Los Reyes en bañador

Como son magos, eligieron un día de calorón para hacer su maravillosa visita a los niños de la aldea infantil. Agarraron toalla, se pusieron protector solar y los citaron en la piscina de Parista, saliendo hacia Omia. A las dos de la tarde, con el recinto a tope, la gente flipaba ante semejante invasión de muchachos, o quizá al ver los pelos o el tatuaje del padrecito, o a Sus Majestades sin corona y con gorra. Jeje. Es que los de Santa Ana ya estaban acostumbrados.

La piscina no resistiría el mínimo control sanitario en otras latitudes: el agua está verde, el fondo tapizado de limo, o musgo, o verdín (raaai), los pelos son como sargazos y el trampolín está demasiado alto para lo que cubre. Pero los niños han disfrutado una barbaridad, se han reído, han jugado, se han salpicado, han buceado... Los más pequeños jamás habían visto una piscina, y Danilo se ha botado al agua detrás de otro niño y casi se ahoga, jaja. A Esperanza la he metido yo poco a poco, pero ¡cómo se abrazaba! Es awajún aunque más bien de secano.

Mamá, ya te puedes imaginar las tonterías que he hecho con los niños: ahogadillas, carreras, bucear a ver quién aguanta más, lanzarlos por los aires, agarrar de las piernas, cogerlos en hombros... en fin, todo mi repertorio acuático, ese que a ti lleva años aterrorizándote. Jaja. Los bañistas se habrán quedado a cuadros porque el caso es que todo el mundo me saludaba, "buenas tardes, padre".

A un cierto momento, los Monarcas decidieron que era hora de merendar, y allí aparecieron como por ensalmo unas gelatinas, unas galletas, unos sanwiches y unas inka-colas. Hubo que invitar a otros niños que estaban con sus papás, y a mí me encantó secretamente que los de la aldea por una vez sean envidiados y no compadecidos. Me sigue sorprendiendo que los bebés, empezando por Esperanza, se las apañan solitos para comer, ahí los tienes, toma ya.

Al rato pasamos a la parte de los regalos, no podía ser de otra manera. Fue delicioso asistir al nerviosismo de los niños esperando su juguete, es algo universal, una tierna tensión, algunas uñas de postre de la merienda, la ilusión dibujada en sus ojos, esa dulce impaciencia... Pensé en mis sobrinos, cuando nos levantan a todos a las 6 de la mañana para que vayamos ya a ver los reyes, pero no sentía pena, como si ellos pudiesen verme y estuvieran orgullosos de mí: "tito, haz que esos niños sean también felices como nosotros".



Los Reyes iban llamando por edades, los niños se acercaban y recibían su regalo y una bolsita con ropa. Hay quien corre y se adelanta cuando aún no le toca, quien ha visto los juguetes con antelación y pide "quiero esa muñeca", hay quien muy educado dice "gracias" y, por supuesto, hay quien se decepciona porque prefiere un tractor a este balón y llora... como en el mundo entero. Eso los Reyes lo saben, conocen al dedillo el mundo de los niños, llevan siglos dedicados a alimentar la fantasía, a ser cómplices de los sueños y a repartir generosas porciones de felicidad.

Pero el espectáculo no se paga con dinero: Shiara está como loca con su oso, Albeiro dispara la escopeta de flechas que a mí me encanta pero no me la quiere prestar, Jair con la pelota de la Eurocup, Diana y Nicole investigando las ropas de las barbies, Fernando con la excavadora... ¿Y Esperanza? Esperanza ha descubierto su vocación de frutera, empuja el carrito y me compromete, me tira una piña de plástico, quiere jugar conmigo, que yo le lance las manzanas y los plátanos de vuelta al carro. Se ríe como nunca antes y mi corazón se derrite.

Así ha empezado el 2016. ¡Ha sido una gozada! Solo por esto merece la pena vivir y haber llegado hasta aquí. Aunque parezca una barbaridad. ¡Gracias, Majestades!

César L. Caro
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