Una gota de filosofía sobre el "conocer a Dios".

El asunto medular respecto a la dogmática crédula estriba en si tal dogmática es una idea racional --que entienda, que justifique, que pueda asimilar la razón-- o es algo inabarcable para la razón (al que le repugne eso de "la razón", lea "sentido común").

La idea sobre Dios es histórica, diversa y siempre insuficiente. Esta afirmación, por otra parte perfectamente discutible, se puede tomar en doble sentido: en cuanto que es idea de los hombres o en cuanto que Dios es inabarcable.

Lo curioso es que para el mundo de la credulidad el segundo sentido sirve de justificación al primero.

No, Dios no es algo que esté “ahí fuera”, en un lugar elevado, con los hombres dando saltos por asirle pero que no se deja “aprehender”.

La idea de Dios es histórica únicamente en el primer sentido y de ahí la insustancialidad de la misma.

Dios es una idea que sirve durante más o menos tiempo y que se acomoda --¡ sus detentadores la han acomodado tantas veces!— a los tiempos cambiantes.

Por servir de muestra, a una dictadura le conviene una visión de Dios como caudillo, jefe, guía, supervisor, héroe... La aristocracia vería bien a un Dios sabio, omnisciente, previsor...


Independientemente de ambos "sentidos" con que Dios puede ser entendido, la multitud inabarcable de santos de Dios y miembros del cuerpo místico, sólo creen y conocen ¡porque se lo dicen!

Es el otro aspecto digno de tener en cuenta en la disyuntiva “creer” frente a “conocer”.

Obligan a creer aquello que otros enseñan, es decir, algo que otros “parece” que sí conocen, más que nada porque nadie enseña lo que no conoce.

Ciertos “prohombres” sí pueden conocer, sí pueden recibir los dictados de Dios y el resto de los mortales no.

Moisés contempló el rostro de Dios en el Sinaí; Pedro y Juan descubrieron a Dios en el monte Tabor... (No sabría decir si el prohombre Joseph, hoy B-16, también recibe revelaciones, por aquello de ser el más eximio representante de Dios en la Tierra).

Ahora bien, so pena de que los primeros citados sean personajes míticos --muchos de ellos lo son, como el epónimo Abraham--, ¿en qué eran o son superiores a nosotros? ¿Es porque así lo dicen quienes sí les creen?

Pues de nuevo vuelvo a decir que, de tejas abajo, nadie es más que nadie: hago así mío el sentimiento de valía castellana del Siglo de Oro español.
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