Fátima.

(Me he largado por unos días de Madrid dejando programado este "riego huertano fatimita"... así no tendré que sufrir los tomatazos de quienes no admiten que se ponga en solfa la milagrería "casqueira" de Fátima, agarena ismaelita de sus amores)
Vaya "lo fuerte" al principio para que el resto sea menos mortificante: el submundo de Fátima no encierra otra cosa que negocio. Un negocio que muestra otro de esos asuntos donde chocan la razón, es decir, el sentido común, con la credulidad: las apariciones de Fátima. Dicen, los que lo dicen, que la Virgen se apareció a tres pastores portugueses. Dice el sentido común que allí no se apareció nada a nadie...
Si se buscan otras razones a lo que realmente vieron y oyeron esas criaturas, seguro que habrá otras menos extravagantes que suponer apariciones de espíritus como podrían ser el lavado de cerebro de una niña de seis años, las visiones terroríficas generadas por catequesis maquiavélicas, la imaginación desbordada de una de las niñas, el miedo a dar marcha atrás o los intereses creados.
Hoy, la credulidad sigue manteniendo ese engendro, ese esperpento anti natural que es Fátima, porque desbaratar el negocio allí montado supondría un cataclismo económico para la región.
Hasta los mismos sacerdotes "de su cuerda" han puesto en solfa lo que allí se generó, la bola de nieve que surgió en la alturas imaginativas de unos niños, acrecentada por esos intereses creados, y que hoy se mantiene enorme y grandiosa en el llano. ¿Cómo va a ser mentira si existe esa gran basílica dedicada a la Virgen? No puede ser, tiene que ser verdad todo lo que allí sucedió.
En el aprovechamiento de la materia venal, cualquier persona medianamente sensible percibe y descubre un exceso de miseria psicológica y superchería.
Hemos de preavisar, en descargo de cualquier fiel creyente reacio como yo a admitir estas visiones como celestiales, que la misma Iglesia no prescribe el creer que tales apariciones sean reales. No lo digo yo. Hace infinidad de años, el mismo cardenal Ratzinger lo dijo al comentar el III secreto de Fátima siendo presidente de la Congregación para la Fe. Y son muchos, dentro del clero, los que afirman lo mismo. Y que verían con buenos ojos que se desmontase todo este tinglado...
Creo que la Iglesia no necesitaría de estas manifestaciones folklórico/mágicas que más que bien lo que aportan es daño, desprestigio, vulgaridad y confundir religión con magia. Pero allá ella con los productos de su casquería, que para su fin bien le sirven de carnaza.
En otras palabras: si para unos estas apariciones son un "motivo" para afianzar su fe, ¿qué son para los otros? No vale quedarse indiferente porque si admiten que no son reales, habrá que decir que son ficciones.
Es entonces cuando se puede hablar de engaño criminal consentido por las autoridades, pregonado por todo el vocerío mediático y reafirmado por presencias vaticanas, años 1967, 1984, 1991. Criminal es consentir y favorecer artimañas embaucadoras que se lucran de quienes acuden “de buena fe” --y son varios millones al año-- y “confiados” --quizá como último recurso-- en las virtudes milagreras de esa madriguera de credulidades.
Las Memorias de Lucía, sustentadoras de tal estafa, no son sino un “delirio” de la mente, además de una traición a la inteligencia. Con el añadido de que, dicen, no las escribió ella, sino que fueron "interpretadas" por los amantes de la "pia fraus" de que hablamos aquí con frecuenica.
Pero no hay remedio. Los jerarcas no se atreven a dar marcha atrás. Y como no hay marcha atrás, sólo les resta seguir cebando el camelo.
Sólo (les) queda esperar un Lutero redivivo o el paso del tiempo o un nuevo terremoto de Lisboa que vayan haciendo desaparecer suave o súbitamente el embrollo en que se metieron.
Puede que incluso digan, como con la Sábana Santa, los "lignum crucis", el Santo Grial o ¡la espada de Nabucodonosor! que todo este tinglado no es sino una inmensa alegoría de la fe, que lo importante no son las "cosas" que son/se ven/se venden, sino lo que todo ello encierra. ¡Qué ternura!