La naturaleza no lleva a Dios.

Quizá podríamos sustituir el título por este otro: "Ya hay suficiente con la Naturaleza". ¿Para qué necesitan el hombre cantar las maravillas de Dios, ensalzar sus virtudes, regodearse en sus atributos, si tiene suficiente con la Naturaleza? ¿Para qué trascender las maravillas que percibe o descubre si "eso otro" es una mera suposición que nada explica por inconsistencia real?
Cuanto más descubre y profundiza el hombre en los misterios de la Naturaleza, menos necesita perder el tiempo en alabar al Innombrable, al Desconocido, al Inmaterial... Cualquier libro de divulgación científica o naturalista nos sumerge en los sublimes misterios encerrados en ella.
Lo mismo pueden ser las alas de las mariposas que las órbitas y composición de Fobos y Deimos, la estructura cristalográfica del sílice que la tundra siberiana, o que el aprendizaje de los delfines; y la misma admiración que sentimos por una simple hoja de arbusto vista al microscopio podemos sentir por la diversidad y multiplicidad de las formas lingüísticas; o conocer la complejidad de un ordenador; o el estudio los fósiles que aparecen en los estratos sedimentarios de cualquier gravera; incluso en el entramado organizativo de una ciudad, en el mapa genético de un vulgar mosca de verano o en el comportamiento de determinadas áreas cerebrales.
Porque no digamos nada si se sumerge en los misterios (otra palabra secuestrada por los credos) de la mente humana, tanto en su estructura física como funcional.
Dicen que "hay algo misterioso que emerge o flota por encima de la Naturaleza".
Sí, es un pensamiento que corroe no sólo a los científicos sino también a todas las personas con sensibilidad superior a la del resto de los mortales –sea estética, literaria, artística, imaginativa— es esa percepción especial que tienen y que “parecen” vislumbrar que en las cosas y en los acontecimientos se encierra algún misterio, algo inasequible a la inteligencia, algo que envuelve con su halo a las cosas:
[tras los fenómenos experimentales parece que]...se oculta algo inalcanzable a nuestro espíritu, la razón más profunda y la belleza más radical, que sólo nos es accesible de modo indirecto: ese conocimiento y esa emoción es la verdadera religiosidad, dice Einstein.
Puede impresionar que tales palabras salgan de boca de uno de los más grandes científicos de la historia, pero no debe concedérsele más crédito en este asunto que el que se le quiera dar “porque sí”, porque de nuevo nos encontraríamos con el “argumento de autoridad”.
En cuestiones de psicología –que no otra cosa es lo que afirma—no la tiene.
Pero, ¿es éste, quizá, el fundamento de la religión? ¿Es esto lo que mueve a unos, los fundadores, a “definir” a su manera los misterios y a otros, los fieles crédulos, a intentar ver lo que ellos ven, haciéndose sus prosélitos?
El asunto es peliagudo, porque aquí se encontraría el germen de toda religiosidad, la de los antiguos y la de los nuevos pensadores.
Esto es lo que perciben tales personas, llámese como se quiera, pero sería muy atrevido calificarlo como “sentimiento religioso”. ¿Por qué definir como "sentimiento religioso"
lo que es "sentimiento estético"?
Y menos que de ese “sentimiento” haya que deducir toda una serie de organizaciones cosificadas para encauzar la emotividad que produce el misterio.