Todo lo tergiversan, el amor, el dolor...

Jueves Santo, día del amor fraterno. Viernes Santo, día del dolor... Y se instituye como primer mandamiento el "amaos los unos a los otros", a lo que no habría nada que oponer si no fuera por la coletilla "como yo es he amado". ¿No basta con la primera admonición? ¿Por qué el modelo?

Ni siquiera en el mandamiento primero, el que propugnó el “fundador”, se puede uno poner de acuerdo. Comenzando por el final, discuten y discutirán ese “como yo os he amado”, si fue por la cruz, si fue por la eucaristía, si fue por sus enseñanzas, si fue por la convivencia apostólica, si fue como amó a los niños, si fue como amó a las mujeres, o si fue todo en conjunto.

Dejada la cosa en su consideración general, es fácil ponerse de acuerdo y todos nos entendemos y además pretendemos llevarlo a efecto. El problema estriba en la concreción de tal amor cuando, al ser mandamiento supremo, ha de ser la regla principal de santificación. Tal amor ha de ser y servir como signo, meta o modo de ejercitarlo.

Lo que se dice del amor, con mayor motivo se puede aplicar al sufrimiento: "Cargad con vuestra cruz" es otro lema a cumplir cuando de santificación se trata.

En ambos casos se desfigura, se subvierte y se retuerce lo que es claro y diáfano, tergiversando amor y sufrimiento. Porque algunos, en vez de querer ser "buenas personas" lo que tratan es de ser "santos" y, puestos a acceder a la santidad, se ponen a “imitar” santidades "de libro". Su amor y su dolor se hacen cilicio; su amor se vuelve manoseo del niño (¿es amor esa caricia a los niños con la cruz en la frente de todos los Roucos, JP-2 y B-16?); su amor se hace imposición doctrinal; su amor se hace convivencia conventual insoportable...

Y meten en el mismo saco del “amor” lo que es sentimiento, lo que es justicia social, lo que amistad y lo que es “gracia divina”.

Desde luego el origen del verdadero amor, el amor primero fuente de toda la simbología posterior, el amor físico, el amor que genera vida, el amor que implica sexualidad, no tiene cabida.

El amor al hermano –y ya es ganas de distorsionar las palabras— se hace compasión caritativa, sentimentalismo barato, idealismo, filantropía de ONG, blandura sensiblera, languidez compasiva, plato de comida al atardecer, suspiro desmayado ante las penas y sufrimientos de la feligresa... a la vez que justifican la mordida hiriente de sus palabras con aquello de "...y yo no pretendo criticar ni esto no implica crítica alguna", después de haber despellejado al interfecto.

Tarea callada por cambiar las condiciones sociales para que “esa” persona ascienda de nivel, eso no, que para eso están las autoridades y los políticos. A veces la evasiva de "no es nuestro cometido en la tierra..." y, por otra parte, podría acarrearnos muchos problemas.
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