Metanoia Cuaresmal y DSI (III) ACTUAR

Convivencia
Convivencia

"Para la Iglesia, el mensaje social del Evangelio no debe considerarse como una teoría, sino, por encima de todo, un fundamento y un estímulo para la acción" (CA 57).

 A los humanos nos es muy difícil vivir las exigencias de su propia humanidad, la vida familiar, el uso adecuado del dinero, las relaciones con los demás, con la naturaleza, etc. Afirmar lo contrario es ilusión y moralismo hipócrita.

Hace falta una nueva reformulación del pecado original, presente en las primeras páginas de la Biblia, que nos haga tomar conciencia del estado averiado del ser humano no solo para alcanzar la eternidad sino también para hacer una vida más justa en este mundo.

Actuar cristianamente en la sociedad no es solo denunciar el dolor de la injusticia, es hacer el Cristianismo. Es hacer comunidad, incorporando de verdad al otro, especialmente al pobre y excluido. Es construir puentes porque hemos recibido la argamasa, el kintsugi que une lo que estaba roto y separado, que vence el odio, la indiferencia, el resentimiento.

…cuando nos reunimos en su nombre, Él está. Cuando ayudamos al pobre, Él está. Cuando se nos persigue justamente o porque somos malinterpretados, Él está. Cuando “gastamos” nuestra vida por Reino,  es que Él está...aquí y ahora, asociado a nuestra vida peregrina y nuestros actos perfectibles…Estábamos perdidos y hemos sido encontrados.

ACTUAR:

 Es el tercer momento de la Doctrina social de la Iglesia. Es concretizar en una acción transformadora lo que se ha comprendido acerca de la realidad (ver) y lo que se ha descubierto del plan de Dios sobre ella (juzgar). Es el momento del obrar nuevo y del compromiso que nace de un corazón transformado por Cristo y con incidencia personal y en el medio eco-social. Pero hay que tener en cuenta un itinerario antropológico para este actuar, que nace de la percepción de quién es el que obra y en qué situación está para poder actuar.

 Pecador me concibió mi madre.

El obrar sigue al ser o como dice la frase bíblica: por sus frutos los conoceréis. De la abundancia del corazón habla la boca…y obran nuestras manos. Todo nace allí, en el corazón y es allí donde apunta el Cristianismo para transformarlo todo. Mucho más que una doctrina o reglamento moral o arenga voluntarista.

Es un engaño y un falso diagnóstico, no admitir el punto de partida de nuestra condición humana: “pecador me concibió mi madre” (Sal 50), y que nacimos con un “corazón duro, de piedra” (Ez 11). Porque “Es del corazón del hombre de donde nace toda clase de pecado” (Mc 7). De esto no podemos salir por nosotros mismos, ni como individuos ni como sociedad ni como institución eclesial. Por eso ha venido Cristo, “no para salvar a los justos sino a los pecadores”. (Mt 9)

  Cuando Jesús dice que es muy difícil que un rico entre en el Reino de los Cielos o expresa otras exigencias como la fidelidad matrimonial o las bienaventuranzas o perdonar 70 veces 7, etc.; “sus discípulos, siempre se asombran y dicen: ¿Quién, pues, podrá ser salvo? Y Jesús, les dice: Para los hombres esto es imposible; más para Dios todo es posible” (Mt 19). Al ser humano le es casi imposible vivir las exigencias de su propia humanidad, la vida familiar, el uso adecuado del dinero, las relaciones con los demás, con la naturaleza, etc. Afirmar lo contrario es moralismo hipócrita. Pero Dios lo hace posible, sin forzar nuestra libertad, en la obra de la Redención.

Dos concepciones que prescinden de esta situación original del ser humano

Pelagianismo y gnostiscismo han sido denunciados por el papa Francisco en la exhortación Gaudete et exultate como dos aberraciones actuales. Son dos tentaciones idolátricas del actuar: en el pelagianismo es la confianza omnímoda en la propia voluntad y en el gnosticismo es la reducción del cristianismo a una mera fórmula de conocimiento al alcance de unos pocos.

Yo tiemblo cuando alguien me dice que “confía en la humanidad” y me pregunto ¿en qué clase de humanidad?, ¿en la que está convencida en su soberbia invencible que todo lo puede sin esta perspectiva de su condición pecadora y su renuncia a la trascendencia? Y mientras tanto mantiene 20 guerras terribles en el mundo, hambrea a media humanidad, se insolidariza en una pandemia, etc.

La historia de la torre de Babel podría repetirse con medios tecnológicos que la hacen más peligrosa que la caída de un cometa en la tierra (La película “No miren para arriba” es una obra magistral que ironiza sobre este “paradigma tecnocrático” en funcionamiento. Si quieren entender por otros medios, el cap III de Laudato Si, véanla).

  El pelagianismo, combatido por San Agustín, rechaza la doctrina del pecado original, negando la Gracia, que es entendida por Pelagio como mera inspiración interior, pero que el hombre se realiza y se salva exclusivamente por su propio esfuerzo. Jesús sería un ejemplo, una inspiración. Cuántas veces vemos esa confianza ciega en la voluntad humana para superar todos los problemas y sin embargo el hombre sin Dios, empantana cada vez más la cultura con su hedonismo, consumismo, descarte y violencia. El hombre fabrica idolátricas ideologías voluntaristas que le prometen felicidad con emotivos alegatos sociales que disfrazan su verdadera incapacidad original.

 El gnosticismo es una doctrina en que los iniciados no se salvan por la fe en el perdón gracias al sacrificio de Cristo, sino que se salvan mediante la gnosis, o un conocimiento introspectivo de lo divino, que es un conocimiento superior a la fe. Ni Cristo ni su muerte y resurrección ni su Gracia transformadora, son el centro de la salvación del hombre sino ese autoconocimiento narcisista y exclusivo. Es el engaño del “tú puedes solo” …y el supermercado consumista te vende la fórmula para que seas feliz con toneladas de libros de autoayuda y meditación narcisista para que te evadas de la realidad, tranquilices la conciencia y sigas comprando.

Una falla en los orígenes

 Hace falta una nueva reformulación del pecado original más allá de la estereotipación infantil de la manzanita, que nos haga tomar conciencia del estado averiado del ser humano no solo para alcanzar la eternidad sino también para hacer una vida más justa en este mundo. 

 El mismo san Pablo, ya siendo cristiano, lo percibe "Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago... Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí" (Rom 7). Nadie, ni siquiera la iglesia en su dimensión humana escapa a esta situación estructural. La Gracia de Cristo asume esta naturaleza dañada, la cura y la eleva. Creer es estar convencido que su misericordia puede ir transformándome en un ser que ama de un modo nuevo y obra en consecuencia.

  Por sus frutos se conoce: no en vano un ser humano que ha alcanzado cotas inauditas de progreso tecnológico y un gobierno de tecnócratas transversales a todo poder, no puede hacer que el ser humano sea más humano y fraterno, que un tercio de la población viva descartada bajo el umbral de pobreza , que millones de personas en el occidente “civilizado y rico” opten cada día más por la ignorancia de los negacionismos, clamen por el “derecho” a no vivir y no dar vida, al “derecho” a vivir drogados en el entretenimiento, el consumismo, los psicotrópicos, al “derecho” a manipular la naturaleza de modo aberrante, buscando identidades enloquecidas, confundido en un mar de emociones sin rumbo, etc. Recordemos la intuición de Chesterton: “Quitad lo sobrenatural…y quedará lo que no es natural”.

Actuar en uno mismo

 Si el obrar sigue al ser, el primer campo de misión es uno mismo, que descubrimos a partir de la interacción con Jesús presente en los prójimos y la Historia. Actuar como colaboradores de Dios en nuestra permanente y humilde conversión. Alimentando la sed que define nuestro vector humano, teniendo una vida espiritual acorde al evangelio: “santidad significa vivir en unión con él y los misterios de su vida, es decir, contemplar dichos misterios hasta llegar a reproducirlos en nuestra propia existencia, en nuestras opciones y actitudes, de modo de asociarnos de una manera única y personal a su muerte y resurrección (GE 20).

Cuaresma es tomar conciencia que hace falta una nueva evangelización de mi vida, una nueva catequización, una formación seria y continua.

 Actuar es amar desde un corazón misericordeado, transformado por la gracia del perdón pascual. El amor de Jesús ilumina la finalidad de la justicia, que no es el triunfo de una idea sino de la reconciliación y la fraternidad entre seres humanos reales.

Actuar en esta sociedad

 Actuar es responder creativamente desde nuestra preocupación cristiana por el mundo, por sus problemas, estar al tanto de lo que pasa, analizar, reflexionar los acontecimientos como signos de los tiempos del Plan Salvífico de Dios. La abundante Doctrina Social de la Iglesia, elaborada desde la experiencia de la fe a lo largo de la historia, nos da los criterios de la dignidad humana, de la subsidiariedad o niveles de la responsabilidad social, la solidaridad en un mundo globalizado, la búsqueda del bien común y la destinación universal de los bienes, con la preferencia por los pobres y el ánimo de llegar a todas las periferias existenciales.

 No puedo llamarme cristiano si solo lo soy para algunas prácticas piadosas elaboradas para otra época, pero dejo que mi inteligencia sea colonizada por los medios de este mundo que responden a sus intereses, al modelo o "paradigma tecnocrático", como lo sintetiza Francisco. "Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no enteramente pensada, no fielmente vivida" nos advertía Juan Pablo II.

Actuar cristianamente en la sociedad no es solo quejarnos del dolor de la injusticia. Es hacer el Cristianismo. En continuidad con la Tradición viva de la Iglesia, la que es animada por el Espíritu del fuego de Dios. Es hacer comunidad, incorporando de verdad al otro, especialmente al pobre, al inmigrante y al excluido. Es construir puentes porque hemos recibido esa argamasa llamada “Gracia” y que une lo que estaba roto y separado por el odio, la indiferencia, el resentimiento…

  Tanto nos quejamos de la decadencia humana de la iglesia y nos perdemos en diagnósticos, mientras que olvidamos que cuando nos reunimos en su nombre, Él está. Cuando compartimos la vida con el pobre, Él está. Cuando se nos persigue justamente o porque somos malinterpretados, Él está. Cuando “gastamos” nuestra vida por El Reino de los Cielos y su justicia, es que Él está...aquí, ahora y Resucitado, asociado a nuestra vida peregrina y nuestros actos perfectibles.

"No amemos de palabra y con la boca, sino con obras y de verdad" (1 Jn 3, 18)

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