Disociación religión - vida.

Entre las palabras y los hechos, entre aquello que se lee en el recóndito de la creencia y el acontecer de cada día, entre la meditación de doctrina espiritual sublime, subida de condición, y el andar por la calle, ducharse, comer, coger el vehículo de transporte, charlar con los compañeros de trabajo, ir al supermercado... suele haber siempre un hiato letal, una disociación que pervierte una u otra opción y que escinde vida de actos de la vida.

Respecto a teorías (y la mayor parte de los conceptos religiosos lo son) que las gentes de a pie ni captan ni tienen sentido para ellas, hay una expresión popular, acertada para este tipo de situación: ¿Y eso cómo se come?

Un ejemplo copiado de un blog aledaño, frase relacionada con Pentecostés (próximo domingo): Jesús, con el envío del Espíritu de la verdad, completa la revelación y confirma con el testimonio divino que Dios está con nosotros para liberarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y para resucitarnos a la vida eterna. "¿Y eso con qué se come?". ¿Cómo lo traslado a mis amistades?

Habría que afirmar con rotundidad que las grandes palabras que no tengan que ver con las acciones más sencillas, no tienen valor alguno. Dígase lo mismo de cualquier filosofía. Si una filosofía de la vida no tiene concreción en el vivir diario, es un engendro de la mente.
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