Aceptar lo extraordinario

Sin embargo la vida cristiana debería ser para todos como una escuela de apertura, como un modo de mantenernos abiertos para aceptar la presencia de la gracia de Dios que actúa en cada persona, y en cada acontecimiento de la vida. Mantenerse en la humildad, en la capacidad de maravillarse por el actuar de Dios es un actitud que conlleva una cierta parte de ascesis, de huida de todo egoísmo y orgullo.
Los orgullosos, aquellos que viven centrados en ellos mismos, no pueden reconocer el camino que Dios hace en ellos mismos ni en los demás. Crece en ellos como una actitud de desconfianza que se opone a la fe.
La fe comporta estar dispuesto a ver algo más lejos que la realidad sola, como Abraham que desde la fe pudo ver su descendencia más grande que los granos de arena de la playa o del desierto. La fe ha de mantenernos en la capacidad de no querer verlo todo desde la razón, desde lo que nuestra pequeña inteligencia puede ver o saber, la gracia de Dios actúa y hace maravillas, muchas veces donde y cuando menos esperamos.
Dios obra maravillas, y los humildes quienes mantienen la capacidad de reconocerlo y alegrarse por ello, y saben confiar, porque tienen la esperanza puesta no en su hacer, sino en el hacer de Dios y así la vida les llenará de gozo.Texto: Hna. Carmen Solé.