Lo que nos hace más felices es practicar el bien. El dicho popular de “haz el bien y no mires a quien” es una gran verdad que vale para los creyentes y los que no creen. ¿A cuantas personas no ha sacado del sinsentido de la vida el ayudar a los demás?
Las obras de misericordia que aprendíamos antaño en el catecismo son una fuente de alegría para el que las practica, tanto las corporales:
• Visitar a los enfermos.
• Dar de comer al hambriento.
• Dar de beber al sediento.
• Vestir al desnudo.
• Hospedar al peregrino.
• Redimir al cautivo.
• Enterrar a los muertos.
Como de las espirituales:
• Enseñar al que no sabe.
• Dar buen consejo al que lo necesita.
• Corregir al que va errado.
• Perdonar las injurias.
• Consolar al triste.
• Sufrir con paciencia los defectos de nuestro prójimo.
• Orar por los vivos y los difuntos.
Creo que muchos de los que las ponen en práctica sin esperar en un más allá, cuando mueran se encontrarán con una grata sorpresa. Jesucristo sentado a la derecha del Padre les dirá: “Venid a mi benditos de mi Padre”. Sí, recibirán el premio que no esperaban porque sus obras eran obras de justicia y misericordia que es lo que Dios espera de los hombres. Ya lo dijo Jesús: “Sed misericordiosos como mi Padre es misericordioso”. Texto: Hna. María Nuria Gaza.