Cuando los asesinos comulgan

Me ha impresionado. El otro día en “El mundo”, en la sección “Crónica”, (16-1-11) venía un amplio reportaje sobre un antiguo dirigente de la ETA. Es una persona arrepentida de su pertenencia a la asociación terrorista. Su vida ha dado un amplio viraje, ha vuelto a la fe católica y desea ser testimonio de paz y no violencia.


Intenta llevar una vida normal, como un ciudadano más. El articulista J. F. Gonzalo Suárez nos va contando detalles de sus anteriores actividades y el proceso de conversión durante su estancia en la cárcel.

La verdad, al ver en primera página la fotografía de este hombre comulgando, se estremecen cuerpo y espíritu. Y es que en su haber se acumula la responsabilidad de doscientos asesinatos. Sí, está arrepentido; ha pedido perdón a las víctimas, aunque no indican el modo como lo ha hecho; hoy vive una nueva vida… pero yo sigo con ese estremecimiento.

¿Qué pensar de este y otros muchos casos de personas que comulgan hoy o han comulgado en tiempos pasados con tanta muerte a sus espaldas?

Me viene a la mente ahora el caso de Pinochet, y el de varios conocidos en mis años de infancia que habían sido verdaderos matarifes humanos, y los veíamos acercarse al Altar casi a diario. De uno de ellos recuerdo que juntaba las manos al ir a recibir a Jesús, como el acólito más piadoso. También entonces me estremecía. Nadie les decía nada. Todos suponíamos que estaban arrepentidos, pero… ahí quedaba su terrible pasado sangriento.

En los primeros siglos del cristianismo, quienes habían cometido estos gravísimos pecados, eran obligados a hacer penitencia pública durante uno o varios meses o años. Se cubrían la cabeza de ceniza, y después de todo esto, cuando la gente había experimentado su cambio de conducta, podían acceder al Sacramento.

Yo no sé qué dice el nuevo Código de D. C. sobre el particular, ni me interesa demasiado. Utilizo tan solo el sentido común. Me parece que, por muy arrepentido que esté un asesino público, si no aparece de una manera clara ante la sociedad y el pueblo de Dios su cambio de conducta y arrepentimiento, si no ha enviado cartas de petición de perdón a todas las familias de las víctimas, se impone que reciba el Santísimo Sacramento en total privacidad.

Es fácil decir que la culpa tiene el periodista que sacó las fotos. Pero creo que en nada se le puede inculpar. Tampoco excusa el hecho de que el cura que le da la comunión ni siquiera lo conoce. El problema sigue igual. ¿Qué pensarán las víctimas? ¿Qué pesamos el pueblo fiel ante esta especie “cinismo”?

Yo no soy quién para ordenar hacer nada a nadie, pero siguiendo mi sentido común pienso que los curas que intervienen en el proceso de conversión de un asesino, debieran exigirle que practique su religión en privado, al menos mientras no haya dado de una manera evidente y públicamente signos de un total arrepentimiento, y aun entonces que tampoco se exponga a la posibilidad fotos y reportajes. Hay capillas muy recoletas donde bajo ningún concepto puede entrar un fotógrafo; allí podía recibir a Jesús. Pero a una iglesia pública, no debiera acudir a recibir la Sagrada Eucaristía, a no ser después de mucho tiempo, y después de haberse dado suficiente satisfacción ante el pueblo de su arrepentimiento y conversión. Me parece evidente simplemente con un raciocinio humano y de fe.


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