Te amo, Jesús, en cada uno de los sagrarios del mundo entero. Y sobre todo, en los más olvidados; en aquellos en que ni siquiera tu presencia es delatada por una lamparilla; en aquellos que permanecen cerrados la semana entera y solo se abren el domingo, cuando llega la hora de la Misa semanal.
Te amo, Jesús, en el Sagrario, por todas las veces que me olvidé de tu presencia y pasé junto a él sin elevar mi mente hacia Ti; te amo por las veces que no te amaron las almas del purgatorio. Sácalas a gozar ya de tu eternidad.
Te amo, Señor, por los que te ignoran; y también por tus almas consagradas que te olvidan y te sirven con rutina. Te amo, Jesús Sacramentado, por cuantos blasfeman, por los que profanan tu Sacramento; por los que te persiguen y abusan de tus hijos, y viven en un egoísmo feroz.
Te amo, Jesús Hostia divina, por cuantos se apartan de tu doctrina; por los malos sacerdotes mercenarios y sin fe; por los que te abandonan en el olvido después de haberte recibido; por los que inventan una moral civil de pura conveniencia humana.
Te amo, Dios Padre, con el mismo amor de tu Hijo, prisionero en el Sagrario; con el amor de la Virgen María y el de los grandes santos enamorados del Gran Sacramento.
Te amo, Jesús, por ser Dios y hombre, amor increado, misericordia infinita. Te amo porque te has quedado en la Eucaristía para alimentarnos y ser nuestra eterna compañía.
Te amo, Señor, y te pido que todos los hombres despierten de su letargo, te encuentren sacramentado, descubran en Ti su felicidad; se den cuenta de que Tú eres el Pan de vida que les lleva a la eternidad feliz; que Tú eres el gran Tesoro escondido: Tú, encerrado en la Eucaristía hasta el final de los siglos.