Los días nos pasan aprisa, las oportunidades que nos ofrecen, a veces se nos escapan, quizás somos más egocéntricos de lo que pensamos y creemos y con ello
dejamos perder ocasiones que son escasas o quizás únicas.
También es cierto que en ocasiones tomamos mayor conciencia de cuanto el Señor nos da, sus dones, sus regalos.
Quizás unos días en verano vividos con más calma, mayor sosiego, nos pueden ayudar a reconocer todo cuanto de bueno recibimos, como un regalo de Dios y Él también nos da la gracia para gozar con ello.
Agradecer los dones de Dios significa tener la cabeza, el corazón, los ojos abiertos para reconocer las grandes y pequeñas cosas de cada día, saber aprovechar un regalo que es una gracia. La presencia de una persona querida, el recuerdo de un acontecimiento hermosamente vivido, el intento de relativizar aquello que no nos fácilmente comprensible, constituyen sin duda dones de Dios.
Quizás el don o el regalo no se corresponden con lo esperado, había imaginado la realidad de un modo distinto, había deseado un hecho diferente, pero
el Señor me ofrece algo que es no sólo bueno, sino lo mejor en mi hoy concreto. A cada uno nos queda el vivir en la acción de gracias, con el corazón alegre y
el ánimo sonriente de quienes no poseen más que el ahora, porque ya el ayer pasó y mañana aun está demasiado lejos.
Texto: Hna. Carmen Solé.