Contrastes

No deja de sorprenderme este Perú que, cuanto más lo conozco, más me conmueve y más lo amo. Tras los días de reflexión teológica, mis vacaciones seguían con el encuentro nacional de la JEC, lo cual me llevó esta vez al asentamiento humano La Ensenada, distrito Fuente Piedra, una de esas invasiones que rodean Lima.

Invasión porque el barrio se originó hace treinta años con la llegada masiva de gente de provincias a los cerros de ese costado de la ciudad, en una práctica que hasta hoy es común: mediante los traficantes de terreno, o así, “a pelo”, familias enteras aparecen con sus bártulos y construyen viviendas precarias en medio del desierto costero limeño. Los cerros se abarrotan de casitas pardas que los pueblan como un tapiz de pobreza veteado por escaleras de colores. Algo tremendo.

Este asentamiento donde hemos celebrado el encuentro cuenta más de 100.000 habitantes y solo hace cinco años que tiene agua; lo cual es relativo, porque los cortes son cotidianos, y normalmente a partir de las 2 de la tarde ya no hay agua, hasta las 6 de la mañana. Me imagino cómo sería en la época en que tremendos camiones cisterna pasaban llenando los bidones que cada cual sacaba a la puerta de su casa… con el calor asfixiante que te hace sudar todo el día, pegajoso, la arena pegada al cuerpo… El tema del agua es un problema en todo Lima, pero claro, los pobres lo sufren el doble (como siempre).

Pero increíblemente en el barrio existe piscina, concretamente un complejo bien pituco de cuatro piscinas azulitas a 10 soles la entrada donde hasta te alquilan el traje de baño si no lo llevas. No hay agua pero sí hay piscina… Tal vez cortan el suministro para que se llene, jaja. El caso es que allí fuimos con los muchachos una tarde para aliviar la calorina. Nos divertimos sumergiéndonos en la paradoja que me pasma en cada esquina.

También hay pescado. Lo anuncia un parlante que empieza a machacar los oídos a las 5:30 de la mañana, sin piedad, me recuerda al almuédano de Zinder, en Níger, solo que acá en lugar de llamar a la oración a los musulmanes, se informa de los recorridos de los autobuses, se promociona una guardería (la única del asentamiento), se convocan reuniones de vecinos y se jalea la mercancía: “pescado cachama, pescado pampanito señora ama de casa… bueno, bonito y barato”. Jaja.

Varias veces a salimos a pasear por los alrededores. Las calles se alinean en una aparentemente ordenada improvisación. Bolsas de basura botadas adornan el pavimento o la arena, los olores agreden tanto como el sol implacable. No hay veredas (aceras), no se ve un árbol y sí todos los ladrillos de casas inconclusas pero con televisión dentro. Un equipo entrena a las 7, la gente sale por la noche cuando hay fresquito, los niños van vestidos con camisetas bamba de fútbol a 5 soles, el colegio tiene 2000 alumnos, hay por todos lados mujeres que venden comida al paso, los pollos con las patas tiesas, pero la desnutrición infantil pasa del 80%.

Lo de la JEC estuvo muy simpático, pero yo no podía dejar de mirar a mi alrededor, fascinado o quizá sobrecogido. Así es este Perú que voy descubriendo, cosido de contrastes: me choca, me desconcierta, me asombra… Y cada vez es más mío.

César L. Caro
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