Comparando los obispos de hace unas décadas con los de ahora, encuentro una diferencia a favor de los actuales. Vemos en éstos un modo de ser distinto. Son más piadosos; menos pegados de su "dignidad", más sencillos. Por supuesto que al compás del paso de los años es necesario a todos luchar contra la hipocresía, el vicio de mayor tentación para un obispo que haya abandonado la lucha por la santidad. Ve necesario aparecer como santo, pero no lo es. Por eso necesita fingir; aparecer como un enamorado de Dios sin estarlo: pura hipocresía.
Hemos de ser santos de verdad. Por lo menos aspirar a ello con empeño e ilusión. Santificarme significa ser levantado constantemente al nivel sobrenatural. Participar de la Eucaristía con toda atención y todo afecto. Huir del apego a las cosas de este mundo: ascender en la carrera, ser hombre de prestigio, aparecer por encima de todos mis sacerdotes en cualidades y virtudes. Las apariencias son puros engaños, hipocresías. Hay que desecharlas como parásitos a mi episcopado. Vivir con Jesucristo: con el pensamiento y el deseo puestos en la gloria del Padre; complacernos en la majestad de Dios. Contemplar a la Santísima Trinidad: a los sacerdotes se nos hace más fácil a través de la celebración de la Eucaristía: allí el Hijo se nos sensibiliza en el santo sacrificio, y Él siempre está con el Padre y el Espíritu Santo.
Así perseveraremos en el Amor. Enfrascados del todo en lo divino; con fervor encendido, huirán de nosotros estos pensamientos vanos de propio honor y dignidad, subir en el escalafón, dominar y ser de prestigio nacional. Para Él todo prestigio, el honor y la gloria.
José María Lorenzo Amelibia
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