicaciones esotéricas y hasta tratar de encontrar otras explicaciones más a ras de suelo y más cercanas a lo humano:
¿No será que la vivencia de esa "noche" tan abundante en los estadios místicos, se debe al normal agotamiento físico de una vida de privaciones, disciplinas, meditaciones y sacrificios sin cuento que, necesariamente, lleva a sufrir alucinaciones?
¿Y no puede tratarse, que es lo más probable, de la normal duda racional, "duda de fe", de una persona inteligente y cultivada que percibe la superchería que existe en toda esa vivencia de pacotilla?
Hoy no existe presión social sobre el que "duda, ve y decide", pero ¿podemos siquiera imaginar el drama de quien se ve empujado necesariamente a creer y mantener algo --por posición, situación, escritos, fama, obra realizada, etc.-- que columbra todo como pura superchería pero de la que él mismo ha escrito tan alta literatura? Es lo que sospecho de Tomás de Aquino cuando en sus últimos años menosprecia todo lo que ha escrito él mismo sobre Teología.
En referencia a la abundancia de "palabra" para decir siempre lo mismo, ¿no se puede colegir que es más bien un no decir nada real y verificable? De otro modo, la verborrea es la mejor forma de recubrir la nada.
El estado místico está tan sabrosamente descrito y hay tal profusión de doctrina que merecería la atención de la Psiquiatría para entender este arrobamiento mental como una patología histórica, temporal, e incluso histérica, posible de encontrar quizá con otros nombres, en algún nosocomio mental.
Lo dejo en el aire. Puede ser que no haya razón para suponer y dudar, que no afirmar, pero las preguntas anteriores no dejarían de ser hipótesis para entender mejor a las personas, que no fueron más ni menos que las que tratamos en nuestros días.
Porque ¿cómo sería el afán de tales personas en nuestros tiempos? ¿Y por qué hoy día no florecen tales pimpollos de la fe?