¿Nos engaña monseñor Munilla?Pues yo creo que un poco.

Puede dejar de leer quien espere un artículo crítico con el obispo de Palencia. Estoy convencido de que a esa diócesis le ha tocado la lotería con el nuevo obispo. Pero un poco nos engaña. Diré por que.

Leo en Alba lo que parece una de esas cartas diocesanas que escriben los obispos. O tal vez sea un artículo escrito para el semanario. Da lo mismo. Se titula Casados, ¡mucho mejor!. Y se refiere a la violencia contra las mujeres. Una lacra repugnante de la sociedad.

Con datos que toma del Consejo General del Poder Judicial llega el obispo a la conclusión de que a la mujer le trae mucha más cuenta estar casada que arrejuntada. Y sí, pero no.

No se alarmen los lectores que no voy a salir en defensa del arrejuntamiento. Sólo voy a hablar en contra del matrimonio. Del matrimonio a secas. Civil o eclesiástico.

Los datos que nos expone el obispo son contundentes.

El 35,6%de las órdenes judiciales de protección se dictaron contra el marido; el 30,2% contra el compañero; el 21,8% contra el excompañero y el 12,4% contra el exmarido.

No distingue el Consejo del Poder Judicial entre matrimonio canónico o civil. Para él tan marido es el uno como el otro.

Pues así visto parece que el matrimonio gana por poquito. El 52% de los agresores no son los maridos sino los compañeros. Pero por un 4% apenas valdría la pena discutir. El matrimonio apenas garantiza nada a las mujeres. No trae mucha cuenta.

Pero , hete aquí que resulta que el porcentaje entre matrimonios y parejas de hecho es de un 91% frente a un 9%. Lo que supone que la frecuencia de malos tratos es trece veces mayor -yo no he hecho números, supongo que estarán bien los del artículo- entre las parejas de hecho que entre el matrimonio. Eso ya es una cifra muy considerable. Y a favor del matrimonio. Vamos, qué si yo fuera mujer, preferiría sin duda, por propia seguridad, estar casada.

Supongo que de ahí vendrá lo del título. Lo del mucho mejor casados. Hasta aquí nada que objetar a monseñor Munilla. Pero son muchas las agresiones contra la mujer dentro del matrimonio o por el exmarido. Demasiadas. ¿Por qué? Pues porque ese matrimonio es sólo una apariencia. Si es civil carece de la gracia sacramental. Y sólo digo eso. Bien sé que existen matrimonios civiles que son modelo de amor.

Y una buena parte de los canónicos no son más que un acto social desprovisto de todo o de casi todo sentimiento religioso. Me gustaría conocer el porcentaje de agresiones a la mujer en un matrimonio canónico que vive cristianamente su existencia. Que comulga con frecuencia, que confiesa sus pecados. Que reza todos los días, con amor. Con amor a Él, a la esposa o al esposo, a los hijos... Que en sus bodas de plata matrimoniales siguen enamorados y en las de oro, si a ellas llegan, todavía más. Como va a agredir a su mujer si es carne de su carne, amor especialísimo de sus amores, la vida compartida, con todos sus goces y sus amarguras, el apoyo fiel, la madre de los hijos, la comprensión, el perdón, la confidente, la que todo lo da y sólo pide amor. Eso vivido en el amor a Dios y en el amor a ella hacen imposible la violencia. Se dará en un caso entre cien, o entre mil, porque la naturaleza es débil y el entendimiento a veces se nubla.

Puede ocurrir que alguna tara mental, por ejemplo los celos, alteren mínimamente el porcentaje. O que un día, el abuso de una bebida lleve a un incidente. Por otra parte fácil de perdonar porque ella sabe que eso va a ser irrepetible, que él está abochornado y, sobre todo, porque ella ama. Por supuesto que no me estoy refiriendo al alcoholismo habitual que es incompatible con la vida cristiana a la que me vengo refiriendo.

Pues ese es el pequeño engaño de monseñor Munilla. Que bien sé que no lo es y que piensa exactamente igual que yo. Si en ocasiones no le das al titular del artículo un poco de morbillo hay gente que no entra. Pude haber titulado esto: Vive cristianamente tu matrimonio. Y pocos entrarían en el sermoncete.
O, con la frase más absoluta, más impresionante, más enaltecedora del matrimonio que jamás haya podido pronunciarse. Ama a tu mujer como Cristo amó a su Iglesia. Así. Nada menos que así. ¿Qué
agresiones caben si amas de ese modo? O si intentas aproximarte a ese modo. Aunque te quedes a infinitas distancias.

Perdón, Don José Ignacio, por haberle utilizado. Por haber hecho trampilla con usted. Y casi ni se lo pido porque no me cabe la menor duda de que no se ha molestado nada. Que el Señor le bendiga.
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