A Dios lo que es el del César... o divino laicismo.

El viaje de Benedicto XVI a Francia me ha dejado sorprendido. He quedado tan desconcertado como los apóstoles del genuino laicismo francés. No por la parafernalia propia de estos acontecimientos, a la que ya estamos acostumbrados en los viajes papales, sino por su tonelaje.
El discurso del Papa, refiriéndose al laicismo en el país que lleva la laicidad en la sangre, se me antoja como “nombrar la soga en casa del ahorcado”. Sorprendió al sostener en París “valores” que la jerarquía católica no defiende en otros países. No digamos nada de la lección teológica de Sarkozy.
Ha quedado manifiesta la sintonía entre el Papa y el Presidente galo. No podía ser de otra manera. El jefe del Estado francés parece haberse tomado en serio su rango de canónigo honorario de la basílica de san Juan de Letrán de Roma. (Por cierto, es el primer canónigo divorciado, y nada menos que triplica los himeneos.)
Yo pienso que ambos dignatarios han abusado del oportunismo. A Su Santísima Santidad ya le conocíamos en esa faceta. En cada viaje diserta sobre lo que a la concurrencia le gusta escuchar. En este caso ha quedado patente. Léanse los discursos en el Aeropuerto, ante relevantes personalidades del mundo de la cultura y en el baño de masas en Lourdes. Hábil político, brillante intelectual y solícito pastor.
Sarkozy sorprendió mucho más. Algunos opinan que fue más papista que el Papa. No es para menos teniendo en cuenta su soflama, bailándole el agua a Su Santidad:
“Privarse de las religiones sería una locura, una falta contra la cultura, contra el pensamiento. El laicismo positivo, el laicismo abierto es una invitación al diálogo, a la tolerancia, al respeto. Es una oportunidad, un impulso, una dimensión suplementaria que se le propone al debate público.
Y la respuesta sagazmente oportuna del Papa:
“Usted, señor Presidente, utilizó la expresión 'laicidad positiva' para designar esta comprensión más abierta, y en este momento histórico en el que las culturas se entrecruzan cada vez más, estoy convencido de que una nueva reflexión sobre el significado auténtico y la importancia de la 'laicidad' es cada vez más necesaria.
Y para rubricar sus palabras no se privó de la cita evangélica, prorrateando equitativamente los derechos del César y los de Dios:
“Es fundamental insistir en la distinción entre el ámbito político y el religioso, para tutelar tanto la libertad religiosa de los ciudadanos como la responsabilidad del Estado ante ellos. Y, al mismo tiempo, valorar más claramente el papel insustituible de la religión en la formación de las conciencias y su aportación al consenso ético de fondo en la sociedad”.
¿Estaba pactado? Es difícil creerlo. Pero sí que se produjo entre ambos un pleno consenso en la idea del "laicismo positivo".
Por no repetir los adjetivos, se han barajado varios “epítetos”: laicismo positivo, laicismo abierto, sano laicismo. Y yo me pregunto que qué pueden significar esos calificativos. ¿Qué añaden a la esencia del “laicismo”. Y sospecho que ahí se enmascara una astuta añagaza. Porque constatar que el Papa reconozca “re-públicamente” que hay que “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, en un foro donde la laicidad es un distintivo categórico del Estado, mosquea no poco.
Y si añadimos otras rotundas afirmaciones suyas, aún más: “La laicidad en sí misma no es contradictoria con la fe, sino que la fe es fuente de una sana laicidad”. (¿Se aplicarán esto los obispos españoles?)
Está claro que para Benedicto XVI el “laicismo” debe llevar “apodo”. No es la primera vez que ha hecho referencia a este “concepto”. Así de claro:
“Es legítima una sana laicidad del Estado en virtud de la cual las realidades temporales se rigen según las normas que les son propias, pero sin excluir las referencias éticas que encuentran su último fundamento en la religión. La autonomía de la esfera temporal no excluye una íntima armonía con las exigencias superiores y complejas que se derivan de una visión integral del hombre y de su eterno destino” (los subrayados son míos)
Y aquí es donde yo veo la artimaña, el ardid, la manipulación trilera de los conceptos.
O sea, que el laicismo es positivo, sano, justo, equitativo y saludable cuando tiene su “último” fundamento en la religión.
Pues sí, señor. Esto significa, ni más ni menos y enmendando la plana al Divino Maestro, “Dar a Dios lo que es del César”.
Dicho de otra forma: el laicismo o es divino o no es humano.
Deducción: No se puede ser honesto ciudadano si no se es creyente.
Pues mire Su Santísima Santidad, hemos salido, ya hace tiempo, de la época de las sacralidades. Nos hemos hecho adultos. El hombre se ha emancipado de tutelas morales. No se puede intentar someter la ética, esa inteligente dimensión del existir humano, a unos patrones de un tipo de sociedad jerárquica, patriarcal, religiosa, en sociedades desarrolladas, de conocimiento, de cambio continuo, globales, no patriarcales, no jerárquicas, etc. Así que, a otro perro con ese hueso.
Y para poner la guinda. He omitido conscientemente la palabra “laicidad”, salvo en citas textuales. He insistido en el vocablo “laicismo”. El término “laicidad” sí existe en el idioma francés, pero no en el español, según el DRAE que admite sólo laicismo. Luego el contenido de ambos vocablos es idéntico. Sin embargo, la jerarquía española, manipulando conceptos, concede carácter positivo a laicidad y negativo a laicismo. La laicidad es sana; el laicismo, perverso.
Pues a mi se me antoja que esta distinción es como si equiparamos castidad y casticismo. La castidad es sublime; el casticismo, libertino.