No pongamos un velo: miremos en verdad a Dios, mirémonos en amor unos a otros  (cf. 2 Cor 3, 13).

Pablo está citando y comentando un pasaje complejo de Ex 34 donde se dice que Moisés se ponía un velo porque los israelitas no podían mirar a Dios cara a cara, ni mirarse entre sí (mirarle a él) con rostro descubierto.  He comentado exegéticamente este pasaje en Trinidad y Comunidad cristiana.  En esa línea de Pablo quiero hablar de la verdad, que es mirar a Dios cara a cara, mirarnos en amor unos a otros 

El resplandor de Moisés – De Arte Sacra
Pablo escribe en contra de  una mala religión y sociedad hecha de mentira organizada, de ocultamiento sistemático. Él critica la mentira programada de personas que caminan por la vida con complejo de júpiter tonante, llenos de razones mentirosas, para divinizarse a sí mismos y dominar sobre los otros.  

Velo de Moisés, no soportar el brillo de Dios

Pablo está hablando en 2 Cor 3 de un comunidad donde ciertos ministros eclesiales quieren de un modo falso algunos rasgos  de Moisés. Por eso les recuerda el riesgo de quedarse en ese modelo. El Moisés de ese pasaje (Ex 34) no fue capaz de mirar cara a cara hacia su límite y verdad en Dios: no pudo aceptar su finitud y presentarse así  en verdad ante los hijos de Israel. Por eso veló el rostro, para aparentar así un misterio del que carecía. Lo mismo sucede según Pablo con los ministros de la iglesia (y con aquellos hombres de mundo, “creyentes o no” que se mueven en el plano del comercio y de mentira, que compran y venden la religión, la vida y muerte de los hombres

Ver a Dios, la trasparencia de la vida.

 Pablo escribe en contra de  una mala religión y sociedad hecha de mentira organizada, de ocultamiento sistemático. Él critica la mentira programada de personas que caminan por la vida con complejo de júpiter tonante, llenos de razones mentirosas, para divinizarse a sí mismos y dominar sobre los otros. 

No conozco una crítica más certera y profunda de las apariencias (glorias) de una mala religión, de una mala soberbia de la vida. Normalmente (yo diría “siempre”) aquellos que se visten de formas de grandeza sacralizada o ritualizada, de cualquier tipo que fuere, presentándose como únicos “gurús” de la verdad , están ocultando su vaciedad, su miedo y mentira interior. no quieren que los hombres contemplen cara a cara hacia la muerte y prefieren mantenerles engañados, en el goce limitado de esa finitud que brilla.

  En esa línea, con la falsa seguridad mentirosa e impositiva de algunos nace la falsa sumisión de otros. La retórica usual de nuestro tiempo suele afirmar que los poderosos mantienen el poder con su opresión, mientras que los oprimidos se revuelven y buscan libertad. Pues bien, esa retórica es muchas veces falsa. El riesgo de la ley está en el hecho de que los mismos oprimidos optan «libremente» por su opresión: prefieren embotar su inteligencia, poniendo un velo ante sus propios corazones (cf. 2 Cor 3, 15). Ellos también necesitan el engaño para vivir, necesitan negar la libertad  (su libertad), porque se vive mejor (creen) como sometidos. 

Ese miedo a la libertad crea velos de mentira. Velo de las mujeres, velo del templo

Burka afgano niqab burka musulmán abaya chador hecho a mano imagen 1

El velo de algunas mujeres que tienen que taparse, porque ni los hombres las hombres las quieren en verdad, en transparencia, ni ellas se atreven a vivir en libertad.

El velo de muchas religiones (empezando por la de cierto sacerdocio judío) que separaba a Dios con un velo en el templo… para que no le viéramos desnudo…

En contra de eso Pablo afirma que hemos visto a Dios desnudo en la cruz, para que así descubramos su humanidad más plena, en amor hasta la muerte.

En sí mismo, el velo de la mujer, como todo el vestido de hombres y mujeres, forma parte de la trama de la comunicación personal, hecha de ocultamiento y manifestación, de intimidad y entrega. El velo en sí es un medio. Lo que importa es la comunicación: aquello que los hombres y mujeres pueden y quieren decirse con sus cuerpos transparentes (¡ojos y manos, boca y palabra…!), en contextos de intimidad (madre-hijos, amigos, esposos…) o de relación pública. En ese sentido, el velo sirve para ocultar, pero también para prometer y reservar contactos especiales con amigos o familiares.

Mujeres judías actualmente tejen el velo del Tercer Templo

La Biblia recoge otro velo importante que se utiliza para ocultar y distinguir a Dios: el velo que separa el interior del santuario, como espacio reservado al Dios escondido. Allá, detrás de un gran velo (o, mejor dicho, de dos velos o cortinas: uno para el Santo y otro para el Santo de los Santos), mora el ser divino, en la oscuridad de su cámara secreta. En este contexto se suele citar el ejemplo de Isis, que dice «Yo soy todo lo que ha sido, es y será; y ningún mortal ha logrado arrancar jamás mi velo» (Plutarco, De Isis y Osiris 354 C). Ésta es la mujer divina de los siete velos, a la que todos han querido ver desnuda, sin lograrlo nunca, porque hay algo de Dios (¿del Dios-mujer?) que sigue estando siempre oculto.

En una perspectiva semejante, pero quizá más radical, se sitúa el Dios judío (Yahvé), que se vela y separa, para habitar de esa manera a solas, en la oscuridad del santuario. Por eso, la Biblia dice, una y otra vez, que quien descubre y mira el rostro-cuerpo de Dios tiene que morir: ¡Ay de mí, que he visto a Dios, voy a morir, dicen los profetas como Isaías! (Is 6, 5; cf. Ex 19, 21-22). En ese contexto se sitúa el velo del templo (que aparece de un modo constante en las ordenanzas del santuario de Yahvé (Es 26-40) y, de un modo más particular en la celebración de la liturgia del Yom Kippur (Lev 16).

Ese velo de Dios (al que no se puede ver) constituye uno de los elementos más significativos de la religión israelita. Éste es un velo que sirve no sólo para ocultar a Dios (manteniendo su misterio) sino también para impedir que el fuego de su luz “salga” de la cámara oscura y deslumbre y ciegue a los hombres, impidiéndoles vivir sobre la tierra.

 Del velo especial de las mujeres cristianas (sobre el pelo, ante los ojos), en la vida ordinaria, Jesús no dice nada. Todo nos permite suponer que ellas siguen básicamente las costumbres sociales del entorno, de manera que van con el rostro descubierto, aunque algunas casadas pueden llevar un velo que cubre sus cabellos, que son sólo para la caricia y la contemplación de sus maridos. Sea como fuere, el tema no es importante y no ha quedado reglamentado en ningún pasaje central de los evangelios. Todo nos permite suponer que, en el entorno de Jesús, las mujeres iban y venían con el rostro descubierto. Pero, partiendo de esa constatación, se pueden destacar algunos textos significativos, sobre Dios y las mujeres, que han tenido mucha importancia en la tradición posterior de la Iglesia.    

Reflexiones y Poesia - POR QUE SE RASGÓ EL VELO DEL TEMPLO? El velo del  Santo templo de Jerusalén era el centro de la vida religiosa Judía. Este  era el lugar donde

El velo del Templo de Yahvé se ha rasgado (simbólicamente) en la muerte de Jesús, como dice de forma unánime la tradición sinóptica (Mc 15, 37-38 par), indicando así que el tiempo de la religión sacral, que separaba a los hombres de Dios, ha terminado. Éste es el texto más importante de la tradición cristiana, sobre el tema del ocultamiento y la revelación del Dios escondido y presente en la muerte de Jesús. Dios no se oculta ya en el templo cerrado, tras el velo tenso, sino que se ha manifestado para siempre en el Cristo desnudo, es decir, en el amor de su evangelio, en la vida plena de un hombre que ha muerto por los demás, desnudo y sin velo en la cruz.

Ya no hay velos que tapen, no hay que ocultar nada de Dios, no hay que ocultar nada de la religión. Ese hombre desnudo que muere por amor, sin velo alguno que oculte su cuerpo, es presencia de Dios. El templo ha perdido su función; ya no hay necesidad de esconder a Dios tras un lienzo o cortina, ya no hay necesidad de resguardarse de su presencia, pues Dios se ha hecho Presente de manera total en Jesús crucificado.

La carta a los Hebreos conoce y recuerda la tradición del velo del templo, que sólo podía separar y atravesar el sacerdote una vez al año, penetrando así en el Santo de los Santos, donde pronunciaba el nombre innombrable de Yahvé (Heb 9, 3; cf. Lev 16, 2 ss). Pero Jesús ha superado esa clausura del velo.

Catholic.net - Meditación con el ícono de Jesucristo

 «Así que, hermanos, teniendo plena confianza entremos  por el camino nuevo y vivo que Jeús nos abrió a través del velo…  Eentramos en la Casa de Dios, que es la Casa de la Vida, para mirar a Dios sin velos, es decir, para mirarnos unos a los otros, corazón a corazón.

Pablo, un midrás sobre el velo (2 Cor 3).

 El desarrollo más extenso del tema en el Nuevo Testamento aparece en el comentario en el que Pablo presenta a los judíos no mesiánicos (aquellos que no creen en Jesús) como representantes de una religión de Ley, simbolizada por el Velo de Moisés (cf. Ex 34, 29-35). Pablo supone ellos no pueden, ni quieren contemplar a Dios, ni mirarse a la cara unos a otros, pues cada vez que leen a Moisés (es decir, cuando le miran y se miran, mirando a Dios) llevan puesto un velo sobre sus corazones, de manera que no pueden entender lo que hay al fondo (no pueden conocer a Dios). En ese contexto de judaísmo legal, que Pablo critica desde el evangelio mesiánico de Jesús, la religión aparece como una estrategia de dominio, una forma de poner un velo a los demás, para que no vean, para que no entienden:

«Pero, cuando se vuelvan al Señor caerá su velo, pues el Señor es el Espíritu y donde está el Espíritu del Señor allí está la libertad» (2 Cor 3, 15-17).

Ese antiguo Moisés llevaba un velo en su rostro y nos impedía mirar directamente a Dios (o nos recordaba que éramos incapaces de mirarle así, cara a cara). Jesús, en cambio (¡el Señor!), no lleva velo, sino que está desnudo y transparente (en la cruz y en la resurrección), de manera podemos mirarle directamente, viendo en él a Dios. El evangelio es para Pablo una experiencia de amor transparente y se expresa en la posibilidad de mirarse unos a otros, de un modo directo.

Cristo crucificado - Colección - Museo Nacional del Prado

Por eso, los cristianos no necesitan ya ponerse un velo, no tienen que ocultarse (por miedo a la muerte, es decir, al Dios que mata cuando se le mira: cf. Jc 6, 22-23), sino que pueden contemplarse así, directamente, unos a otros, sin intermediarios que ocultan su verdad, en gesto de transparencia creciente. «En cambio, todos nosotros, contemplando, sin velo en el rostro, la Gloria del Señor, nos transformamos conforme a su imagen, de gloria en gloria, según el Espíritu del Señor» (2 Cor 3, 18).

De modo consecuente, los cristianos pueden mirar sin velo al Señor y mirarse entre sí, de manera transparente, unos a otros, en comunicación de vida. El conocimiento velado permanece en un nivel de muerte o, mejor dicho, tiene miedo de la muerte, es decir, de la destrucción radical de la persona, "pero nosotros hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos" (1 Jn 3, 14). Ahí, en el amor a los hermanos, se rompe un tipo de velo, para que todo sea amor.

El amor es transparencia: mirar sin velos. Pero ha de vivirse y desplegarse con respeto, como sabe y dice, de manera impresionante, el mismo Pablo. Ciertamente: «Todo me es lícito, pero no todo conviene. Todo me es lícito, pero no todo edifica. Nadie busque su propio bien, sino el bien del otro» (1 Cor 10, 23-24). La libertad y la verdad cristiana no consisten en “quitar a los demás el velo por la fuerza”, sino en respetarles por amor, para que así todos podamos vivir en transparencia. El amor no está en forzar a los demás, en obligarles a quedar desnudos (¡sin ninguno de sus velos!).

Cara A Cara Vectores Libres de Derechos - iStock

Hay un tipo de conocimiento instrumental, que consiste en mirar para dominar, por curiosidad o por afán de dominio absoluto. Somos como niños, pero como “niños malos”: conocemos sólo poco, como en un espejo, borrosamente (tras un velo). Por eso tenemos que recorrer un camino de amor, para que aprendamos a mirar con respeto, a conocer como somos conocidos, cara a cara. Ese cara a cara (mano a mano, cuerpo a cuerpo), en desnudez y comunicación gozosa se llama, en lenguaje cristiano, paraíso. No es un cielo para el más allá, sino que empieza en la tierra, aquí mismo, sin más “ceñidor” o cinturón (¡vestido!) que la verdad, como dice la carta a los Efesios (Ef 6, 14). Ése es el único vestido: la transparencia plena (a-letheia) en el amor (en el agape) (cf. Ef 4, 15). Por eso, Adán y Eva, en el paraíso original, iban desnudos (cf. Gen 2, 25).

En contra de eso,  Pablo nos recuerda que la misión cristiana consiste simplemente en alumbrar el corazón, de manera que podamos mirar cara a cara el misterio de Dios que es la vida, en gratuidad. Esa es la escritura de Dios: la vida de los hombres, que se vuelven capaces de ser, desde el fondo de sí mismos. Aquí se sitúa la obra del Espíritu que, dos veces seguidas, Pablo relaciona con la vida: es el Espíritu del Dios vivo (Theou dsóntos), Espíritu que vivifica (dsóopoiei) (cf. 2 Cor 3, 3.6). Frente a las tablas de una ley que marcan desde fuera la voluntad de Dios, dejando al hombre inmerso en su propia impotencia, el Espíritu de Dios se define como fuerza creadora que actúa de forma viviente en los corazones, de manera que puedan mirarse y amarse en verdad, cara a cara.

Quitar el velo, la libertad de Dios

 Esta es la gloria superior de Jesús, la gloria del Dios sin velo, en la línea de la antigua profecía de Is 25, 7-8 cuando los hombres, superando el miedo de la muerte, dejen ya de buscar justificaciones en su propia grandeza y vivan simplemente la vida de Dios en Jesucristo. Esta es la gloria nueva que se viene a introducir hasta el lugar de la discordia donde Pablo trata del velo femenino dentro de la iglesia, en disputa que él mismo no ha podido resolver a partir del evangelio (cf. 1 Cor 11,216).

En nuestro caso, en cambio, el evangelio es claro. Moisés se ha puesto un velo al dirigirse hacia los fieles haciendo así imposible una comunicación interhumana abierta, transparente; Moisés se ha puesto un velo de manera que no deja que los israelitas pueden entender ya abiertamente la escritura. Cristo, en cambio, quita el velo, capacitándonos para mirar hacia Dios (y mirarnos unos a los otros) a rostro descubierto. Esta libertad en la mirada, como apertura en transparencia hacia la propia realidad-verdad, en Dios y en las demás, constituye, a mi entender, la aportación fundamental de la Nueva Alianza del Espíritu que Pablo ha proclamado (cf. 2 Cor 3, 12-18).

  Pero cuando vuelvan (se convierta) al Señor  que es transparencia plena se quitarán nos quitaremos el velos e quitara el velo (2 Cor 3, 16). Los cristianos pueden y deben quitar el velo porque el Espíritu Santo es el Señor, la trasparencia plena, el amor mutuo,  la vida en verdad, sin mentirse unos a otros.

El  Espíritu de Cristo es aquella verdad o transparencia que nos capacita para superar el ámbito de la ley, la letra que se impone como tabla de piedra por encima de los hombres (cf. 2 Cor 3, 3), la fuerza de amor que es Dios (cf. 2 Cor 3, 6) y nos permite mirar abiertamente hacia todos los hombres y mujeres en amor, abierto a la vida, por encima de la muerte

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 Por eso, Espíritu es la vida en transparencia: allí donde no existen velos para que se oculte nuestro rostro, ni el rostro de Moisés que es la palabra del camino en el Antiguo Testamento. Interpretado de esta forma, el Espíritu se puede llamar el «hermeneuta»: es aquel que nos conduce en el camino a la verdad, de tal manera que podamos entender el sentido de la historia y entendernos a nosotros mismos, sin recelo, en transparencia (cf. 2 Cor 3, 14-15). Por eso, cuando afirmamos que el «Señor es el Espíritu» estamos defendiendo el señorío de la verdad, que se mantiene y triunfa por sí misma. En este nivel de hermenéutica, el Espíritu realiza una profunda tarea antropológica: nos capacita para comprender a Dios y confiar en el camino mismo de la historia.

    Un tipo de judaísmo o de judeo‒cristianismo (y de iglesia posterior legalista y ritualista) identifica al Espíritu con la letra, con la ley, con la obediencia externa… Pero tanto Juan 4,24 como 2 Cor 3, 17 saben que Dios es Espíritu, es principio y poder de libertad. Dios es fuente de libertad que no se impone sobre los hombres para dominarles sino que crea vida, la suscita, la promueve, de manera que los hombres puedan vivir y realizarse en transparencia. Quizá debamos entender ese pasaje afirmando que Dios es el poder de libertad: Dios capacita al hombre para superar la ley y realizarse a sí mismo, en creatividad autónoma, en gozo transparente. De esta forma, Pablo ha reasumido todo el Antiguo Testamento, al afirmar que su verdad se cumple en Jesucristo.

Esta es la paradoja central del surgimiento de la iglesia que nosotros ahora podemos condensar en dos afirmaciones

  1. a) Resulta temerario superar la ley sin Cristo: llevaría a un tipo de supralegalismo aún más perverso y refinado que los anteriores.
  2. b) Pero conservar la antigua ley después de Cristo significa falta de fe en el evangelio: gran parte de nosotros nos negamos a rasgar el velo, no tendemos hacia el Cristo que es Señor, fuente de Espíritu, vivimos ligados a la letra de las imposiciones anteriores, como Pablo dice de sus adversarios de Corinto.

Nosotros, en cambio, con el rostro descubierto‒ contemplamos (reflejamos) la gloria del Señor,‒ transformándonos conforme a su imagen, de gloria en gloria,‒ conforme a la acción del Espíritu del Señor (2 Cor 3, 18).

 Allí donde la ley acaba no se encuentra ya el vacío y la locura, como piensan una y otra vez los legalistas de la sociedad y de la iglesia que se ponen en la línea de los adversarios de Pablo. Cuando la ley acaba y se descorre el velo viene la gracia de Jesús que nos permite contemplarle cara a cara, en gesto de libertad creadora. Aquí cesan las obras, los principios de la ley que se consiguen con esfuerzo y que se imponen por decreto. Queda como base de la vida la contemplación en el amor, la mirada del Señor que nos va transformando, de gloria en gloria, de tal forma que vengamos a ser nueva creatura, conforme al desarrollo posterior del mismo Pablo (cf. 2 Cor 3, 6; 5, 17).

Esta experiencia de la libertad creadora, fundada en la contemplación de Jesús y ratificada como proceso pascual de muerte-resurrección (cf. 2 Cor 4, 7-15), ha sido asumida oficialmente por la iglesia, al menos en el campo de la mística de hombres como Juan de la Cruz, pero ha sido  y sigue siendo muchas veces prácticamente negada, como si hubiera que ejercer sobre los “creyentes de a pie” un tipo dictadura sagrada, poniendo de nuevo un velo sobre los ojos de los hombres.  Y así podemos ir terminando:

No hagamos como Moisés que colocaba un velo sobre su rostro, a fin de que los hijos de Israel no contemplaran el sentido (el principio y el fin) de todo lo que existe, que es el amor de Dios, el amor pleno entre los hombres (cf 2 Cor 3, 13).

            Pablo está hablando para una determinada comunidad donde ciertos ministros eclesiales quieren reasumir los rasgos y caminos de Moisés. Por eso les recuerda el riesgo de quedarse en ese modelo. Moisés no fue capaz de mirar cara a cara hacia su límite: no pudo aceptar su finitud y presentarse así (como mortal, limitado) ante los hijos de Israel. Por eso veló el rostro, para aparentar así un misterio del que carecía. Lo mismo sucede según Pablo con los nuevos ministros de la iglesia que se mueven en el plano del comercio y las recomendaciones: se revisten con la gloria de la finitud, corren un velo sobre sus defectos (o límites) y de esa forma aparecen como grandes, misteriosos, soberanos sobre el mundo

No conozco una crítica más certera y profunda de las apariencias (glorias) eclesiales y sociales de los hombres. Normalmente (yo diría “siempre”) aquellos que se visten de formas de grandeza sacralizada o ritualizada, de cualquier forma que fuere, están ocultando su vaciedad interior. Quieren aferrarse a la gloria de aquello que termina y, con mucha frecuencia, consiguen su efecto porque los hombres de este mundo tienen miedo de mirar hacia la vida y la verdad, prefieren engañarse. Precisamente ese miedo les ayuda a vivir, pues son hombres pequeños: necesitan encontrarse sometidos a una certeza o resplandor que les supera (cf. 2 Cor 3, 7) De esa forma, los poderosos de este mundo mantienen su propio poder (sacral o social, da lo mismo), pudiendo aparecer como benefactores pues «no quieren que los hijos de Israel vean el fin de aquello que termina» (cf. 2 Cor 3, 13); no quieren que los hombres contemplen cara a cara hacia la muerte y prefieren mantenerles engañados, en el goce limitado de esa finitud que brilla.

 Este es uno de los principios fundantes de todo autoritarismo: parece que los hombres necesitan encontrarse resguardados; tienen miedo de su propia finitud, miedo de la muerte. Por eso divinizan a las fuerzas superiores y rodean de brillo a los señores de la tierra, a los “principados/principios” de tipo social o religioso. Lógicamente resulta muy arriesgado que «Moisés muestre su finitud»: tiene que velarse y velar sus límites, para que los hombres no descubran «el fin de aquello que termina».

 La retórica usual de nuestro tiempo suele afirmar que los poderosos mantienen el poder con su opresión, mientras que los oprimidos se revuelven y buscan libertad. Pues bien, esa retórica aparece en este texto como falsa. El riesgo de la ley está en el hecho de que los mismos oprimidos optan «libremente» por su opresión: prefieren embotar su inteligencia, poniendo un velo ante sus propios corazones (cf. 2 Cor 3, 15). Ellos también necesitan el engaño para vivir, necesitan interpretar la palabra y promesa de libertad (antiguo testamento) desde el trasfondo de una norma donde puedan encontrar cierta seguridad para su existencia.

Pablo sabe que no puede dividirse el mundo en buenos y malos: los buenos serían hombres de la libertad, los malos formalistas; los buenos serían libres, los malos opresores. El peligro de la ley consiste en esto, como indicarán veremos al tratar de Gal y Rom: ella se impone por igual sobre opresores y oprimidos, a judíos y gentiles. Todos se hallan dominados por una «letra» que se impone desde arriba, que encierra al hombre bajo el poder de unos mandatos, que le engaña con grandezas y poderes falsos, impidiéndole mirar abiertamente hacia la vida y amor que supera muerte.

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