Navidad: en La Habana y en Madrid

Los primeros años del 21000 celebré la Navidad en la Habana, donde la fiesta no tenia ninguna relevancia social aunque no se prohibía el culto en los templos, y vivíamos en austeridad económica. Este año celebro estas fiestas en Madrid, en el mero centro, junto a la Puerta del Sol y muy cerca del Corte Inglés donde hay de todo lo que se puede inventar. Es provocador el contraste entre las dos situaciones, y uno se pregunta cuál es mejor y si hay en el fondo algo común que sí debemos celebrar.

Navidad del año 2000 en La Habana. En la ciudad no había signos navideños de ningún tipo. Todo seguía funcionando como en los demás días sin anuncios publicitarios especiales en los medios de comunicación; y era regalo extraordinario una barra de turrón que había llegado desde fuera. Mientras la gente seguía caminando por las callas o esperando al autobús como era su costumbre, ya en el atardecer del 24 de diciembre me acerqué a la capilla de “Jesús Obrero”, situada en el “Fanguito”, un barrio muy pobre de La Habana donde me tocaba ejercer como capellán. Siempre me han atraído estos barrios socialmente abandonados pero habitados por personas sencillas y sinceras. A la capilla fueron llegando un grupo de mujeres, algunos hombres y bastantes niños. La celebración fue participada por todos, no sé si muy conforme o no con las normas canónicas, pero en todo caso muy festiva; incluso al final compartimos, entre algún villancico que las abuelas aún recordaban, algunas chucherías que pudimos conseguir. Cuando terminó la celebración y otra vez salí a la calle donde todo seguía como si nada pasara, sin belenes, luces encendidas ni escaparates, tuve la sensación de celebrar a Navidad muy a gusto, en sintonía con lo que debió ser el nacimiento de Jesús.

Navidad del año 2010 en el centro de Madrid. Este año como andamos en crisis, dicen que se nota en las compras. Pero desde hace semanas las calles céntricas están llenas de luces y hasta el Parque del Retiro se ve muy engalanado. Los comercios están en plena efervescencia, y hay tal cantidad de turrón, botellas y cosas buenas por los escaparates, que con verlas alimentan. Cuando era estudiante un buen profesor de psicología dijo que las cocineras engordaban por el olor. No sé si ese diagnóstico vale también para la vista. Que lo digan niños pobres que sólo pueden mirar a través de los cristales mazapanes, chocolates, turrones de destinta dureza y de varios colores. En todo caso, y aunque los templos se llenen sobre todo de personas mayores en la noche de Navidad, uno tiene la impresión de que los belenes y los reyes magos, el niño en la cuna, la Virgen y San José que han encontrado lugar visibl y privilegiado en las fachas de los grandes comercios, están fuera de lugar. En centros comerciales se pueden manejar los que tienen dinero, pero a los nuevos paraísos sólo de visita y bien vigilados por si acaso, tienen acceso algunos de los millones de pobres que siguen aumentando en esta sociedad llamada de bienestar. Como creyente cristiano, esta situación me resulta extraña e incómoda. Extraña porque choca de frente con el mensaje de Navidad: la buena noticia de que Dios ama a todos, fue dada primero a los pobres, los pastores. E incómoda por la utilización de lo religioso al servicio de una causa que se opone al significado que según la fe cristiana, tuvo y sigue teniendo el nacimiento de Jesús.

Sin embargo tanto la celebración de Navidad tal como la viví en La Habana y tal como percibo que se celebra en Madrid, hay algo común: el anhelo de felicidad y ternura. Un sentimiento que no apagan ni la estrechez económica de los pobres que ciertamente según el evangelio debemos erradicar, ni tampoco satisface un bienestar individualista e insensible a la situación de los indigentes que nada tiene que ver con el de Jesucristo. Mientras me dispongo a celebrar con alegría esa encarnación de Dios que permanece para siempre como luz en nuestro mundo, me vienen a la memoria unos versos de Pablo Neruda -no los recuerdo literalmente ahora- donde viene a decir: “si ponemos en una balanza los sufrimientos y los momentos de felicidad en la vida humana, pesan más los sufrimientos; pero creo que nos espera una época de gran ternura”. Quizás, muchas veces sin saberlo y siempre a tiendas, todos estemos animados por ese porvenir de felicidad y ternura fraterna que es nuestro destino. Ese anhelo profundo puede ser la débil tierra donde cale y dé fruto la celebración de la Navidad.


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