Dimensión bíblica de «LUMEN FIDEI» (1ª parte)

En el recorrido de este blog, después de fijarnos en el perfil bíblico del Papa Francisco o en el lema bíblico de la JMJ Rio 2013, vamos a dedicar este espacio a la dimensión bíblica de la Lumen Fidei, primera encíclica del Papa Francisco.

Algunas notas previas

1. Con este tipo de artículos queremos subrayar que la Biblia, que la animación bíblica, no son ajenas ni están reñidas con el magisterio, la doctrina, la teología o la liturgia.

2. Como consecuencia de lo anterior se desprende una de nuestras ideas centrales: la Biblia ha de iluminar de manera transversal toda la espiritualidad y misión de la Iglesia.

3. De hecho, la presencia explícita de la Palabra Bíblica la encontramos bien generosa en el Catecismo de la Iglesia Católica y en varias encíclicas papales.

4 .Es destacable, por encima de otros ejemplos, el esqueleto bíblico sobre el que se aguantan y sustentan las encíclicas “Veritatis Splendor” y “Evangelium Vitae”, ambas de Juan Pablo II.

5. Y todavía, antes de abordar la encíclica actual, hemos de recordar la la encíclica “Deus Caritas est” de Benedicto XVI, especialmente su primera parte.

Lumen Fidei

“Lumen Fidei” culmina la trilogía de las encíclicas dedicadas a las virtudes teologales. “Deus Caritas est” (2005) y “Spe salvi” (2007) fueron escritas por Benedicto XVI.
Pues bien, ya desde tiempo antes de su aparición, sabíamos por el mismo Papa Francisco que esta encíclica estaba escrita “a cuatro manos”. Es decir, que a lo ya escrito por Benedicto XVI, un primer redactado según nos dice la misma encíclica, el Papa Francisco ha añadido sus aportaciones. De una manera especial, se nota su mano en la introducción.

Dimensión bíblica

En la mencionada introducción el Papa Francisco nos ofrece las siguientes dos citas del Evangelio de Juan:

“Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas” (Jn 12,46).
“¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?” (Jn 11,40)

Se ha escrito mucho sobre cual de los cuatro evangelios contiene mayor contenido teológico o en cual aparece más el tema de la fe. En cambio, de lo que no parece haber discusión es que es el Evangelio de Juan el que, respecto de los sinópticos, contiene mayor simbolismo.
Pues bien, el Papa Francisco ha querido que el inmejorable simbolismo de la luz, contenido en el Evangelio de Juan, ilumine (nunca mejor dicho) al inicio de esta encíclica.
Así, el Papa nos habla en esta introducción bajo epígrafes como “La Luz de la Fe”, “¿Una luz ilusoria?” o “Una luz por descubrir”.

Hemos creído en el amor (cf. 1 Jn 4,16)

El primer capítulo de la encíclica hace un sencillo pero ilustrado recorrido por la Fe bíblica desde el patriarca Abraham al apóstol Pablo.

El Dios en el que creemos se revela a Abraham como un Dios que quiere comunicarse, relacionarse, rozarse con el hombre. Es, por tanto, un Dios personal, alejado de simples teorías y abstracciones, un Dios cercano, un Dios que habla, que dirige al hombre la Palabra.
Lo explica muy bien la encíclica en los siguientes dos fragmentos:

“Dios le dirige la Palabra, se revela como un Dios que habla y lo llama por su nombre. La fe está vinculada a la escucha. Abrahán no ve a Dios, pero oye su voz. De este modo la fe adquiere un carácter personal. Aquí Dios no se manifiesta como el Dios de un lugar, ni tampoco aparece vinculado a un tiempo sagrado determinado, sino como el Dios de una persona, el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, capaz de entrar en contacto con el hombre y establecer una alianza con él. La fe es la respuesta a una Palabra que interpela personalmente, a un Tú que nos llama por nuestro nombre”. (n. 8)

“Lo que se pide a Abrahán es que se fíe de esta Palabra. La fe entiende que la palabra, aparentemente efímera y pasajera, cuando es pronunciada por el Dios fiel, se convierte en lo más seguro e inquebrantable que pueda haber”. (n. 10)

Fe y fidelidad aparecen y aparecerán estrechamente unidas, de modo que cada vez que el hombre se aleja de la fidelidad a Dios y su Palabra deviene su religiosidad en algo bien diferente de la fe. Lo vamos a ver en el libro del Éxodo.

La fe de Israel

¿Qué se le pedía al pueblo de Israel en el desierto? Fidelidad a Dios que les había liberado de la esclavitud. Pero el pueblo traiciona la fidelidad a cambio de la búsqueda de falsas seguridades, de una inmediatez que fácilmente es efímera.
Fijémonos en cómo nos lo explica la encíclica en los siguientes dos fragmentos:

“Mientras Moisés habla con Dios en el Sinaí, el pueblo no soporta el misterio del rostro oculto de Dios, no aguanta el tiempo de espera. La fe, por su propia naturaleza, requiere renunciar a la posesión inmediata que parece ofrecer la visión, es una invitación a abrirse a la fuente de la luz, respetando el misterio propio de un Rostro, que quiere revelarse personalmente y en el momento oportuno”. (n. 13)

“En lugar de tener fe en Dios, se prefiere adorar al ídolo, cuyo rostro se puede mirar, cuyo origen es conocido, porque lo hemos hecho nosotros. Ante el ídolo, no hay riesgo de una llamada que haga salir de las propias seguridades, porque los ídolos « tienen boca y no hablan » (Sal 115,5). Vemos entonces que el ídolo es un pretexto para ponerse a sí mismo en el centro de la realidad, adorando la obra de las propias manos”. (n. 13)

¿A qué todo esto nos suena como que muy actual? Temas como el de la búsqueda de inmediatez, la adoración de ídolos, las falsas seguridades o el ponerse como centro, nos suenan actuales porque lo son, porque en nuestra historia de pueblo en marcha siguen siendo graves obstáculos contra la fe en el Dios que está dispuesto a liberarnos de nuestro propio egocentrismo.

(Continuará)

Quique Fernández
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