Que los valles se eleven (Meditación sólo para religiosos)



Me gustaría terminar de meditar con los religiosos. El tema que expongo se refiere a los signos externos. Bastantes reacciones -públicas y privadas- han derivado hacia la importancia de las obras. Pero ése no es el tema de hoy. El artículo dice muy claro que las obras se dan por supuestas. El tema es: ¿Supuestas las actitudes y obras buenas, los religiosos deben dejarse ver en la sociedad con algún signo o signos -no he dicho cuáles- que les identifiquen?


Siempre que me hago una pregunta, busco la respuesta en el Evangelio. ¿Qué he encontrado? "Vosotros sois la luz del mundo" (Mt 5,14). Por tanto doy por sentadas las buenas obras, doy por ejercitados los carismas. ¿Y qué se hace con la luz? "Nadie enciende una luz y la oculta… la coloca en el candelero" (Lc 8,16).



Para mí la obra más inmediata, la luz primera, el testimonio mudo de los religiosos es su opción radical por el Evangelio. No llego a entender -¡perdón por mi limitación!- por qué han de camuflarse y diluirse en una sociedad descristianizada. Como mínimo, predicar con la presencia.

He leído y releído el discutido artículo. He comprobado que soy libre, que nada subjetivo me empuja a inclinarme por una u otra opinión. He escrito lo que surge de mi fondo más auténtico y lo que observo en la calle. Siento de veras que algunos se hayan ofendido. No era esa mi intención.

Podría preguntarse por último: ¿Qué está ordenado por la Jerarquía? Pero no responderé porque hoy los argumentos de autoridad no se valoran.

Se trata solamente de meditar, no de apalear a unos u otros, ni siquiera al mensajero. Que cada cual analice, reflexione y siga su conciencia.



Empecé escribiendo sobre los signos de los Obispos y su urgente adaptación al Evangelio. Seguí compartiendo la desesperanza de muchos católicos al comprobar la dureza de oído de los clérigos en general y de la jerarquía en particular. Y, como casi siempre, los lectores me han ido empujando hasta las cuerdas. ¿Cómo salir? Como acostumbro: con total transparencia y sinceridad.

No escribo para contentar a las derechas o izquierdas, a los de arriba o abajo, a los de esta cofradía o aquélla. Suelo confesar lo que pasa por mi corazón después de emborracharlo con el añejo de la oración. Si no, sería incapaz de desnudarme en público y contar las intimidades de un pecador. Es decir, de un ser limitado, ignorante y con una historia plagada de errores.

Hablaré un poco más de los signos, aunque algunos de los otrora aplaudidores me tiren tomates. Me ennoblece, si pasa, porque al Protagonista del Evangelio -cuya libertad y autenticidad uno pretende seguir "desnudo y de lejos" (Mt 14,51)- le ocurrió mucho más por mantener el rumbo de su corazón. En mis voceos de adviento remedaba convencido: "allanad sus sendas, que los valles se eleven, que los montes y colinas se abajen…" (Lc 3,4) porque ésa me parece la realidad de nuestra Iglesia. Mientras a los "Obispos" -jerarquía en general- les urge "abajar" sus picudos montes, a los "Religiosos" -profesionales todos de la religión, ellos y ellas, sacerdotes o no- les apremia "elevar" sus valles abismales. Y sólo hablo de signos.

Es inaudito que nuestros religiosos no sientan la necesidad de confesar su fe, de mostrar con santo orgullo su profesión de "sanadores", de "ayudadores", de "evangelizadores", que es tanto como decir "humanizadores". El ambiente materialista que nos inunda los ha evaporado del mundo, no existen, han desaparecido. No hablo de palabras y obras. Sólo faltaría que también ahí fallaran. En un mundo audiovisual, que cierra ojos y oídos a todo lo religioso, hay que hablar con signos, hay que ser "presencia". Sé perfectamente que "el hábito no hace al monje" pero tiene dos enormes ventajas: le protege y le visualiza.

No logro entender que Congregaciones fundadas como religiosas hayan descubierto ahora su vocación laical y como tales se conduzcan. Menos entiendo la envoltura laica de frailes y monjas de las tradicionales Órdenes monacales. ¿Qué sentirán -me pregunto- estos hermanos nuestros cuando miran a sus santos fundadores o viceversa?

Naturalmente no defiendo la vuelta a los manteos, sargas o tonsuras del pasado, ni tampoco el uso de almidón o precintadas tocas que algunas monjas conservan. Simplemente digo que un religioso debería pasear con orgullo su profesión por nuestras calles como signo de espiritualidad, ésa que tanto necesitamos y que otros están empezando a ocupar. Me refiero a las santerías, gurús, videntes, curanderos, sacamuelas televisivos y demás profesional apócrifo.

No logro entender que Primi y Mª Fe -misioneras en la India y en Cuba- paseen su toca católica por un territorio hostil y en nuestra nación, mayoritariamente católica, las monjas se escondan y se cuelguen de nuevo las alhajas abandonadas al entrar en religión. Me da grima ver en los Medios a nuestros curas encorbatados, precisamente cuando -por ejemplo- van a recoger un premio ganado con su religioso esfuerzo. De repente casi todos se han apuntado a mi vulgar laicado.

Es estupendo que haya -y los hay- religiosos santos dentro de sus iglesias, conventos, colegios u hospitales, en sus actividades específicas. Pero no comprendo bien lo que les impulsa a avergonzarse de su vocación religiosa y tener que disfrazar su dedicación a los demás, precisamente cuando salen a la calle donde pululan ésos a los que han decidido dedicarse. Incluso dentro de sus recintos de misión pasean vaqueros, blusas improcedentes -cuando no indecentes- y un variado muestrario textil. Ante tanta acomodación al mundo deberíamos recordar: "Ellos no son del mundo, como tampoco Yo soy del mundo" (Jn 17,16).

Nadie entendería que la Policía -por ejemplo- patrullase las calles de incógnito, porque la misión principal de su presencia es "prevenir" y "dar seguridad" a los ciudadanos. Contra la inseguridad, presencia de la Seguridad nacional o municipal. ¿No entienden esta simpleza nuestros religiosos? Con el actual materialismo rampante es imprescindible -más que nunca- mostrar la religiosidad. Es importantísimo que "se visualice" que todavía hay ayudadores, humanizadores, religiosos, personas entregadas a los demás por pura gratuidad, con heroísmo las más de las veces.

Ni el más necio comerciante apaga sus escaparates. Saben que sus vidrios y luces son imprescindibles para atraer a los clientes. Por el contrario, la mayoría de nuestros religiosos no sólo han apagado, sino que han tapiado "a cal y canto" su presencia. Han dejado una angosta puerta para que entre el que les busca y es evidente que somos pocos. Alguien ha escrito que "nuestra Iglesia tiene el mejor producto pero no sabe venderlo". ¡Una tremenda pena y una realidad! "Los hijos del mundo son más sagaces que los hijos de la luz" (Lc 16,8). Mientras nuestras calles se pueblan de chilabas, velos y babuchas, resulta que nuestros religiosos se atrincheran, se despojan y se borran.

Poco me importaría la polémica de los crucifijos si no estuviera sostenida por la intransigencia materialista, por el odio sectario, por la rebelión contra lo mejor del ser humano que es su espiritualidad. Si no fuera porque "los que olvidan nuestra historia están condenados a repetirla". Si no fuera porque hordas dañinas, disfrazadas de civilización laicista y progresista, nos vuelven a acosar con los errores de antaño…

Los políticos necios que, tolerantes con el desmadre, practican el acoso permanente a la religión, son unos ignorantes. Ignoran nuestra historia e ignoran que una cruz es un símbolo universal que no significa más que amor y paz, esencia básica de cualquier sociedad verdaderamente humana. Para nada obstruye la convivencia, sino que la construye. Siempre, claro, que esos crucifijos sirvan para algo más que para coger polvo.

La presencia de los religiosos católicos en los espacios públicos significa exactamente lo mismo. La lástima es que ellos mismos hayan olvidado lo que significan: "¿Acaso se trae una lámpara para ocultarla debajo de la cama? ¿No es para ponerla en el candelero?" (Mc 4,21). Algún día llorarán, como Pedro, su cobardía. "Entonces él comenzó a jurar y perjurar: ¡No conozco a ese Hombre! Y en aquel instante cantó el gallo" (Mt 26,74).

Aquí podría terminar esta meditación. Eso veo y eso escribo. "El que tenga oídos para oír, que oiga" (Mc 4,23). Si te interesa el tema, puedes seguir leyendo la carta que escribí hace unas semanas a un religioso profeso, no sacerdote.

Mi querido Juan: Tú no eres como un médico o un albañil. Ellos tienen su consulta o su cotarro y no necesitan distinguirse por la calle. Pero tú sí debes distinguirte porque "tu negocio" es universal, no tiene tiempo ni lugar. Tu misión genérica es predicar el Evangelio: "Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura" (Mc 16,15). Tu predicación empieza con tu presencia. Que todos puedan visualizar que eres un "predicador", ése es tu primer signo: subirte al púlpito de la calle.

Sé que es más cómodo ir de incógnito y que nadie pueda "señalarte con el dedo" para bien o para mal. Pero tu profesión no es cualquier profesión. Tú fuiste llamado para ser "testigo" no sólo donde te conocen, sino en el mundo entero. Creo sinceramente que hay que empezar por ahí, por ser "presencia". Por supuesto que vuestras obras y palabras han de ser ejemplares. Pero, con la mano en el corazón, ¿a cuántos llegan? Si eres religioso católico tienes vocación universal, caminas por el mundo siendo -la mayor parte de las veces- testimonio mudo.

Habéis utilizado el argumento de que el Señor "pasó como uno de tantos…" (Fil 2,7). Pero está claro que ese versículo no se refiere a su apariencia sino a su humanidad. En otras traducciones se lee: "haciéndose semejante a los hombres". Olvidáis, además, que Él era laico -tremendo golpe a la prepotencia de la "casta sacerdotal"- y, aún así, nunca vistió como un patán o un astroso. Llevaba una "túnica inconsútil" (Jn 19,23) que, con toda seguridad, le habría tejido su Madre con primor.

De todas formas, el día que de vuestra boca salgan públicamente aquellas "palabras" y de vuestras manos aquellos "hechos", estaréis exentos de otros signos externos. Todos os reconoceremos. El día que un pecador, como yo, os pregunte a qué os dedicáis y podáis responder: mira bien "lo que has visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios…"(Lc 7,22), ese día no necesitaréis más signos. Y, con toda seguridad, oiréis muy dentro: "¡Dichoso el que no se escandalice de mí!" (Lc 7,23).

Mientras tanto, hermano mío querido, necesitamos veros pasear con santo orgullo vuestra "consagración" por las calles ateas o creyentes. Ahí empieza vuestra misión, que después se desarrollará con vuestros carismas particulares y en vuestros ámbitos restringidos.

Los religiosos del siglo XXI -la mayoría- han conseguido por elección propia lo que consiguió el terror de la guerra civil en nuestra desgarrada patria: que nadie pudiera expresar su fe públicamente, especialmente los consagrados. Vosotros mismos os habéis replegado, habéis apagado las lámparas, habéis desaparecido...

Como, a estas alturas ya me conoces, sabrás que te escribo todo esto con gran cariño y admiración por ti. Precisamente porque sé de la bondad y fidelidad de tu corazón, porque sé que escudriñas esa voluntad de Dios a la que te consagraste y la buscas permanentemente dentro de ti.

Es difícil -lo sé- comprender todo esto cuando se ha generalizado la vulgaridad y se han perdido los signos religiosos. Pero es lo que tengo ante mis ojos: el gran hueco que habéis dejado al abandonar las trincheras de la calle. Habéis desertado.

No sé que tipo de signo sería apropiado. Sé que el canónico "alzacuellos" es insufrible en países cálidos o en verano. Otro indicio más de lo torpes que son "los hijos de la luz", aún en las altas esferas. En cualquier empresa ya habrían resuelto el problema con un buen estudio de imagen. No es un tema baladí, deberíais resolverlo. Lo necesitamos, yo lo necesito, muchos lo esperamos. Proponed hacia arriba o aceptad los signos normalizados. Pero, por favor, desplegad las banderas. Os va a ser difícil recuperar el terreno perdido pero hay que intentarlo con valentía.

Podrán quitar los crucifijos de las escuelas o de cualquier otro sitio. Pero nunca podrán arrancarlo de tu cuerpo.

¡Perdona! Al final me he extendido más de lo que pretendía. Y perdona mi insolencia.

Un abrazo inmenso con todo mi cariño.

Jairo

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