Mentir

mentiroso
Actualmente es muy habitual mentir. Lo malo del caso es que los niños ven con frecuencia que sus padres mienten y de este modo estos no tienen autoridad moral sobre sus hijos. ¿Cómo les van a decir que hay que decir la verdad cuando ellos no la dicen? Si se llega tarde al trabajo o a una cita se pone la excusa del tránsito, del metro,… en vez de decir que se ha dormido. Si se le presenta una cuenta con un error a su favor se calla y se dice para sus adentros “que bien se han equivocado, buen negocio para mí”, y así sucesivamente.

Lo grave del caso es que se empieza por mentirijillas y se acaba con atroces negaciones de la verdad que llegan a denigrar al prójimo o a perjudicarle gravemente con su falta de honradez. Con frecuencia al mentiroso la sociedad acaba por no creérselo aún si dice la verdad, ha sido tan habitual en él engañar que ya nadie lo cree.

En estos últimos tiempos vemos como entre los políticos la honestidad es algo que brilla por su ausencia y lo más triste es que se defienden diciendo que de lo que les están acusando no es cierto y luego resulta que sí lo era. ¡Vaya desfachatez! La política, algo tan noble que es servir al pueblo, se ha convertido en muchos casos en una cueva de ladrones, y ha servido para llenar a su propio bolsillo en detrimento de la ciudadanía. Si los políticos hubieran robado menos los países que van a la cola del bienestar, estarían mejor.

En la actualidad, como la moral para muchos ha pasado de moda se ha llegado a estos extremos. Si se tuviera más presente el octavo mandamiento de: “No dirás falsos testimonios ni mentirás”, andaríamos mejor. Porque “nada impuro entrará en ella (la ciudad santa), ni los que cometen abominación y mentira”, dice el Apocalipsis. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
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