Las extorsiones doctrinales fundadas en metáforas.

Pablo, el de Tarso, en I Cor 6.19, para fustigar vicios carnales y precaver conductas desviadas en los prosélitos del Señor, se expresa con esta rotunda sentencia: “¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo?” . Poco antes, v.16 ha dicho: “...vuestros cuerpos son miembros de Cristo”, que tanto monta.
Los motivos hacen referencia a vicios relacionados con “la carne”, asunto recurrente en Pablo quizá por la depravación de costumbres que veía alrededor o quizá por el propio puritanismo del apóstol.
La frase de referencia es una de tantas que ningún crédulo del montón repiensa. La admite sin más, encapsulada en títulos y contextos epistolarios indiscutibles –“lectura de la carta de San Pablo a los...”-- más si proviene de boca inspirada por ese mismo Espíritu.
Si consideramos el aspecto semántico, es decir lo que quiere decir el de Tarso y qué lenguaje emplea, y ponemos en ilación cuerpo, templo y Espíritu Santo, es claro que se trata de un lenguaje metafórico o simbólico.
Evidentemente no se puede entender la frase en su más absoluta literalidad: ni el cuerpo es ningún templo ni nadie dedica culto al Espíritu Santo en su propio cuerpo. No es, pues una referencia a cuerpo/templo como algo real, hecho de carne y huesos o piedras y argamasa.
Si es así, y de hecho es un lenguaje simbólico ¿a qué las implicaciones reales que conlleva? ¿Cómo se justifica que una expresión metafórica comprometa obligaciones reales? ¿Cómo puede exigir pureza carnal apelando a espíritus inhabitantes?
Volvamos a lo que es real, a lo que el sentido común entiende por cuerpo y templo.
Según los presupuestos conceptuales de la teología crédula, el ser humano es concebido como realidad dual –cuerpo y alma— donde el cuerpo es lo físico, lo material, lo cósico, el compositum de células; la biología lo concreta en células, funciones, órganos, procesos fisiológicos, descargas hormonales, regulaciones bioquímicas, etc. No podemos, pues, ni ellos tampoco, concebir elementos espirituales en el conglomerado “cuerpo”. Dar este paso es presuponer, es inventar, es elucubrar.
¿Y el Espíritu Santo, qué es?. La necesidad de comprender lo incomprensible, a saber, que la comunicación entre Padre e Hijo “produce” un ser nuevo --entelequia divina que hace realidad en el cristianismo las múltiples tríadas divinas existentes en religiones preexistentes o coetáneas--, ya ha generado un ingente patrimonio literario. Los que deducimos eso, entelequias, no podemos decir nada de él.
Ser “templo de” remite a un lugar de culto; un lugar donde se hace presente la divinidad, no se sabe bien cómo, dado que Dios está presente en todas partes; es también lugar de reunión y encuentro; es el sitio oportuno, asimismo, para la impartición y recepción de doctrina; es lugar de asentimiento a la misma; y si nos remitimos al rito, es lugar de administración de lo sacro; es, en fin, un “locus iste a Deo factus est”, donde “se siente” lo sagrado (R.Otto, “Lo Santo”)
¿Qué interconexión real, no simbólica, existe entre los tres conceptos?
La respuesta no puede ser otra que ésta: ausencia absoluta de sustento real. El cuerpo físico humano, en contraposición al cuerpo de bomberos o el cuerpo nacional de policía, no es receptáculo ni sostén de nada; el cuerpo es un conglomerado de funciones de las que no se puede deducir nada “espiritual” extrínseco a él. Estaría por afirmar que ni siquiera intrínseco, pero todavía deberemos seguir pensando en “la mente” en tanto las investigaciones psico-neurológicas rebajen las pretensiones mantenidas hasta ahora de considerar al hombre como ser cualitativamente distinto al resto de los seres naturales.
Consecuentemente afirmamos de modo categórico que el lenguaje simbólico no puede ser un lenguaje imperativo ni coercitivo, por apelar e implicar nociones que van más allá del contenido real de los elementos sustentadores.
No es ético ni honrado realizar ese salto cualitativo. Está bien como incitador al sentimiento, como lenguaje emotivo, como lenguaje poético, como chispa del pensamiento, como elemento evocador, pero no más. La realidad escapa de tales presupuestos.
Pero las derivaciones crédulas son bien otras: históricamente el lenguaje fundado en metáforas y en símbolos ha generado consecuencias bien reales, la primera y más importante la extorsión doctrinal sin posible réplica puesto que se sustenta en fuentes divinas. Y, como corolario obligado, la conminación a llevar una conducta que responde generalmente a criterios temporales cuando no personalistas, motivación conductual falseada que se derrumba en cuanto los cimientos crédulos se diluyen en su propia inconsistencia.