Reflexiones a propósito de Amoris Laetitia

1.0 Para comenzar

El 19 de Marzo recién pasado, el Papa Francisco promulgó la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia (La alegría del amor) con la cual se corona el trabajo del Sínodo de Obispos (2014-2016) sobre los desafíos que el mundo y la época actual le imponen a la realidad familiar. Es un documento extenso, aunque su cantidad de páginas ha preocupado a algunos que han sostenido que el Papa podría decir todo en menos palabras. Amoris Laetitia se estructura en nueve capítulos divididos en temáticas bíblicas, magisteriales, referencias al sacramento del matrimonio, pero sobre todo con la mirada puesta en los desafíos que la Iglesia recibe actualmente de la institución familiar. En esta sencilla reflexión no pretendemos realizar una interpretación acabada del documento, sino que presentar algunas ideas referidas al tema de la alegría del amor y al discernimiento como experiencia eclesial frente a algunos desafíos pastorales que Francisco introduce en el documento y que deberán ser asumidos por las comunidades cristianas.

2.0 Un amor que no es gaudium sino que es laetitia

Dicen que el título es siempre la cara visible de un texto, que con el sólo hecho de leerlo ya nos podemos armar una imagen de lo que podremos encontrar en el desarrollo posterior. En latín hay dos palabras para expresar el concepto de alegría o de gozo, una de ellos es gaudate, del cual deriva gaudium. Si uno revisa los textos de la liturgia, existe un domingo llamado gaudate, a saber, el tercer domingo de Adviento. Se utiliza este concepto para expresa que el Nacimiento de Jesús está próximo. Se enfatiza en la alegría que inundó al mundo, simbolizado en el uso del color rosado en los ornamentos del ministro y no del tradicional morado. Pero junto con el gaudate encontramos el laetere. También se usa en un domingo del año litúrgico, específicamente el cuarto de Cuaresma. Representa un descanso en este tiempo penitencial y tiene como objetivo el anunciar a la Iglesia que la Resurrección del Señor es promesa verdadera. Esta alegría cuaresmal tendrá su cenit en la celebración de la Noche Santa de la Pascua a la vez que se prolonga durante los cincuenta días que suceden al Domingo de Resurrección. Por ende, laetare y laetitia constituyen una alegría pascual. No es cualquier alegría, sino que es la alegría de la vida que vence a la muerte y a sus ídolos. Es la alegría comunicada por el Señor Resucitado y por medio de la cual nos invita a resucitar y vivir plenamente con Él. El amor tiene una estructura pascual, de paso de la muerte y el temor a la vida plenificada del Resucitado.

En sintonía de lo anterior es que Francisco comienza la Exhortación diciendo que “la alegría del amor que se vive en las familias es también el júbilo de la Iglesia” (AL 1). Junto con ello, el Papa reconoce que el camino sinodal ha involucrado elementos de belleza, de luz, de paz y gozo. Además reconoce cómo la familia es fermento de esperanza en que la vida posee la última palabra en vistas a la transformación operada por el Cristo Resucitado. La Iglesia, consciente de su misión de anuncio del Evangelio, quiere volverse a las familias y vivir con ellas un tiempo jubilar, una Pascua que se prolonga creativamente en medio de nuestra historia. Es por ello que Francisco afirma que “esta Exhortación adquiere un sentido especial en el contexto de este Año Jubilar de la Misericordia. En primer lugar, porque la entiendo como una propuesta para las familias cristianas, que las estimule a valorar los dones del matrimonio y de la familia, y a sostener un amor fuerte y lleno de valores como la generosidad, el compromiso, la fidelidad o la paciencia. En segundo lugar, porque procura alentar a todos para que sean signos de misericordia y cercanía allí donde la vida familiar no se realiza perfectamente o no se desarrolla con paz y gozo” (AL 5).

2.0 Discernimiento de las situaciones de dificultad y a la “apertura a la gracia”


Son estas situaciones en las que la vida familiar no se desarrolla en plenitud las que la Iglesia está llamada a discernir. Discernir, auscultar, es escuchar y no sólo oír, ya que evoca una actitud de toda la vida de poner atención en el paso de Dios incluso a través de esas situaciones que no cumplen los parámetros de una vida familiar o matrimonial que algunos califican como “normal”. Uno de los capítulos de la Exhortación, específicamente el octavo, lleva por título “Acompañar, discernir e integrar la fragilidad”. El llamado del Papa se realiza en primer lugar a los pastores, los cuales “por amor a la verdad están obligados a discernir bien las situaciones (…) por lo tanto, al mismo tiempo que la doctrina se expresa con claridad hay que evitar los juicios que no tomen en cuenta la complejidad de las diversas situaciones” (AL 79).

El tema del discernimiento es transversal a todo el documento y representa el giro de la Iglesia hacia la realidad más auténtica de la vida familiar y social. Aunque este movimiento positivo no es sólo del Papa, sino que es ante todo un trabajo comunitario, sinodal. Los pastores, los teólogos, los laicos, las familias, le han contado al Papa cómo se vive la familia hoy. Es por tanto el tiempo de la conversión pastoral hacia las nuevas situaciones familiares y sexuales. En la conversación eclesial han aparecido los rostros de los divorciados vueltos a casar, de los que conviven, de los homosexuales que se unen con sus parejas, de las nuevas formas de familia. Es el Espíritu Santo el que ha soplado desde la más profunda realidad y nos exige como Iglesia ser Madre de Misericordia que discierne a la luz de la Escritura y de la doctrina cristiana.

Francisco nos dice: “Durante mucho tiempo creímos que con sólo insistir en cuestiones doctrinales, bioéticas y morales, sin motivar la apertura a la gracia, ya sosteníamos suficientemente a las familias, consolidábamos el vínculo de los esposos y llenábamos de sentido sus vidas compartidas. Tenemos dificultad para presentar al matrimonio más como un camino dinámico de desarrollo y realización que como un peso a soportar toda la vida. También nos cuesta dejar espacio a la conciencia de los fieles, que muchas veces responden lo mejor posible al Evangelio en medio de sus límites y pueden desarrollar su propio discernimiento ante situaciones donde se rompen todos los esquemas. Estamos llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas” (AL 27).

Es llamativo esto de “la apertura a la gracia”, del “dejar espacio a los fieles”, de “desarrollar el discernimiento”. Francisco y el Sínodo están marcando la pauta de lo que debe ser un nuevo estilo de mirada hacia la familia. El horizonte interpretativo se ha vuelto a abrir. Dios continúa urgiéndonos a mirar más allá de nuestras propias seguridades y a comprender cómo el espacio (imagen tradicional de la familia) representa una dinámica que hemos de asumir. Dios también está salvando (apertura de la gracia), también está brindando su don en aquellos hermanos que viven en dificultades. Hacia allá y con ellos hemos de discernir cada situación. En el amor pascual anunciado por Francisco, reconocemos en definitiva el signo del Reino y su Misericordia que es acogida, acompañamiento y auténtica reconciliación.
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