Ven i sígueme

Me fui a encontrar un sacerdote para que me disuadiera de que aquello que oía en mi interior era una aberración; la vida religiosa no estaba hecha para mí. ¡Pero vaya sorpresa! El buen sacerdote en vez de darme la respuesta que yo quería, me dijo que por lo que le acababa de contar, era una señal clara de vocación a la vida religiosa. Me fui a la iglesia a reflexionar y orar. Los rayos iluminaban el interior del recinto y los truenos hacían trepidar las cristaleras de los ventanales.
-¿Cómo vas a llamarme a mi Señor tan llena de defectos? Además vivir recluida en un convento, ¡qué aburrimiento! Tú sabes bien que me gusta pasármela bien, espero casarme y tener muchos hijos. Pero Jesús desde el sagrario insistía: -“Ven y sígueme, no tengas miedo”
Y como dice el profeta Jeremías, él fue más fuerte y le dije:
-¡Tú me has podido! Sí quiero, tú serás mi gozo, en ti encontraré la felicidad que busco.
Salí fuera, a la tormenta le siguió una gran bonanza. Estaba anocheciendo. El cielo aparecía nítido, los árboles con sus tiernas hojas engalanadas con las gotas de agua que todavía escurrían parecían diamantes. Todo estaba en paz. Texto: Hna. María Nuria Gaza.