Iglesia, diálogo cristiano. Sobre la elección de los obispos

Diversas veces he planteado en este blog el tema de la elección de los obispos. Una vez más quiero hacerlo, aprovechando materiales anteriores, para responder a algunas preguntas que me han hecho algunos comentaristas de ayer.

Lo que digo es el principio de un camino, no la solución. Debe además completarse desde el principio y fundamento, que es la revelación de Dios en Cristo, la práctica de Jesús (bien estudiada) y la costumbre de las iglesias antiguas.


Muchas de las formas de elección, de poder vinculado a la misma “ordenación” y de organización de la Iglesia son tardías, no vienen del principio del evangelio, ni (quizá) responden a las necesidades actuales de la Iglesias en el mundo.

Pero sobre todo esto puede haber opiniones. Así dejo este “papel” a la consideración de los lectores. Buen comienzo de Mayo.

La Iglesia, estado general del amor...

La Iglesia es el lugar donde, en confianza y apertura a Dios, los hombres de este mundo intentan hacer suyo el cumplimiento del mensaje de Jesús: Amaos los unos a los otros... Frente a las posibles absolutizaciones jerárquicas, dogmáticas o sacramentales, la iglesia sabe que todo lo que tiene y lo que puede está al servicio del amor entre los creyentes, y entre todos los hombres.

Por eso ha de cambiar y convertirse cada día. Tan pronto como alguna mediación se haga absoluta ha de entonar la voz de alerta: nada vale la función social tomada por sí misma, ni sus viejas o sus nuevas estructuras; lo que importa es que se exprese y actualice entre los hombres el amor de Jesucristo...

Por eso, la iglesia se sitúa más allá de toda dictadura o democracia. En el fondo, ella termina siendo un anti–estado: no cree en los programas de este mundo, no acepta como definitivo y modélico ningún tipo de estructura social o de utopía.... Quiero recordarte que la iglesia de Jesús tiene que ser anti–política o, si prefieres, supra–política. Todas las formas de entender y organizar el mundo, por valiosas que puedan parecerte, quedan en un nivel muy superficial, allí donde funciona la justicia impositiva; la iglesia nos conduce a otro nivel más alto de donación y convivencia .

La Iglesia de la Palabra


Dios es Palabra (Jn 1, 1) y la iglesia es el lugar donde los creyentes hablan, compartiendo la palabra desde y por Jesús, en comunidad que integra los aspectos personales y sociales, organizativos y sacrales de la vida. Así puede entenderse como mediación humana del diálogo que brota de Jesús, en el Espíritu. Así decía que ella cumple básicamente tres funciones.

– Es institución de la Palabra. Nace del mensaje de Jesús y cumple su función en la medida en que lo anuncia y lo vive, abriendo un espacio de diálogo en que todos participan. Por eso, no hay cristianos de primera y de segunda, unos que dictan la verdad y otros que escuchan, no hay señores de la voz y esclavos silenciados, sino sólo personas: Hermanos y amigos, que acogen y comparten la Palabra de Jesús, como don de Dios, por el evangelio y por la pascua.

– Es institución del Amor hecho servicio, fraternidad de hermanos que se ayudan mutuamente, para acoger y ayudar de un modo especial a los más pobres. No hay en ella grados (perfectos y auditores, como en maniqueísmo), ni sacerdotes y laicos, como en las religiones paganas, ni clases sociales ni noblezas (consagrados sobre profanos, célibes sobre casados, clérigos frente a laicos....) como en Ancien régime, antes de la Revolución Francesa.

– Ella es finalmente institución festiva: Vive y se expande al celebrar la Pascua de Jesús, de un modo universal, como en el agua del bautismo o del pan y vino de la eucaristía No hay en ellas algunos que celebran y otros que se limitan a escuchar y acoger, no hay espirituales y carnales, santos y pecadores....Todos en la iglesia se descubren pecadores perdonados, hermanos en el mismo amor que les vincula a la experiencia de vida compartida y al gozo de la celebración de la pascua de Jesús, comulgando en fe el pan y el vino de la eucaristía y de la misma vida .

La Iglesia es una comunidad dialogal que ha de expresarse en su misma Institución, empezando por la llamada “jerarquía”, tal como fui descubriendo a lo largo de esos años. Ciertamente, ella no es una democracia en la acepción original de la palabra: No es poder en el sentido de kratos (demo–cracia), sino una asamblea de personas que se sienten llamadas por la voz de Dios en Jesucristo para expresar la gracia del perdón y para superar las estructuras de dominación del mundo. Por eso, su autoridad ha de tener un sentido gratificante, es decir, gratuito: Nace de la cruz de Jesús, brota de su pascua y se expresa en la comunión de todos los creyentes.


Por eso no se puede hablar en ella de nadie que controle desde arriba o desde fuera (o desde dentro) la vida del resto de los creyentes, ni de unos obispos que se puedan imponer sobre los fieles. Quiero dejar eso bien claro para que se entienda mi argumento. La autoridad de la iglesia (que se expresa en forma de palabra, servicio mutuo y celebración) no surge de abajo (no parte de la base) ni de arriba (no viene de la cúpula) ni tampoco de la suma de los creyentes, sino del amor gratuito de Dios que se expresa a través de Jesús, en forma de palabra y vida compartida.

Al servicio de esa vida compartida han ido naciendo ministerios que han cristalizado pronto (pero del tiempo fundacional del Nuevo Testamento) en un tiempo de órdenes sagrados. Es muy significativo el hecho de que esos ministerios no se encuentran fijados en la vida de Jesús, ni en las primeras comunidades, a lo largo de todo el siglo I d. C., sino que se han estabilizado mucho más tarde, a partir de la segunda mitad siglo II, cuando han surgido los presbíteros y obispos en la forma que después los hemos conocido. Ciertamente, esos ministerios son muy importantes, pero han de estar al servicio de la palabra de Jesús y de la vida de las comunidades, no por encima de ellas.

Dentro de esos ministerios han cobrado importancia los inspectores y ancianos o, para decirlo con palabra moderna, los obispos y presbíteros, que deber se escogidos por las mismas comunidades, no para colocarse por encima de ellas, sino para animar desde dentro su vida y mensaje. El Dios de Jesús “sirve” para hablar, es decir, para comunicarse, pues se revela como “Logos” (palabra). Pero de hecho muchos piensan que los obispos, realizando una función muy importante, no logran expresar lo que implica la palabra y comunión del evangelio.

En ese contexto resultaba significativo el nombramiento de obispos, elegidos desde arriba, partiendo de una especie de pirámide de poder Papa), que se extiende sobre el conjunto de la Iglesia católica. Ciertamente, podemos decir que ella es “comunión” (diciendo que la comunión es el centro de la Iglesia, tal como se expresa por la eucaristía). Pero de hecho el nombramiento y poder de los obispos presenta rasgos de de jerarquía y autoridad, de elevación de unos y sometimiento de otros.

Puedo recordar cientos de conversaciones cientos de conversaciones sobre el tema, desde hace muchos años. Unos me decían (y me dicen) que la Iglesia actual no tiene remedio, pues ella, en cuanto institución social, no es diferente de las otras, sino incluso peor, más anticuada, pues suele llevar (por lo menos desde el año 1000 d. C) dos o tres siglos de retraso. Otros añaden que la comunión de que hablo es una utopía irrealizable… Un día, hacia el 1994, me pidieron que expusiera en unas líneas mi propuesta sobre la comunión en la Iglesia y, en concreto, sobre la elección de obispos, en una conversación con agentes de pastoral, en Madrid. Conservo todavía el folio que expuse, decía así:


– Lo más importante es que haya iglesia, una comunidad responsable y gozosa de personas que comparten la palabra de Jesús, que se ayudan mutuamente y celebran el misterio de su pascua de Jesús, como germen de fraternidad universal, en forma de eucaristía. Por eso es normal que ellos, los cristianos, aprendan a dialogar y escojan a sus propios pastores sin injerencias de un poder externo (en este caso el Vaticano). Si no son capaces de hacerlo, no pueden llamarse en verdad iglesia. Serán una “misión”, dirigida y organizada desde fuera por enviados de otras comunidades, pero no son todavía iglesia: No podrían tener obispo propio.

En una sociedad civil como la española, llena disputas, la iglesia sólo será signo de reconciliación y utopía evangélica si ofrece un ejemplo más alto de diálogo interior. Si no puede ofrecer ese signo, si sus fieles se encuentran de tal forma divididos que resultan incapaces de escoger a sus pastores y de trazar sus línea pastorales… no son dignos de llamarse cristianos. Es evidente que ahora no lo hacen, en parte porque no asumen su propia responsabilidad y en parte porque se lo impide en método vigente (provisional, dictatorial) de nombramiento de pastores desde Roma, con consultas secretas que se prestan a sospechas y manipulaciones.

– Pero las iglesias no se encuentra aisladas. Por eso es normal que allí donde una comunidad nombra a su obispo participen, como testigos de la transparencia del gesto y como garantes de continuidad apostólica y la unidad eclesial, los obispos vecinos. Sin esta presencia y ratificación de los cristianos del entorno es difícil hablar de iglesias abiertas a la comunión universal de Jesús. Por otra parte, los obispos vecinos son los que imponen las manos o consagran al que ha sido nombrado, ofreciéndole así una tarea y una gracia que viene de Jesús, desde el principio de la iglesia.

Es posible que surjan a veces tensiones entre grupos cristianos de una diócesis y entre una diócesis y los obispos vecinos. Pero ellas deben arreglarse siempre hablando, en diálogo fundado en la verdad del evangelio que se expresa en el pan compartido, es decir, en la mesa común, como decía Pablo (cf. Gál 2, 5.14).

– Roma tiene su palabra, pero después, no al principio, y en comunión, no desde arriba. Es normal que cada diócesis comunique el nombramiento al obispo de Roma, que sigue actuando como pastor de la iglesia primada, pero no en gesto de sometimiento sino de comunión. Es evidente que el ministerio episcopal está fundado en Dios, brota de Cristo. Pero esa fundamentación no significa que el Papa nombre desde arriba a los obispos.

También los cristianos que eligen al obispo, dentro de la diócesis, actúan como portadores del Espíritu, es decir, como sucesores de la Iglesia apostólica, y no como simples ciudadanos de una democracia formal. En esa línea, los obispos consagrantes (de las diócesis vecinas) actúan también en nombre de de Jesús, invocando su Espíritu, y de esa forma introducen al nuevo pastor en la línea de la sucesión episcopal o apostólica y de la comunión universal o católica. Quizá pudiera decirse que cada comunidad elige a su obispo (casado o soltero, hombre o mujer), los obispos vecinos lo consagran y el papa le acepta en la comunión universal.

Ésta era ya entonces mi propuesta que sigo manteniendo, con ciertos matices. Sin duda, yo aceptaba (y acepto) de hecho a los obispos que había, pero pensaba que debían cambiar, volviendo, de un modo nuevo a lo que se hacía tradicionalmente en la iglesia, antes que triunfaran las imposiciones políticas y las luchas por el control de las diversas diócesis (a partir de la “reforma gregoriana” (Gregorio VII fue papa del 1073 al 1085 d. C.).

Algunos me han dicho que me he separado del conjunto de la iglesia, pero yo me he defendido siempre diciendo que la mayor parte de los teólogos que conozco pensaban y piensan en esto como yo. Es más, he podido decir que esa propuesta estaba en la línea de lo que pensaba Comunión y liberación, un movimiento católico muy vinculado a la tradición de fidelidad al Papa, que hablaba así de la elección y ordenación de los obispos:

Desde el principio hay dos actos esenciales: (1) La elección por parte del clero y del pueblo de la diócesis (electio); (2) su consagración por parte de otros obispos (ordinatio)... El principio electivo, que está presente desde el principio de la Iglesia, diferencia a los obispos cristianos de las élites sacerdotales del mundo antiguo, impidiendo que el episcopado se transforme en casta hereditaria... A pesar de ello en ninguna declaración reciente de la iglesia se ha tomado en consideración la oportunidad de hallar nuevas formas para superar la total exclusión de los fieles laicos en la elección de sus propios obispos, una realidad que ya Rosmini denunciaba como una de las cinco plagas del catolicismo moderno (cf. G. Valente: Treinta Días 89 (1995) 55–58).


(¿Seguimos pensando sobre el tema?
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