¿Por qué tergiversan el amor?

Resulta que ni siquiera en el mandamiento primero –os doy un mandamiento nuevo, que os améis los unos a los otros como yo os he amado-, el que propugnó el “fundador”, se ponen de acuerdo.

Comenzando por el final, discuten y discutirán ese “como yo os he amado”: si fue por la cruz, si fue por la eucaristía, si fue por sus enseñanzas, si fue por la convivencia apostólica, si fue como amó a los niños, si fue como amó a las mujeres, o si fue todo en conjunto.

Y se ponen a “imitar”: su amor se hace cilicio; su amor se vuelve pederastia; su amor se hace imposición doctrinal; su amor se hace convivencia conventual insoportable...

Y meten en el mismo saco del “amor” lo que es sentimiento, lo que es justicia social, lo que amistad y lo que es “gracia divina”.


Desde luego el verdadero amor, aquel que todos entienden, aquel que circula por el mundo a raudales, amor que lleva implícito el amor físico, el amor que implica sexualidad, no tiene cabida.

El amor al hermano –y ya es ganas de distorsionar las palabras, "hermano"— se hace compasión caritativa, sentimentalismo barato, idealismo, filantropía de ONG, blandura sensiblera, languidez compasiva, plato de comida al atardecer, suspiro desmayado ante las penas y sufrimientos de la feligresa...

Pero tarea callada por cambiar las condiciones sociales para que “esa” persona ascienda de nivel, eso no, que para eso están las autoridades y los políticos y, por otra parte, podría acarrearnos muchos problemas.
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