He vivido muchos años de las rentas en materia espiritual. Casi fue de un modo inconsciente, sin una ruptura. Me parecía que podía mantener el contacto con Dios sin necesidad de dedicar tiempo especifico a la oración. Y esa fue mi práctica.
Luego me di cuenta de que no se puede uno alimentar de bocadillos o chucherías. No podemos vivir la intimidad con Dios sin entregarle diariamente tiempos específicos de oración o meditación. Comencé por la lectura espiritual.
Todos los días entre media y una hora. De vez en cuando (el método benedictino) interrumpir la lectura para adorar o pedir algo a Dios, relacionado con el tema.
Poco a poco Dios te va conduciendo. Y te hace ver la importancia de la abnegación, los pequeños sacrificios. Y ¡a continuar por ese camino! Oración y mortificación es el único camino real de avance hacia Dios. De ahí sacamos amor al prójimo y todo género de virtudes.
Si descuidamos cualquiera de los dos carriles de la espiritualidad (contacto con Dios y sacrificio) ¿cómo vamos a ser medianamente felices en este mundo, cómo seremos cristianos de primera fila o sacerdotes?
Cuando éramos niños nos quejábamos de casi todo a nuestros padres. Poco a poco nos vamos dando cuenta que no es conveniente ser un quejica incorregible. Se hace la convivencia más dura. Desahogo, sí pero no a todas las horas. Por otra parte el amor propio nos hace ver las faltas del prójimo contra nosotros más graves que lo que en realidad son, y así el perdón resulta más difícil.
Aguantar los golpes con amor de Dios, fortalece la humildad, la paciencia, la mansedumbre y nos da sabiduría, generosidad y nobleza. Estoy convencido. Nos ayuda a comprender mejor al que sufre.
José María Lorenzo Amelibia
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