Las iras anticlericales (2/5) Los incendiarios.

Reflexiones relacionadas con la "conmemoración" del centenario de la Semana Trágica de Barcelona.
Para entender de alguna manera los hechos ocurridos en esa semana habría que adentrarse, cosa que no es tema de este blog, en el clima de agitación social por parte de las clases obreras que venía embargando a toda la sociedad europea durante todo el siglo XIX. A Barcelona llegaron antes que al resto de España los fervores obreristas reivindicativos de Europa y la ciudad sufrió con mucha frecuencia huelgas y algaradas callejeras.
Y unida a ellas, la furia anticlerical como elemento renuente. En 1835 ya hubo quema de conventos con víctimas mortales. El decenio 40-50 fue prolijo en asonadas, donde no faltaba la colocación de bombas. Los más destacados personajes que en todas esas algaradas aparecen estaban adscritos a organizaciones anarquistas.
También se sabe que hubo actos vandálicos provocados por elementos policiales para cargar el muerto a dichas organizaciones y poder detenerlos. Quizá la bomba lanzada en la procesión del Corpus del año 1896, que llevó a la detención de muchísimas personas, también de inocentes, tuviera un origen provocador. Los que sí se supieron en toda Europa fueron "los hechos de Montjuic", torturas y matanzas indiscriminadas y carentes de toda garantía jurídica que siguieron al lanzamiento de esa bomba.
Si el siglo XIX se caracterizó por la continua agitación laboral y social, el inicio de siglo no lo fue menos con Barcelona a la cabeza.
La huelga que preconizaban los dirigentes sindicales como protesta por la llamada de reservistas con destino a Africa, pretendían que fuera nacional y durante el mes de agosto. Las masas, incitadas por activistas revolucionarios, adelantaron los acontecimientos. De ahí que cobrara tintes destructivos extremistas.
Los obreros se hicieron dueños de las calles; hubo enfrentamientos con el ejército; se levantaron barricadas; se cortaron las comunicaciones con el Gobierno Central. Dimitió el gobernador cuando el restablecimiento del orden fue encargado al ejército. De hecho también porque era enemigo declarado del Capitán General de la Región.
Los ánimos se encresparon y las masas atacaron a la parte más débil, la Iglesia: en la tarde del lunes 26 ardió el Colegio de los HH Maristas. Ese mismo día y el siguiente se incendiaron varios edificios eclesiales y conventos, entre los más importantes el edificio de cuatro pisos de los Escolapios, la iglesia de Sant Pau del Campo y el convento de las Jerónimas.
A las monjas se las obligaba a salir con el pretexto de "liberarlas" de la esclavitud en que vivían sumidas. Asimismo se abrieron tumbas de los cementerios conventuales buscando signos de tortura en los cadáveres. Algunas momias fueron paseadas por la ciudad con música y chirigotas.
Curiosamente la burguesía catalana nada dijo ante esos desmanes. Unos se encerraban en sus casas, otros comtemplaban desde sus terrados las piras eclesiales. Quizá estaban de acuerdo o quizá pensaban que era mejor que ardieran las posesiones del clero en vez de sus empresas y fábricas.
Ante una masa tan numerosa, el ejército, que se desplegó con casi estudiada lentitud, poco pudo hacer. Y menos los bomberos, desbordados por tal cantidad de incendios. Parecía que la rabia del pueblo se hubiera desbordado.