'Vida, orfandad y misterio. Invitación filosófica pospandémica' ¿Qué implica que somos “huérfanos de plenitud” y la vida como misterio?

¿Qué implica que somos “huérfanos de plenitud” y la vida como misterio?
¿Qué implica que somos “huérfanos de plenitud” y la vida como misterio?

Repensarnos como seres humanos huérfanos de plenitud, tratando de afrontar el misterio que nos atraviesa y atraviesa la vida, la muerte, el deseo, el amor y el tiempo, es la invitación que hace este libro titulado Vida, orfandad y misterio (Círculo Rojo)

Hay quienes se empeñan en que la vida tenga que ser o parecer felizmente rosa, esgrimiendo que si no lo es, es porque no somos lo suficientemente positivos, productivos, asertivos, o buenos “gestores” emotivos; pero si la vida no es rosa es porque, como en los rosales, a veces ni siquiera hay rosas para serlo

Cuando la muerte se hace presente, además de afrontarla, nos las vemos con las formas de interpretarla. Partidarios de las creencias agnóstica, atea o teísta, estarán encantados, más cuanto mayor sea su fervor proselitista, al ver engrosar sus filas con seguidores de su respectivo relato de la vida que, por supuesto, no es ningún cuento, no como el de los otros. Incluso hoy, la fe en una determinada concepción de la ciencia y del ser humano (presuntamente transhumano o posthumano), ayudada de dinero y tecnología, promete trocar el último adiós en algo no definitivo, vía criogenización. Un sinsentido quizás para quienes confían en la reencarnación o en nuestra cósmica o energética reintegración. 

Puede que en cada narración haya un olvido. El de que cualquier cosa que se diga, incluido lo pretendidamente divino, hasta la hipótesis de que no hay nada ni nadie más allá, son todo, antes que nada, aseveraciones humanas. Frente a cualquier tipo de dogmatismo teísta, ateo, o escéptico, nadie puede afirmar su posición como certeza. De aquí que la primera idea que defendemos es la de humanismo del misterio. Misterio de la vida, en todos sus sentidos, cuyas preguntas compartimos todos, aunque difiramos en nuestros intentos de respuestas, y que nos reconcilia en nuestra universal modestia, si queremos verla. Las humanas preguntas por Dios, por la vida y por el hombre no han muerto, ni quienes se las plantean. Cualquiera que las niegue o las ignore está haciendo trampa. Cualquiera que deje de confrontar su visión del mundo o a sí mismo con ellas, también.

¿Existen rosales inmarchitables, libres de toda amenaza de sol dañino, granizo o pulgón, que no necesitan ninguna atención? Hay quienes se empeñan en que la vida tenga que ser o parecer felizmente rosa, esgrimiendo que si no lo es, es porque no somos lo suficientemente positivos, productivos, asertivos, o buenos “gestores” emotivos. Pero si la vida no es rosa es porque, como en los rosales, a veces ni siquiera hay rosas para serlo. Y cuando las hay, además de todos nuestros esfuerzos, igualmente hay muchas condiciones de las que no somos últimamente responsables, o lo somos solamente en parte. Y si las hay, además de mostrar su color perfumado, siguen siendo frágiles, requiriendo cuidado, y su tiempo es caduco, limitado. Asumirlo parece más realista y liberador que lo contrario.

Nunca se dirá bastante que la excesiva preocupación por la felicidad es causa de infelicidad, y probablemente de estar demasiado centrado en uno mismo. Que retos como seguir aprendiendo a amar, a trabajar, a comunicarnos y a escuchar, a mejorar la sociedad, son horizontes más ricos y más amplios. Por ahí quizás asoman esos momentos de felicidad que tienen, como las rosas, un suelo, un ecosistema y unas espinas, que previamente hay que asumir. Sin tomar la parte por el todo, con sus límites y condiciones de posibilidad, que no son extraños estorbos aterrizados. ¿Cómo no estar continuamente frustrados si, para empezar, no lo aceptamos? 

Cualquier ardid o trampantojo ideológico que nos hable de –o se presente como– plenitud, sea en clave  mística o utópica; sea practicando el hedonismo o el ascetismo; ni siquiera cualquier amor, trabajo, hobby o sueño, que hayamos llamado “el de mi vida”, jamás acaban ni de hacernos sentir plenos, ni de hacernos plenos. Las ideologías, las visiones del mundo, el mercado, mediante la propaganda y la publicidad, a través de la sociedad, pero también tantos proyectos y personas o cosas, se nos ofrecen –o los interpretamos nosotros– como promesas que vienen a saciar, colmar y llenar la incompletitud que nos es constitutiva.

Hay otra vacuna importante y pendiente cuyas dosis de recuerdo nunca son suficientes. La del recuerdo de que en esta vida somos y seremos incompletos. De que partimos y llegamos siempre a todo, con una dimensión irreductible de insatisfacción, de la que somos inseparables. De que nos dejamos tentar, continuamente, por el cortejo de engañifas alienantes y deshumanizadoras que pretenderían colmarla, incluyendo adicciones y cualquier parche, sea laico, sea religioso. Si vamos dándonos cuenta de esta dimensión perenne de carencia que nos es propia y la acogemos, calibraremos mejor nuestras energías e ilusiones. Acolcharemos mejor el lecho de nuestro reposo, tras el cansancio de expectativas incumplidas, y tras descender de las cumbres alcanzadas, que nos vuelven hacia a ella. Pues hasta los deseos cumplidos nos devuelven al desear infinito, hijo de nuestra indigencia. Esta dimensión, la orfandad de plenitud, también nos habla del misterio del ser humano de ayer, de hoy y de siempre.  

Repensarnos como seres humanos huérfanos de plenitud, tratando de afrontar el misterio que nos atraviesa y atraviesa la vida, la muerte, el deseo, el amor y el tiempo, es la invitación que hace este libro: “Vida, orfandad y misterio”.

Fragmentos de otras reseñas

- "Ante esta orfandad de plenitud, lo fácil es llenarla con falsas plenitudes de esas que continuamente nos ofrece la sociedad de consumo con sus modas, tendencias, influencias e influencers de turno, en un rellenado continuo, como si el ser humano fuera un sumidero sin fondo, un consumidor. [...] Este ensayo que nos ofrece Agustín es un ejercicio de antropología mundana dentro de la egregia tradición humanista, de la que también estamos huérfanos". Marino Pérez, Universidad de Oviedo (del prólogo).

- Se conjuga la reflexión filosófica, el humanismo y una preocupación por el significado de la vida y de la muerte. [...] Capítulos de pocas páginas, propicios para la reflexión y la meditación personal". Juan Antonio Estrada, Proyección. Teología y  mundo actual LXVII (2020).

- "Una recopilación de ensayos breves, orientados en una misma dirección humanista y ofrecidos como invitación a una filosofía alejada de todo dogmatismo. En momentos y sin pretenderlo, recuerda aquellos otros ensayos de Miguel de Montaigne. [...] Un "humanismo de preguntas" compartidas por todo el género humano. [...] Según Agustín Moreno, vivir de frente al misterio pertenece a la mejor forma de vivir de cara a la realidad". Pedro Gómez, Gazeta de Antropología, 2020, 36 (2).

- "Agustín Moreno propugna un humanismo que, sin desconocer otros rasgos propuestos por diferentes humanismos, quiere hacer hincapié en aquel que, anterior a todos ellos, se haga cargo del carácter interrogativo del ser humano, de su condición enigmática y misteriosa, que puede ser compartida desde muy diferentes visiones del mundo y del hombre. Y es este situarse en las preguntas que a todos nos conciernen el que permitiría evitar los dogmatismos de uno u otro sentido, que pretenden dar por resuelto lo que todavía sigue abierto y pendiente". Carlos Gómez, Éndoxa. Series filosóficas, nº 47, 2021.

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