"Es una guerra de vida o muerte: o alcanzamos un pacto de existencia para todos, con vacunas farmacéuticas y de humanidad, o perecemos" Covid 19: No es conspiración, es guerra múltiple. Por un pacto universal de vida

Vacunación en la parroquia del Carmen
Vacunación en la parroquia del Carmen

La Covid 19 puede tener elementos de “conspiración”, pero es mucho más: es una guerra total en la que todos nosotros, hombres del 21, estamos inmersos:

Ésta es una guerra “ontológica”, como supo Heráclito de Efeso, cuando decía que la guerra (polemos) era madre-padre de todas las cosas. Es una guerra biológica, como supo Ch. Darwin cuando decía que la evolución y las mutaciones forman parte de la “struggle of existence” o batalla por la existencia (que hoy exige un pacto superior por la vida humana).

Es una guerra que tiene elementos bioquímicos (propios de nuestra raíz vital), pero, al mismo tiempo, está  promovida por nuestra forma de existencia: Guerra del hombre contra la naturaleza (cambio climático, degradación de los sistemas vitales); guerra de unos hombres contra otros: económica (todo por el dinero), política y militar, social y farmacéutica. Somos parte de una guerra universal (decía Job 7, 1), pero tenemos medios para bucar y alcanzar la paz, con vacunas "biológicas", pero sobre todo con mucha humanidad, como dirá Jesús (Mt 7, 9).

Es una guerra de vida o muerte: O alcanzamos un pacto de existencia para todos, con vacunas farmacéuticas y de humanidad, o perecemos. Desde ese fondo ofrezco una reflexión, partiendo del mensaje y camino de Jesús (bienaventurados los pacificadores), un camino de forjadores  de paz integral (biológica y económica, personal y social, humana) en tiempo de pandemia cf Is 2,2-4).

Una viajera en el área de recogida de equipajes del aeropuerto de Madrid-Barajas.

1. En tiempos recios.

  En este momento de pandemia (Covid 19 ) muchos han acudido a la metáfora o imagen de la guerra para explicar lo que está sucediendo.  Ciertamente, en el fondo de esa imagen  puede haber elementos de conspiración que son falsos y hasta delirantes, pero hay otros que pueden ser reales.

La Covid 19 nos ha devuelto a los terrores de una guerra que no es sólo militar, sino económica y biológica, una batalla por el dominio social de unos sobre y de hambre, con fantasmas y jinetes apocalípticos (cf. Ap 6). En ese contexto es importante que nos situemos ante el mensaje de las bienaventuranzas, que culmina en “bienaventurados los pacificadores” (Mt 5, 9). 

- Están por una parte los videntes falsos de la conspiración de siempre, que se empeñan en decir que la pandemia Covid 19 habría sido “fabricada” por instituciones y laboratorios de guerra (de China o de USA) para dominar así la economía, a través de intervenciones sanitarias  para controlar y esclavizar a la población del mundo.

- Algunos han interpretado esta pandemia como un medio que el Dios bíblico utiliza para castigar a una humanidad culpable. En este contexto se pueden acudir incluso a imágenes de Antiguo Testamento y del Apocalipsis en las que aparecen “ángeles” o demonios de la peste, encargados (o permitidos) por Dios para dirigir (o condenar) la humanidad.

- Sin llegar a esos extremos, muchos piensan que la pandemia ha terminado siendo de hecho un arma guerra de tipo económico y sanitario: Grandes corporaciones o multinacionales de tipo farmacéutico, vinculadas con un tipo capitalismo mundial, aprovechan la pandemia para controlar el mundo, utilizando a su servicio la “vacuna” y condenando a morir sin ella a millones de personas “sobrantes” de los países pobres.

- En la interpretación y en la posible superación de esta pandemia se utilizan medios o signos militares. Muchos la toman como una nueva “guerra mundial”, incluso más peligrosa que la última (la del 1939-1945), una guerra a muerte de tipo científico (construcción de la vacuna) y social (la pandemia descarta y condena a los más vulnerables del mundo); están aumentando los miedos e incluso los terrores ante la “nueva peste”; hay mido al contagio, a la pobreza etc.  Desde ese fondo quiero evocar lsa bienaventuranzas de Jesús sobre los pacificadores

 Jesús, bienaventurados los pacificadores

Felices vosotros: Las bienaventuranzas

La bienaventuranza de los pacificadores (Mt 5, 9) viene en séptimo lugar y ha de entenderse a partir de las anteriores. Es como si Jesús dijera: Si quieres paz (si quieres ser pacificador), empieza aceptando la pobreza (es decir, no quieras imponerte por dinero), sé capaz de aceptar sufrimientos, no quieras tenerlo todo para ti, no te impongas por la fuerza (sé manso), ten hambre de justicia, se misericordioso, limpio de corazón… Sólo entonces, fundándote en las seis bienaventuranzas anteriores, podrás presentarte como “constructor” de paz, en una línea israelita, definida por la experiencia y esperanza bíblica del Shalom, esto es, de la paz y la justicia entre todos los seres humanos.

La paz que Jesús proclama no es sólo una experiencia interior (quietud del alma), sino que, siendo eso, quiere y debe ser principio de reconciliación personal y social, como aparece formulada en Isaías 9, 6 (¡donde el “mesías” es hombre de paz no guerrero triunfador!) hasta Is 66, 12 (¡yo extiendo la paz como un río…!).  Esa paz no es imposición de los fuertes (al servicio del Todo, del poder), sino un regalo de vida, desde los más pobres, los anawim, los excluidos, humillados, enfermos y oprimidos del pueblo.

          El evangelio retoma y ratifica ese ideal de Shalom israelita,  en un entorno que se hallaba “dominado” (colonizado) por la política  imperial de dominio de Roma,  fundada en la victoria militar de las legiones, encargadas de imponer su orden sobre el mundo, conforme al axioma si vis pacem para bellum, que puede traducirse: Si quieres paz prepara la guerra, vence en ella e impón “tu” concordia sobre todos. Ésta era la paz de las armas vencedoras, que el Imperio proclamaba en sus arcos de triunfo (armis hic victricibus  mens iugiter victura), la paz que muchos estados y multinacionales económicas de la actualidad (año 2021) quieren imponer, valiéndose para ello de todos los medios, incluso de la pandemia.

Pero Jesús sabe que esa paz imperial no es Shalom (la paz de la comunión universal, empezando por los más pobres), sino una f imposición humana, como desarrolla con toda precisión el Apocalipsis. En ese sentido, el programa de paz de las bienaventuranzas es anti-imperial, una alternativa y tarea radical de reconciliación, desde y con los más pobres, no victoria de los triunfadores. Esta bienaventuranza presenta a Jesús como pacificador por excelencia, en una línea que ha sido desarrollada por Carta a los Efesios, testimonio supremo del Cristo pacificador: 

(1) Para construir la paz, Jesús no “levanta” un ejército, contra los celotas judíos o imperiales, sino que se sitúa entre los pobres, excluidos, enfermos y oprimidos. En contra de toda posible teoría de la conspiración, hoy (año 2021), él ofrecería la paz desde los enfermos y los carentes de vacuna, desde los descartados, carentes de poder, no para lamentarse, sino para abrir con y para ellos un camino de salvación.

(2) En este año (2021), ante el riesgo del Covid 19, Jesús no se opondría a las vacunas, sino que la promovería con fuerza, poniendo la ciencia estuviera al servicio de todos, desde abajo, abriendo caminos de acogida y sanación al servicio de los humillados y ofendidos, y de un modo especial de los enfermos, a quienes la pandemia abandona en el rechazo.

(3) En esa línea puede hablarse de una vacuna de Jesús, que promovería las medidas necesarias de higiene y separación, para no contagiarse y contagiar a otros, pero abriendo y promoviendo un tipo más alto de comunicación, para construir así una paz más honda, no tipo militar (o económicista), sino integral, de comunicación entre todos. De esa forma rompe.

           De esa manera, Jesús convertiría la posible “peste” de la Covid 19 en ocasión para buscar y promover una paz superior, entendida en forma de servicio a los pobres, de solidaridad con los expulsados y oprimidos. La Covid 19 parece hallarse motivada o, al menos, impulsada por un tipo de injusticia social, de opresión interhumana, de afán, de “guerra” contra la naturaleza; ella forma parte de una intensa lucha interhumana, de una ruptura de los equilibrios naturales y sociales. Por eso, a fin de superarla es necesario superar el tipo de guerra interhumana en que nos encontramos,  suscitando espacios y caminos de respeto a la naturaleza y de solidaridad interhumana.

En el comienzo del camino. La bienaventuranza de los pacificadores

De un modo consecuente, siguiendo el impulso de Jesús (crucificado por promover la verdadera vacuna para todos) los primeros cristianos  promovieron un camino de “pacificación” en (por encima) de las guerras militares y económicas, una paz que empieza por la salud integral, en cuerpo y alma, en humanidad solidaria.

En este contexto se sitúa la bienaventuranza de los hacedores (con poiein) de la paz del Reino, regalando su vida por los otros. De los pobres de la primera bienaventuranza a los pacificadores de la séptima (en Mt 5) discurre un camino especial, la Via Pacis, la Avenida gozosa de la Via en la que culmina y se condensa el proyecto de Jesús, centrado en los eirenopoioi,  “portadores  de la Paz de Dios, que no se alcanza por un tipo de guerra o dominio militar o económico de unos sobre otros, sino empezando por “bienaventurados los pobres” (Mt 5, 3) y siguiendo por “benditos los que visitan, acompañan y escuchan” la llamada de los enfermos (Mt 25, 31-46)

- Ese ideal de pacificación sigue siendo esencial en este 2021, cuando  a la guerra económica y militar se suma la lucha de las patentes farmacéuticas, la batalla de aquellos que utilizan la enfermedad y las medicinas como medio de imposición y enriquecimiento de altunos. Todos los días, en la primera página de la prensa, como si “parte de guerra”, se habla de la batalla  del Covid 19, desde la perspectiva de los triunfadores, como si esta fuera una guerra del capitalismo contra la enfermedad. Pues bien, esta no es guerra del capitalismo, ni de las industrias farmacéuticas, ni de los estados que distribuyen bien o mal las vacunas del dinero de USA o China, de Rusia o Alemania, de la India o Cuba… Como sabe Jesús, esta “guerra” no se vence con armas, ni dinero (aunque un tipo de dinero e investigación es bueno y santo), sino con humanidad. 

          Lo que está en juego no es un control de la enfermedad con armas farmacéuticas, con imposición y/o control económico-político, con solo vacuna para más ricos y abandono sanitario para los pobres. Está en juego la visión de la humanidad, el programa de pacificación de Jesús en las bienaventuranzas. En ese contexto los eirênopoioi o hacedores de paz son  aquellos que quieren superar la Covid 19  suscitando y promoviendo otro tipo de humanidad. Éste es en un momento en que la batalla por la “salud” externa no sólo nos amenaza, sino que puede destruirnos, a unos y a otros: (a) A los más pobres porque quedan abandonados en manos de “pestes” y pandemias, corriendo el riesgo de morir por ello. (b) A los ricos porque pueden tener acceso a las vacunas y medicinas, pero pierden así su identidad humana, entendida como shalom y reconciliación.

  Según eso, entre los pobres de la primera bienaventuranza de Mt 5, 3 y los constructores de paz de ésta (5, 9) puede y debe trazarse, como he dicho, un camino de paz y reconciliación, abierta a la resurrección o plenitud mesiánica. Con el despliegue de esta paz, que es el Shalom o cumplimiento final de la promesa de Israel, culmina el mensaje de Jesús, centrado en el surgimiento de unos pacificadores mesiánicos (eirenopoioi), que son, básicamente hombres felices que buscan la manera de hacer felices a los otros, en gesto de gratuidad, de  sanadora pacificadora. Estos pacificadores de Jesús han de ser hombres que “curan”, esto es, que ponen su vida al servicio de la sanidad ofrecida a todos, compartida por todos. 

Visitar, acompañar a los enfermos

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 Estos hacedores de paz vienen a presentarse, así como “mediadores” del Reino de Jesús, que no es victoria o imposición de algunos sobre otros (como en el imperio romano), sino ofrecimiento de vida y comunión a todos, empezando por los hambrientos, extranjeros y enfermos, de los que habla Mt 25, 31-46. Desde ese fondo puede y debe entenderse la palabra clave “estuve enfermo y me visitasteis”, pues la enfermedad, y en especial un tipo de pandemia como la de nuestro tiempo, forma parte de la forma actual de vida, que es una lucha de unos contra otros y del conjunto de la humanidad en contra del equilibrio de vida de la tierra. 

- Visitar a los enfermos significa descubrir en ellos la presencia de Dios, comprometerse a favor de ellos, crear unos modelos y caminos de sanidad que alcance a todos. No puede haber paz humana, en el sentido profundo del mensaje profético y del evangelio si es que el conjunto de la sociedad no se pone al servicio de los enfermos (no les visita).

- Pero, conforme al sentido más hondo de la parábola, no son los sanos los que más aportar, sino los enfermos que “curan” y pacifican humanamente a los que se preocupan por ellos, a los que les visitan. Es el mismo Dios de Jesús el que puede y quiere curar a una humanidad prepotente a través de los marginados y enfermos. 

En ese sentido, la tradición cristiana dirá que Jesús ha sido el pacificador por excelencia, testigo y promotor de una felicidad de vida, que no es puro alejamiento interior (que puede ser buena, en un plano, como quieren algunos espiritualistas de oriente y occidente), ni es pura vacuna farmacéutica (que es buena y necesaria como propugnan otros). Jesús sigue ofreciendo para esta guerra una “vacuna más alta” que está formulada en las bienaventuranzas.

La paz de esas bienaventuranzas no es fácil, pues, como Jesús ha dicho “no he venido para traer paz, sino espada; he venido a enfrentar al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra” (cf. Mt 10, 34-35)… Esta guerra superior de las bienaventuranzas puede enfrentarnos con instituciones y poderes que quieren imponerse por la fuerza, por puro poder o por dinero.  Por encima del poder “que impera por la fuerza”, del poder del dinero que excluye a los pobres, en este tiempo de pandemia es necesaria la “vacuna de humanidad y de reino de Dios” que ha propuesto e iniciado Jesús, una vacuna de felicidad para todos los hombres y mujeres, convocados a la gran familia de los hijos de Dios.

 Los hacedores de paz de esta bienaventuranza se identifican con Jesús, el “hombre nuevo” a quien Col 1, 20 presenta como aquel que ha hecho la paz, reconciliando consigo todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, abriendo así espacios de reconciliación para los hombres (judíos y gentiles, siervos y libres…; cf. Gal 3, 28). De esa forma vincula Mt 5, 9 a los cristianos con Jesús, que ha reconciliado y pacificado el universo en felicidad de amor, como ha puesto de relieve la tradición paulina, en especial Ef 2, 19‒3, 13, que ha de entenderse en este mismo trasfondo.

Las bienaventuranzas de Mateo culminan así en la paz (=felicidad) personal y familiar, espiritual y social de Jesús, abierta a todos los hombres. Siglos de espiritualismo sacral e idealista han cerrado a veces nuestros ojos, impidiéndonos abrirlos ojos y entender el evangelio como programa y camino de pacificación personal y social de felicidad, como ha recordado el Papa Francisco en el manifiesto inicial de su pontificado: Evangelii Gaudium, la Felicidad del Evangelio (2013). Entendido así, el evangelio es un programa de pacificación por felicidad, desde los más pobres, un camino de no-violencia activa, en amor que lleva a la comunión de todos los hombres.

Hemos identificado a veces el evangelio con un tipo de ley que es potestad sagrada, con un tipo de santidad con sacralidad separada de la vida, la fidelidad a Dios con un tipo de represión sacrificial. Pues bien, en contra de eso, el verdadero evangelio, la fidelidad a Dios y el programa de las bienaventuranzas se expresa en forma de camino felicidad personal y social, capaz de vincular en un gesto de paz a todos los hombres. En esa línea, el programa de felicidad de Jesús culmina allí donde los hombres son capaces de “hacer” (poiein) la paz del Reino, regalando y compartiendo generosamente la vida (su felicidad) unos con otros, pues todos, hombres y mujeres, han de ser hacedores de paz (eirenopoioi).

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