Nos sentimos sacerdotes y religiosos

Pasan los años, pero nuestro corazón sacerdotal no decae: hasta la muerte, porque no hemos echado atrás la mirada. Quienes nos ordenamos sacerdotes, seguimos siéndolo, porque nunca se podrá borrar de nuestra alma el carácter sacerdotal. Si pudieran raer de nosotros esta señal indeleble, lo harían. Para que no nos sintiéramos sacerdotes, nos dispensaron del celibato "y demás obligaciones sacerdotales". Y yo me pregunto: ¿pero es que se puede dispensar a uno de sus obligaciones de cristiano, de casado, de confirmado…? Lo lógico es que, en aquel rescripto de "dispensa por gracia", hubieran expresado que no pertenecíamos al cuerpo clerical. ¡Nada más! Porque el sacerdocio sigue y seguirá en nuestras almas. Y hay una exigencia radical, teológica e incluso – según muchos – ontológica, que reclama el ejercicio ministerial entre nosotros. Sé que los jerarcas obran con conciencia tranquila. Pero ahí está la exigencia radical.


Los religiosos no sacerdotes, tanto monjas como hermanos, tampoco han renunciado a su entrega generosa al Señor y lo siguen viviendo con entusiasmo y amor. Conozco a muchas personas que siguen, antiguos frailes o monjas, entregados del todo a Dios y a las almas, y si se han casado, a su familia. Porque muchos salieron del claustro porque deseaban casarse. Otros, porque no podían aguantar el ambiente de presión o de intolerancia. Incluso conocemos casos de auténtico mobbing dentro del convento. Y han salido sin rencillas, sin odios, con paz. Y son ejemplo y testimonio cristiano.



José María Lorenzo Amelibia
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