¿Se auto examinaron los señores obispos al lamentar los feminicidios? Antonio Aradillas: "Los obispos mexicanos no son machistas"

Feminicidio
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Acaban de explotar los obispos mexicanos al enjuiciar y condenar el drama que sufre el pueblo –el de su Virgen de Guadalupe- con ocasión del "creciente número de feminicidios de diferentes edades"

Reflexionan acerca del tratamiento a seguir para eliminar o paliar semejante lacra, indigna de una sociedad medianamente civilizada y que además se considera “religiosa” por sus cuatro costados

¿Puede que el comportamiento institucional de la Iglesia en relación con la mujer -y con el hombre- influya en el desprecio que el varón, por varón, le profesa a ella, que es madre, esposa, hermana, hija, abuela…?

Cargados de razones humanas y divinas, acaban de explotar los obispos mexicanos al enjuiciar y condenar el drama que sufre el pueblo –el de su Virgen de Guadalupe- con ocasión del “creciente número de feminicidios de diferentes edades”, que padece en la actualidad, y en la diversidad de estamentos y ámbitos sociales.

La terminología de la que hacen uso episcopal es ciertamente contundente y abrupta, al diagnosticar la verdad de la situación, a la que hoy están expuestas las mujeres mexicanas, por el solo y frágil hecho de ser y pertenecer al sexo femenino, engrosando con ello el “indignante listado de tantos y tan brutales crímenes y asesinatos”.

Los obispos acentúan expresiones tales como las de “dolor, desconcierto, amargura, tristeza, llanto, indignación “, y en algunos y algunas, hasta” deseos de venganza”, sin descartar en ellos y en ellas el hecho de protagonizar a la vez reacciones que devastarían cualquier posibilidad de convivencia cívica, social y aún religiosa”…

Efectuado este diagnóstico, los obispos mexicanos reflexionan acerca del tratamiento a seguir, para eliminar, o paliar, semejante lacra, indigna de una sociedad medianamente civilizada y que además se considera “religiosa” por sus cuatro costados, devota de la Virgen guadalupana, referente supremo de feminidad por antonomasia.

De entre las actividades que señalan como indiscutibles, urgentes y eficaces, los obispos apuntan primariamente a la educación que se imparte en los respectivos centros, en cuyo marco y contexto, la figura del hombre-varón emerge pletórica de “virtudes y cualidades”, en todo y sobre todo. Lógicamente, la de la mujer no pasa de ser la de sierva, esclava y, por definición y con todas sus consecuencias, al servicio –servidumbre del hombre, “macho” por más y únicas señas, tanto ontológicas como orgánicas, con reconocimientos nacionales y aún internacionales.

Otro de los compromisos que los obispos aseveran atender, motivados por las circunstancias tan apremiantes, es el de no escatimar ayuda alguna a los organismos del Estado, dedicados a la corrección y eliminación del “frecuente número de feminicidios”, cuyas estadísticas causan pavor, sobresalto y espanto . Los medios de comunicación se encargan de su información veraz, expuestos algunos de sus profesionales a ser fulminados a consecuencia de que el número y circunstancias de los hechos-noticias, ocasionen descréditos sociales, a veces con nefastas consecuencias para la oferta turística de toda la nación mexicana.

Pero en la perspectiva del certero diagnóstico de los obispos mexicanos, al igual que en el de los pertenecientes a las Conferencias Episcopales de otros países, automáticamente se abren caminos a la formulación de preguntas como estas:

¿Con qué autoridad puede la Iglesia, como institución, constituirse en “madre y maestra” y adoctrinadora de cuanto es y significa la mujer en la sociedad, siempre, pero mucho más en la sociedad actual? ¿Cómo es posible que precisamente en la Iglesia la mujer, por mujer, se sienta tratada –maltratada- por leyes, normas, liturgias y cánones que le impidan llegar a ser, y a ejercer, los mismos derechos y deberes que el hombre-varón, solo, o fundamentalmente, por lo de las gónadas? ¿A la luz de qué teología la mujer habrá de ser considerada como cristiana de segunda o tercera división, o clase, al servicio de curas, obispos, frailes, cardenales, arzobispos y “Alto Clero” en general, hasta escatimárseles su condición de “acólita” o “monaguilla”?

¿Cómo es posible que a estas alturas siga siendo el de la marginación eclesial y eclesiástica de la mujer, por mujer, tema clave y cuestionado, en la pastoral, en la teología, en la Biblia y en cualquier otra disciplina o ciencia con aspiraciones a llamarse sagrada, religiosa o cristiana? ¿Se auto examinaron los señores obispos –también los mexicanos- al lamentar los feminicidios, no descartando la posibilidad de que el comportamiento institucional de la Iglesia en relación con la mujer –y con el hombre- influya en el desprecio que el varón, por varón, le profesa a ella, que es madre, esposa, hermana, hija, abuela…?

Son preguntas que el pueblo, devoto o no, se anima ya a formularles a los mismos obispos, con la firme y apremiante esperanza de que, a temas intensamente religiosos y solo disciplinares no se les hayan ya aportado soluciones y respuestas de verdad “en el nombre de Dios”, creador de los seres humanos, es decir, del hombre y de la mujer, uno y otra franqueados por los mismos derechos y deberes….

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