La moral del corazón

El autor alemán comenta que a la fuente de las acciones y de los actos entra en juego el corazón. En primer lugar, considera el corazón en el Antiguo Testamento que subraya incansablemente que Dios no mira tanto las acciones exteriores como el corazón, los verdaderos sentimientos de amor, obediencia y penitencia.
Dios se queja del “duro corazón” de los israelitas. La cumbre de las grandes promesas mesiánicas es que Dios purificará su pueblo de sus pecados, le dará un “corazón nuevo” (Je. 31,33; 32,40; Is. 51.7; Ez. 36,26).
En continuidad con la doctrina del A. T. y en oposición con el legalismo agudo de los fariseos Cristo subraya fuertemente la importancia del “corazón”, especialmente en el sermón de la montaña (Mat. 5 ss.). No son únicamente las acciones que ofenden a Dios sino los pensamientos, los deseos interiores. “Dichosos los corazones puros”. El corazón es la sede de las disposiciones espirituales, ante todo del amor. El corazón tiene que ser puro es decir no tiene que estar lleno ni manchado por un falso amor, tentaciones malas. Si el corazón es puro se orienta espontáneamente hacia lo que verdaderamente puede colmarlo. Mientras los fariseos condenan severamente las faltas exteriores a las tradiciones humanas sin importancia, el Señor estigmatiza el corazón malo, las tendencias malas de donde mana como de una fuente mala todo el mal. Sin esta tendencia interior buena toda acción, el sacrificio mismo y la oración, quedan sin valor ante Dios.
Prosigue luego Häring con el Nuevo Testamento. Citando a San Pablo: “Como Esteban, Pablo reclama en lugar de la circuncisión exterior un corazón circuncidado, un sentimiento profundo de penitencia y conversión. ‘Buena conciencia y corazón’ puro son para él como dos aspectos de una misma realidad (1 Tim 1,5). Lo esencial del seguimiento de Cristo es de ‘aprender sus sentimientos’ (Fil. 2,5). Este corazón nuevo, estas tendencias nuevas, no son solamente el ejemplo de Cristo que las fundamenta y nutre, más aún es el mismo Cristo que permanece en nosotros (Ro. 8,10; Efe. 4,17-24). “Cristo en nosotros”, he ahí el verdadero fundamento de nuestros nuevos sentimientos. La gracia de Cristo nos renueva y por ahí mismo provoca nuestra libertad a la renovación. Porque nuestro ser se ha ‘revestido de Cristo’ (Gal. 3,27).
En fin, el evangelio de San Juan y sus epístolas nos plantean la idea esencial de que estamos en la caridad y que debemos velar para permanecer en la caridad (Jn. 15,9; I Jn. 2,17; 4,16), a enraizarnos siempre más en el amor que nos ha sido dado”.
Después de citar los Padres de la Iglesia y los teólogos antiguos hasta llegar al siglo XX, concluye “que no basta reglar los actos. Hay que cultivar el corazón, educar los sentimientos. Una moral del sentimiento requiere en pedagogía que no tienda sólo a la práctica de la obediencia sino que se busque despertar el sentimiento, el sentido del gusto de la obediencia, éste debe nutrirse de una consideración amante del buen orden y de su importancia.
Lo que significa en general una auténtica moral de los sentimientos puede resumirse en esto: Que el amor es el gran mandamiento, el centro, el corazón religioso y moral de todo bien. El sentimiento de amor, el deudor vital de nuestro ser por amor de Dios, he aquí el principio más intimo de toda tendencia, decisión y buenas acciones.
Sentimiento y Ley no están en oposición. Sin la rectitud del corazón, el cumplimiento de la Ley está moralmente desprovisto de valor. Es preciso que un sentimiento de amor anime la obediencia legal. El corazón puro torna el ojo claro y el oído atento a la voluntad de Dios”.
En una palabra la moral del corazón poco tiene que ver con la casuística tan baja de techo.Texto: Hna. María Nuria Gaza.