Venga lo que venga
“…Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará…” (Mc 8, 34-35)

Al sentir la llamada del Señor, se nos invita a darle una respuesta, se establece un diálogo, entro en relación con el Dios que sale al encuentro, que se hace el encontradizo y que espera una adhesión total, sin reservas a Él. A la vez, se crea una responsabilidad ante lo que espera de cada uno, porque cada respuesta es individual y en esa llamada hay una vida personal a poner a su servicio, en una opción de vida concreta que comporta un camino de fidelidad.
Cuando celebramos algo importante en nuestra vida que es motivo de alegría, sin duda que hay ciertas cuestiones que no se abordan, es tal lo que vives con gozo que todo viene sobre ruedas y sin embargo es a la hora de la verdad, en aquellos momentos de menos luz, donde asoman dificultades, a veces, pequeñas dificultades, que fácilmente hacen olvidar o dejan en un segundo plano el gran gozo de los compromisos adquiridos. Es ahí, donde se pone a prueba el verdadero seguimiento, la exigencia de la fidelidad, donde está Dios sonriendo, esperando la verdadera entrega, si está enraizada en Él… ¿te olvidaste de tomar la cruz?...
Nos pide lo que somos y eso significa todo, quiere que nos creamos que Él es nuestra única seguridad en todas las circunstancias de la vida y seguirle es acoger desde la propia realidad venga lo que venga…pero siempre perdiendo la vida por Él. Texto: Hna. Ana Isabel Pérez.