La religión incrustada en lo humano o funciones de la religión.

Leo donde hablan de la función lógica, psicológica y social de la religión. Afirmación que pretende ser categórica, pero que queda suavizada cuando otros teólogos o doctrinarios de la fe introducen distingos.

Las funciones segunda y tercera son claras y hasta comprensibles, pero ante la primera ni la mente más obtusa puede soportar el atragantamiento.

Justifican la "función lógica" --o atropello lógico-- diciendo que “las evidentes contradicciones inherentes a las verdades religiosas ¡lo son para los hombres, pero no para Dios!”, añadiendo además, dicen, que Dios compensa con creces el portazgo de la sinrazón.

Entendemos por función lógica de la religión aquella que afecta a sus propios contenidos dogmáticos, a las verdades que la lógica humana puede aceptar como "razonables" o que "razonablemente" se pueden creer.

Lo mínimo que se podría contestar a esto es que despojar al hombre de su racionalidad es un precio excesivamente alto por migajas de satisfacción sensiblera y banquetes de felicidad incierta. La religión proporciona al hombre un banquete de un esqueleto, el propio. El resto lo proporciona ella.

Volviendo de nuevo a esas tres funciones que, dicen, tiene la religión. ¿No será esto una visión voluntarista de la misma? (el "quiero que las cosas sucedan y sean como yo pienso").

Si observamos la religión con cierta asepsia sociológica, esquematizando mucho vemos que cualquier religión organizada se sostiene sobre tres patas

--doctrina (el mensaje primero, el libro centón, las explicitaciones históricas, a fin de cuentas la teoría que ha degenerado en dogmas),

--culto (el sentimiento interno de religación a la divinidad y la sujeción a las normas morales derivadas)

--rito (la expresión formal e institucionalizada de la creencia).

Privarla de uno de los tres elementos o fundirlos todos en “algo” superior, es despojar al “sentimiento religioso” de “religión”.

De nuevo encontramos aquí un remedo de lo que es el ser humano en su "actuación" vital, la triple necesidad que tiene el hombre de alimento del conocimiento, de la sensibilidad mágica y de la actuación teatrera.

Vista la deriva de la religión organizada, algunos sienten la necesidad de renovarla y, con ella, renovarse. Ése es el sentir de muchos creyentes bienintencionados (otros más conspicuos lo único que pretenden es salvar los trastos... para salvarse ellos).

Los primeros bienintencionados renovadores buscaráin una religión que fuera --en palabras suyas-- pura aspiración al bien, una búsqueda de sentido que trascienda lo particular, una religión que es sentimiento de misterio o admiración del universo, compendio expresivo de buenas intenciones, elemento de fusión social...

No caen en la cuenta de que, con tales aspiraciones, Dios ya no sería un ser necesario, jamás podría ser un “algo personal”, “subsistente por sí mismo”. Dios sería, en el peor de los casos, un apéndice inútil provocador de “apendicitis” histórica.

Pero, con el añadido de que la consecuencia sería mortífera para las religiones organizadas: todo quedaría, queda en realidad, reducido a una actitud religiosa subjetiva del hombre, necesariamente sujeta al acontecer histórico personal o social, cerrada para quien tienda a buscar un sentido trascendente, un sentido que supere las miserias humanas, cuyos contenidos serían únicamente definiciones de dichas aspiraciones, provengan del individuo o del grupo –Psicología— y cuyo fin sería la plasmación de una comunidad global humanizada y preocupada por la superación del sufrimiento, base del quehacer sociológico o político.
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