La encíclica Humanae Vitae

Hay que reconocer que el resultado de la encíclica fue catastrófico porque en la vida no se puede ir contra los descubrimientos científicos que avanzan a una velocidad vertiginosa y dejan los argumentos enseguida obsoletos. Los fieles no siguieron los consejos papales y aplicaron su conciencia en masa.

Me pidió la editorial San Pabloun capítulo para un libro colectivo que saldría a los 50 años de la publicación de la Humanae Vitae e investigué sobre el tema. El científico que descubrió el componente de la píldora anticonceptiva era un mexicano que se llamaba Luis Ernesto Miramontes y su nombre aparece en el Hall of Fame de los Estados Unidos junto a Pasteur, Bell, Edison… pues se considera su invento como uno de los más importantes registrados a partir de finales del siglo XVIII. En las farmacias se dispensó desde 1960 y enseguida la utilizaron millones de mujeres que pudieron planear sus maternidades, trabajar fuera de casa y estudiar para conseguir puestos remunerados más altos…

El concilio Vaticano II no trató el tema, que estaba ya en candelero, pues prohibió su discusión el Papa que consideraba nociva y peligrosa la difusión entre la opinión pública y se quiso asesorar agrandando el número de peritos de una comisión encargada del tema por Juan XXIII. Al principio sus miembros se mostraron contrarios a autorizar el uso de la píldora pero el matrimonio Crawley, involucrado en un movimiento de familias extendido por todo el mundo, les influyó para que cambiaran de parecer. Sus argumentos eran que el método de cálculo de los días fértiles resultaba complicado y no funcionaba, que su uso frenaba el normal desarrollo de la vida sexual de los cónyuges y dañaba sus matrimonios. Era la práctica contra la teoría

El resultado final que presentaron al Papa fue, por abrumadora mayoría, que se dejara en manos de los matrimonios el control de la fertilidad pues no suponía un acto malo per se y si había otras fórmulas aprobadas para limitar la procreación, como el método Ogino-Knaus que separaba el acto sexual de sus efectos reproductivos, era legítimo que los seres humanos utilizaran su inteligencia para controlar su naturaleza.

La duda, en el interregno de varios años, permitió que los matrimonios católicos empezáramos a tomar la píldora, autorizados por distintos sacerdotes, con lo que la publicación del documento papal cayó como una bomba. Poco a poco, las mujeres fueron dejando obrar a sus conciencias, tomaron la píldora y no dejaron de ser católicas pues continuaron yendo a misa y comulgando. El caso más patente lo tenemos en dos países católicos por antonomasia, Italia y España, donde la natalidad es de las menores del mundo.

¿Qué llevó al Papa a publicar este texto que sabía resultaría comprometido? Era un hombre serio que no hacía nada sin pensarlo dos veces. Creo que influyeron en su razonamiento varias razones: se consideraba la autoridad suprema de la Iglesia lo que le permitía imponer sus ideas a los fieles; no quería romper la línea que habían seguido sus antecesores Pío XI y Pío XII pues deseaba evitar un enfrentamiento entre el pensamiento antiguo y el nuevo; tenía miedo de que la Iglesia perdiera uniformidad de pensamiento y que se generara una pan sexualidad dentro del catolicismo.

Antes de publicarse la encíclica ya fue contestada por muchos teólogos occidentales con lo que se desarrolló una batalla campal entre los que estaban a favor y en contra. Y hoy podemos afirmar que resultó un fracaso ya que muchos fieles no siguieron su recomendación y produjo el defecto añadido de disminuir la autoridad papal y por ende de toda la jerarquía. Pero también hay que reconocer que los temores del Papa se han hecho realidad pues en el mundo la pan sexualidad se ha extendido, se ha destruido la familia, las mujeres tienen dificultades para ser madres no se han cumplido las expectativas felices que prometía la revolución sexual ¿Podía una encíclica parar esta deriva? No me parece posible

Con todo creo que hay una lección que se puede aprender pues ante los descubrimientos de la ciencia los papas no deben hacer nunca definiciones cerradas, que pesarán sobre sus sucesores y sobre los fieles, sino que deben hacer recomendaciones alertando que pueden estar sujetas a cambios. Como mujer considero que nuestro sexo tiene poco peso en las decisiones eclesiales, especialmente si no somos religiosas, y me parece que la encíclica no se hubiera publicado de contar con nuestro parecer. No tenemos más que ver la influencia que un matrimonio, los Crawley, ejerció sobre una comisión de 72 miembros.

0
Volver arriba