Carta abierta a un gran periodista El "amor como sueño" de Bernardino M. Hernando

Fue uno de los grandes curas periodistas que hicieron la transición y el posconcilio

Se secularizó de hecho, sin papeleos, aunque seguía teniendo un gran corazón de sacerdote

Bernadino M Hernando

El periodista y sacerdote Bernardino M. Hernando falleció el pasado 7 de abril de un derrame cerebral. Como amigo y compañero de fatigas en los tiempos de “Vida Nueva” envío al vuelo de su silencioso paso por este mundo esta carta como homenaje y memoria.

Querido Bernardino:

Típico tuyo. Te has ido de puntillas, sin avisar, sin despedirte, en el anonimato que es lo que realmente te gustaba. Casi nadie se ha enterado de que fuiste uno de los curas periodistas importantes del posconcilio y la transición. Pero tú eras así, tímido, culto, lector empedernido, sonriente, poeta y un poco sarcástico y escéptico,  como mirando el mundo desde un palco y una asumida y radical libertad.

              Eras enormemente cordial y amistoso, pero cuando te acercabas te  retirabas un poco, te metías en la cueva de tus libros que nunca te cabían en casa. Aún recuerdo cómo me llamaste para entrar en la redacción de Vida Nueva, cuando te nombraron director. Con Joaquín Luis Ortega y Antonio Pelayo, a las órdenes de Martín Descalzo realizasteis la conversión de la revista de familiar a especializada., con ayuda de Mary G Santa Eulalia y María Luisa Bouvard. ¡Qué tiempos aquellos en los que escribíamos con la “tartamuda” y Paco Izquierdo, Juan Barberán o Juanmi ilustraban y confeccionaban sin las ventajas de la informática noticias que miraban con lupa en Presidencia del Gobierno. A veces nos costaba caro, sobre todo cuando la censura de Fraga mandaba secuestrar la revista por los artículos de Martín Prieto con el seudónimo de Segundo Arteche. La gente leía esa página como una de las escasas ventanas abiertas a la libertad durante el franquismo.

       Eras uno de esos curas ilustrados que brillaron en su provincia. Mansilla de las Mulas te vio nacer hace 84 años, y desde tu juventud te zambulliste en la cultura,  a los 17 empezaste a publicar y contar en los círculos literarios de León. No era de extrañar que desde el seminario los superiores te catapultaran a Comillas. “Yo sabía perfectamente lo que había que hacer allí para que en un determinado momento fueras un seguro candidato a obispo”-me dijiste una vez. Por ejemplo, compañero tuyo fue Antonio Dorado, el obispo también fallecido que ocupara las sedes de Cádiz y Málaga. Se te parecía un poco en la elegancia y excelente formación.

              Pero el mentidero leonés, tus clubs culturales, tus primeros escarceos en la poesía no eran suficientes. Te viniste a Madrid, hiciste periodismo y comenzaste una fulgurante carrera, que concluiría en Informaciones, cuando yo te sucedí en la dirección de Vida Nueva. Durante tu mandato impregnaste la revista de un fuerte sabor cultural, le rebajaste clericalismo e hiciste que se leyera fuera de los ambientes confesionales.

               No puedo olvidar el día que nos llegó un sobre anónimo con remite del Vaticano con los documentos que probaban que el Opus Dei estaba haciendo gestiones para convertirse en prelatura personal. Entonces nadie lo sabía. Preparamos la primicia, pero alguien soltó el soplo y los miembros de la Obra fueron a suplicar a los cardenales españoles que pararan el scoop. Decían que era una calumnia. Bernardino y la redacción decidió publicar aquel número con la portada alusiva y mutilado, sin el “pliego” que contaba la verdad sobre el cambio jurídico del Opus. Aunque el disparo les salió por la culata. El País”publicaba al día siguiente desde su corresponsal en Roma, Juan Arias, aquella verdad. Pasados los años me tocó a mí como director repetir la portada constatando que efectivamente el Opus se había transformado jurídicamente.

              Yo creo que aquello y el descubrimiento de algunas cloacas  te provocaron -en el fondo siempre has sido muy sensible- un fuerte desengaño de la Iglesia institucional,  que te movió a dejar el sacerdocio de facto, sin papeleo, sin pedir la secularización. Te dedicaste a Informaciones como vicedirector, y te volcaste entonces en lo que siempre  más te había  atraído: el mundo intelectual y docente, la biblioteca de las Asociación de la Prensa, un doctorado sobre el vocabulario periodístico, y sobre todo la enseñanza  de la asignatura Redacción en la facultad de Ciencias de la Información. Adorado por tus alumnos, en realidad ejerciste de este modo otra especie de servicio sacerdotal secularizado.

              Todavía escribías de Iglesia en 1976 en El País: “Toda esta etapa postconciliar ha supuesto un tremendo remojón de ideas y actitudes nuevas. Y más de una vez se han perdido los nervios tontamente. No es que las aguas deban volver a sus cauces (porque no hay que olvidar que las aguas hacen también cauces y resulta totalmente loco querer encuadernar el viento), sino que la Iglesia necesita un poco más de calma, de serenidad y de neto empuje evangélico. Sobran jueces de ortodoxia y de ortopraxis y faltan hermanos de amorosa lucha. Todo lo que en la Iglesia se haga fuera de la vertiente de la caridad, es papel mojado, aunque el moje huela a rosas”.

              ¡Qué razón tenías y qué vigentes aún son tus palabras!

              Siempre me pareciste un cura peculiar, un buscador empedernido y un gran solitario. Profesionalmente a mi entender eras más escritor que periodista. Pero como hombre, ¿quién eras en realidad? Bastante enigmático, incluso para los amigos, hay que bucearte en tu casi desconocida vertiente poética. Te preguntabas en tu libro Persecuciones (2001) ,  tercero de tus poemarios tras Crónica de una nostalgia, de 1976, y Paráfrasis, de 1981 : “¿Es la muerte la mar, / rotundo cementerio, / o es la vida total?”. Ahora podrás comprobarlo, querido Bernard, definitivamente, y salir de la duda de este vivir que sentías como naufragio: “Todo amor es un sueño, / es la figura expresa de la duda / y el sabor de un naufragio”. Mientras, amigo, nos queda el buen sabor a tu entrañable y sonriente autenticidad  y, sobre todo, tu sencillez, que sin duda brotaba de juveniles raíces evangélicas. Esa sencillez, hecha de granos de mostaza, como el título de tu mejor libro de sugerencias cristianas, te tendrá ahora sin duda en los brazos  del Padre.

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