Los que tienen el poder –a veces se reduce al machete o al fusil-- podrían bastarse a sí mismos.
Pues no. Si hay un credo pululando por el ambiente, se alían con él. Y, viceversa, lo mismo pasa con el credo: solo y sin asistencia terrena se siente vacilante y débil. Por eso presta sus energías al poder para participar, por ósmosis, del mismo poder.
De tal alianza han salido perjudicados los que quedaban al margen, los hombres, los pecheros, los siempre sojuzgados, los siervos de la vida, que han tenido que sostener a ambos.
Tal conjunción ha derivado en consecuencias trágicas las más de las veces para los simplemente hombres, que tenían o que hacerse fuertes o más piadosos, pero no "hombres".
Por otra parte, algunas veces no basta con “convertir” a los otros; les matan para salvarse a sí mismos o para no tener testigos de lo que no son y quisieran ser: todos igual que ellos, o nada.
Quieren salvarse de sus propios miedos y temores o de los miedos mutuos.
Todos los organismos revolucionarios del XX se pusieron de acuerdo para profundizar en la separación existente entre la masa de los militantes seducidos, y sumisos, y una pequeña élite que decide, en la sombra, todo por todos. Las “bases” no se enteran nunca de los debates a menudo fratricidas que agitan a los iniciados. Cuando llegan a enterarse,ya es demasiado tarde.