El mayor macrojuicio, la verdad al estilo creyente.

No, no voy a tratar del juicio que nos tiene a todos con el juicio suspenso. Allá cada uno con su interés por lo que en la Casa de Campo se dirime... y por los temores y temblores que debe suscitar en otros centros de poder.

Me voy a referir a dos sistemas de acceder a la verdad, el de la creencia y el del sentido común-racionalidad.

¿Cómo sería un sistema judicial basado en la creencia, fiado de la palabra, confiado en la persona que "parece" que no engaña, guiado por el sentimiento que "en mí provoca" la "verdad" que se me presenta?

Verdades - de fe, dos conceptos contradictorios. Si es verdad se ha llegado a ella sin el más mínimo asomo de duda y se acepta sin discusión, cosa que no sucede con la mayor parte de las aserciones crédulas, que sólo son creíbles para quien quiere creerlas. La aserción "de fe" da por sobreentendida la verdad, sin proceso y sin disenso.

Esas pretendidas verdades de fe son distintas por muchos motivos:
1) por el modo de acceder o darles asentimiento
2) por el modo de presentación de la verdad
3) porque no admiten discusión: se aceptan sin más;
4) porque tampoco admiten la duda, la duda voluntaria;
5) porque son verdades que no se pueden comprobar;
6) por la fuente de donde proceden como garantía de verdad (círculo vicioso)...


Para resaltar el vacío de racionalidad que supone la creencia, traslademos su metodología a la vida social y ciudadana:


¿Cómo sería el entramado político, ése que trata de organizar la sociedad de la mejor manera?


Un juez es el prototipo del funcionamiento social de la razón hecha práctica:

--primero, sólo si una de las “verdades” que se presentan tiene "visos" de ser verdad se admite a juicio;

--luego procede por testimonios, orales y escritos;

--admite las pruebas, pide datos, sopesa las dudas razonables, a veces exige contrapruebas;

--cuando debe emitir veredicto lo hace según verdades ya asentadas, no según criterio propio... ¡y aún así, a veces se equivoca o lo equivocan!


¿Podría someterse cualquier creencia –Cristo, los ángeles, los milagros— a un juicio, como pudiera ser el de existencia?No, rotundamente no.

Entre otras cosas hay temor a una sentencia desfavorable; o porque es más cómodo abandonarse a los brazos amorosos de Dios.


Pero no sólo la credulidad... También la "verdad social y política", que se muestra la mayor parte de las veces como "opinión", hay que someterla al dictado de la razón: alguna recorre caminos entre la majadería y el asesinato.

Deben convencer las mejores razones, no las mejores promesas.

Abundan los políticos que practican el sistema de la creencia: Votadme a mí y fiaos de mí que no os puedo ni os voy a engañar, como si de dioses se tratara.

Gran parte del crédito que se da a un determinado credo proviene precisamente de ese halo de verdad que destilan las palabras de sus magnates (¿mangantes?), por ejemplo, un obispo: ¿cómo figura tan prócer de una institución tan señalada puede engañar? Y el marchamo de credibilidad se funda únicamente en su propia palabra.

Añádase cuando tal palabra la elevan al rango de "palabra de Dios" que habla a través de sus servidores.

¡Qué enorme fuerza tiene la palabra, en boca de un obispo! Se torna hasta mágica. Y termina en puñalada.

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