Adios a los Confesionarios

El confesonario, como figura y expresión fundamental de la “confesio oris” –confesión oral- y de la penitencia en general, demanda urgentes, profundas y serias reflexiones. Aquí y ahora ponemos el acento en las siguientes, con reverencial respeto a quienes piensen de manera distinta.

. La confesión oral, con su confesonario como medio, único o preferente, para la práctica de la penitencia, no es dogma de fe y ni fue fórmula procedente de la doctrina y predicación de Cristo Jesús contenida en los evangelios. No dicen la verdad quienes les confieren a los confesonarios carácter dogmático dentro de la Iglesia.

. De la práctica desaparición de los confesonarios en algunos templos, o de su uso tan restringidos en los mismos, son responsables en muchos casos son responsables los propios sacerdotes que no pueden ya disponer de tiempo para atenderlos debidamente, así como por falta de personal consagrado. En situaciones cada vez más frecuentes, son los mismos fieles, convenientemente instruidos, quines llegaron a la conclusión de que la tradicional “confesio oris” no tenía por qué ser imprescindible para recomponer el camino de la amistad -reconciliación- con Dios, por mediación de Cristo Jesús, teniendo necesariamente que servirse de la intervención de los sacerdotes departida en los confesonarios. Por mucho que estos sean presentados con diseños nuevos y aún con el cambio de actitud y lenguaje de los confesores, su significación y sentido seguirá siendo idénticos a los actuales.

. Los confesonarios, y lo que ellos representan en el esquema de la Iglesia, no son dogmas de fe, sino que son incumbencia de la disciplina eclesiástica y de sus cánones. Por lo tanto, su hipotética desaparición o su uso restringido, y no obligado, por parte de los “pecadores”, debiera, y deberá ser sometido a “examen de conciencia” y a revisión, lo antes posible. Su importancia “conciliar” supera a la que puedan tener la consecución del celibato opcional para los sacerdotes o la negación a recibir los sacramentos por parte de los divorciados, con excepción de los que habían alcanzado tal situación de privilegio eclesial por el camino de la “anulación” sacramental mediante las correspondientes sentencias de los Tribunales Eclesiásticos.

. En la casi totalidad de las Iglesias y de las religiones los confesonarios no tienen ni lugar, ni razón de ser y los “pecadores” son y se sienten perdonados por Dios, poniéndose individual o colectivamente en comunicación con Él y manifestándole su sentimiento de dolor y propósito de enmienda. La decisión de perdurabilidad de los confesonarios en la disciplina de la Iglesia católica, dificulta, es decir, impide por ahora toda posibilidad de iniciación y desarrollo del ecumenismo, considerando el confesonario y su significado como causa y motivo de discrepancia insalvable.

. Con el inventario de tan buenos profesionales de la psicología en activo registrados en la actualidad, los confesonarios pueden llegar a causarle al penitente que acceden a ellos de orientación y de perdón, más perjuicios que beneficios, desde supuestos estrictamente antropológicos. Cuando la psicología no había alcanzado la categoría de ciencia, la labor de no pocos confesores resultó ciertamente positiva y provechosa para muchos.

. No obstante, ejemplarizar con el dato de que hubo santos y santas que se confesaban una o dos veces todos los días, es una candidez y una tontuna, dado que, si se hubiera tratado de una verdadera confesión, esta habría de incluir, entre otras cosas, el propósito de enmienda, que da la impresión de no encontrarse en su reiteración diaria.

. La disconformidad de algunos pastoralistas, teólogos, moralistas y miembros de la jerarquía eclesiástica con las anteriores reflexiones, es posible que responda a rutinas ancestrales o ya póstumas. Cualquier pregunta que se les formule a comulgantes, o no comulgantes, acerca del tiempo transcurrido desde su última confesión, habrá de llevar a muchos al convencimiento de que para la tranquilidad de conciencia y para la posibilidad de recibir la comunión, el no es tan necesario como se predica y como siguen enseñando los catecismos.

. Los templos –las iglesias- no son fundamentalmente otros tantos albergues para los confesonarios, tal y como así nos los presentan los pastoralistas. Las iglesias son, sobre todo, altar, y lugar sacrosanto, en el que la comunión se enseña y se vive como “ común unión” de verdad. Lo de “confesarse una vez al año o antes si se espera peligro de muerte” tiene muchas lecturas, legítimas la mayoría de ellas.
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