El desasosiego del científico

Hay un dato cuando menos curioso en el proceso de “recristianización” y es la presencia de individuos cultos entre sus adeptos, lo cual podría contradecir el hecho secular de que la religión hinca sus raíces en las capas “oscuras” de la población: analfabetos, pobres, ancianos, campesinos, enfermos, etc.
No debe llevar a confusión este hecho: la mayor parte de esos “elementos técnicos” no dejan de ser analfabetos en asuntos muy cercanos a la credulidad, como psicología, filosofía, historia, áreas del pensamiento en general.
Tales crédulos de nuevo cuño trasladan su metodología científica al análisis de la sociedad y después de haber hecho un diagnóstico simplista de sus males, quedan encandilados con el solucionario ritual y dogmático de la religión organizada, para ellos arsenal terapéutico sublimado.
Alguien, con razón, los ha calificado de “intelectualidad proletaroide”.
Con la paradoja, por otra parte, de que su pretendido “integrismo” suele derivar en una laxa libertad interpretativa, dentro de su feudo científico, respecto a la enseñanza de sacerdotes, ulemas o rabinos, empujados por una supuesta “práctica de la fe” más “encarnada en lo humano” que la de los jerarcas.
Incluso se da en organizaciones crédulas: no hay más que poner en parangón la “regla” o el “camino” --Opus Dei de Escrivá de Balaguer o los tan de actualidad Legionarios de Xto--, con el espíritu y doctrina de los documentos del Vaticano II.
Parecerían dos religiones distintas si no fuera porque beben de la misma fuente bíblica, citan los mismos tópicos y apelan a un mismo fundador.