La muerte

Cuando un nuevo ser ve la luz del día no sabemos qué va a ser de él, pero hay algo que tiene asegurado: la muerte. En la naturaleza todo tiene su fin más cercano o lejano.
Esto podría llevarnos al pesimismo, pero la existencia humana no es un fracaso cuando se le da un sentido. Jesús nos da ejemplo. Él vino para que tengamos vida pero para darnos vida tuvo que pasar por la muerte. Es aquello de la parábola del grano de trigo, que si no cae en tierra y se pudre no da fruto. Jesús al morir dio vida para todos.
A los hombres nos ocurre algo semejante, si guardamos egoístamente nuestra vida sin darla, ésta estará llena de sinsentido y al término de nuestro camino nos encontraremos con las manos vacías. Claro que ante el Señor no podremos presumir de superhéroes de ser los más guapos de los hombres, porque el bien realizado ha recibido su fuerza de Dios. Ya lo dijo Jesús, “sin mí no podéis hacer nada”, pero con Él todo lo podemos. Es lo que exclamaba San Pablo al fin de su carrera llena de fatigas, esperaba recibir la corona prometida, había sido un excelente colaborador de la obra de evangelización. Es que de la renuncia (muerte) a nosotros mismos, nace la vida para los demás.
Repasemos en nuestra propia existencia.¿Cuándo nos sentimos más satisfechos al acostarnos? ¿No es el día en que nos hemos entregado sin reserva a los otros? ¿No es cierto que estábamos muy cansados pero felices de haber ayudado a los demás, de haberlos aliviado en sus penas y tribulaciones?
Nuestra vida se irá deshilando, nuestras fuerzas disminuirán pero la alegría de haber vivido para los otros será grande, y al llegar la última lucha de esta vida, la serenidad y la confianza nos llenarán de paz. No será tremendo el encuentro con el que tiene las llaves del Reino.
“Nadie tiene un mayor amor que él que da su vida por los amigos” (Jn 15, 13).Texto: Hna. María Nuria Gaza.